Estados Unidos es el epicentro de la crisis internacional. Pero los destrozos son mucho mayores en Europa. Las cuentas nacionales no dejan lugar a dudas. En los primeros tres meses de 2009, en comparación con el trimestre previo y en términos anualizados, la economía se contrajo el 6,1% en los EE.UU. y el 10% tanto en la Eurozona como en la Europa de los 27. El país emblema de la región, Alemania, asistió a una caída más severa: el 15,2%. La situación es calamitosa en la periferia, aun dentro de la Unión Europea. Cuando todavía falta recoger la totalidad de las estimaciones, Latvia y Eslovaquia arrojan los números peores: en ambos países, la tasa de retracción (equivalente anual) supera el 44%. Lituania (-38%) o Estonia (-26%) no están mucho mejor. Fuera de los límites de la Comunidad, hacia el Este o en Islandia, si bien no hay cifras publicadas, se sabe que la vulnerabilidad se acentúa por los graves zafarranchos que provocó el descalce de monedas en los sistemas financieros locales.
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En forma efectiva, la Gran Recesión, en el último año, rebanó el 2,6% del PBI de los EE.UU.; sólo una décima parte de lo que trituró la Gran Depresión. Pero en el mundo, el costo del peaje no es uniforme. En Europa se cobró una tajada más alta: el 4,6% en la zona del euro y el 4,4% en la Europa de los 27. El cuadro es dispar. El impacto en España (-2,9%), Austria (-2,9%) y Francia (-3,2%) no difiere del registrado en los EE.UU., pero para Italia (-5,9%) y Alemania (-6,9%) es un saco de plomo. En el extremo de las penurias, países como Lituania (-10,9%), Estonia (-15,6% ) o Latvia (-18,6% ) ya compraron a tarifa plena sus boletos al abismo.
Estados Unidos fabricó la tormenta, pero también el mejor paraguas. Si Ben Franklin le legó el pararrayos, Ben Bernanke aportó lo suyo desde la Fed. Toda una parafernalia ad hoc (un arsenal monetario, cuasi fiscal y, con los exámenes de estrés, hasta de ciencia ficción) fue puesta al servicio de estabilizar una crítica situación. No sólo la política económica giró en redondo. A través de las urnas, la sociedad cambió el liderazgo político de raíz; como quien anticipa los rigores del invierno y, quitándose la guayabera fuera de lugar, se provee de un abrigo acorde. No es para nada casual que desde EE.UU. se irradie hoy un poderoso cambio de expectativas, a pesar de que todavía las flaquezas económicas son evidentes. Con empeño admirable, se logró instalar, otra vez, la convicción de que lo peor ya pasó. Pero primero hubo que trabajar a destajo -en la arena de la política monetaria y fiscal, y también en la política a secas- para remontar la cuesta de la desconfianza y conjurar los riesgos de catástrofe. En paralelo, la rigidez del Viejo Continente y sus lentos reflejos marcan un notable contraste. Es verdad que los signos de una recuperación en ciernes son globales. Y en esa carrera Europa también se anota. Pero avanza más como un jinete de las políticas ajenas -sobre cuyo lomo cabalga, aunque critica- que por la celeridad en desprenderse de la armadura convencional, demasiado pesada para la ocasión. Esa morosidad propia -que se exhibe como una virtud- puede exasperar. Pero es improbable que se modifique. No parece importar el calado de la crisis, ni saber que, a diferencia de EE.UU., la necesaria limpieza de los balances de los bancos se estancó. Que el vecindario sea un polvorín tampoco decanta la dispersión de voluntades que paraliza.
El Banco Central Europeo (BCE) refleja los rasgos de la región mejor que nadie. Cuando los historiadores desmenucen la crisis y se coteje su comportamiento con el de la Fed, advertirán que, al final de cuentas, ambos recorrieron un mismo itinerario. Pero, como una constante, el BCE llegó tarde a todos los cruces de ruta (amén de practicar una suba de tasas a contramano, en julio de 2008). En esa línea, todavía el BCE mantiene sus tasas de interés fuera de la zona cero, en contraste con la Fed, el Banco de Inglaterra o el Banco de Japón. Recién diez días atrás, el BCE las arrió al 1%. Y su titular, Jean-Claude Trichet, reconoció, por primera vez, que el 1% no tiene por qué oficiar de piso. Es un guiño que comprenden hasta los profanos: en un par de meses debería sobrevenir un nuevo recorte. Vale la comparación: la Fed traspasó rauda este mismo umbral hace ya más de medio año. Con similar tardanza, el BCE también se plegó a las estrategias de «relajamiento cuantitativo» de sus colegas, que trasladan el énfasis de la política monetaria del nivel irrisorio de las tasas de interés al aumento sostenido de la cantidad de dinero primario. Para subrayar la mudanza, el BCE anunció que comprará bonos hipotecarios (bonos cubiertos o «pfandbriefe») por 60 mil millones de euros. La cifra es módica; sin embargo, como primer paso, la señal es muy potente. Pero, malogrando el mensaje, no está claro si habrá quórum para un segundo acto. En apariencia, llegar hasta aquí desató terribles discusiones en el Consejo Monetario del BCE. Y sus ecos se tornaron públicos. Lejos del silencio de radio habitual, las discrepancias se ventilan con nombre y apellido. Axel Weber, el presidente del Bundesbank, afirma que la cifra mencionada es el máximo admisible; el representante esloveno, Marko Kranjec, le manifiesta a la prensa que más adelante el BCE volcará más recursos. Salomónico, el eslovaco Iván Sramko hace saber que todo es posible. Lo que, en definitiva, quizá sea la posición realista. Aunque lo que se dice todo, no todo es posible. No se le puede pedir al Viejo Continente que provea liderazgo y tracción mientras sea incapaz de definir una visión estratégica ante la crisis.
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