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Cristina Banegas, con el “don” de Griselda Gambaro
Silvio Lang: “Cuando uno monta una obra no sólo dialoga con el texto y con el autor sino también con muchos otros planos, que incluyen la coyuntura política y social”.
"Márgara tiene el don de hacer predicciones a las multitudes y a veces se equivoca. Con su llegada desbarajusta el matrimonio de su hija y también el orden relativo del pueblo pesquero en el que viven. Es una especie de madre-estrago, un personaje que ocasiona muchos conflictos. Cuando la vecina viene a pedirle por su marido enfermo, ella se niega a intervenir por considerarlo un problema individual. Pero más tarde, será esa vecina quien ayude a Márgara y a su hija", anticipa el director.
Ésta es la tercera obra de Gambaro que dirige Lang, luego de su elogiada puesta de "Querido Ibsen: Soy Nora" en el Teatro San Martín y de montar una versión de "La señora Macbeth" en La Pampa, de donde es oriundo. Dialogamos con él:
Periodista: "El don" ofrece varias posibilidades de lectura pese a su aparente sencillez...
Silvio Lang: La obra está interceptada por tres grandes discursos épico-políticos, en medio de escenas algo más costumbristas. Son tres soliloquios a cargo de Banegas que denuncian el final de una forma de la política y de una forma de imaginar el mundo. Trabajé con la idea de un don como la capacidad de crear o de destruir el mundo, y eso produjo una materialidad escénica enérgica, arriesgada y divertida. Es un espectáculo fuertemente visual, coreográfico y musical, con actuaciones intensas al borde del expresionismo e incluso de lo clownesco.
P.: Según la autora, la obra insinúa que la esperanza de mejorar el mundo no reside en los grandes gestos del poder sino en la conciencia y el accionar de cada uno.
S.L.: Sí. La macropolítica de los grandes discursos y la organización política de masas aquí está en tensión con la micropolítica, es decir, con los pequeños gestos de las personas.
P.: Hay escenas propias de una fábula religiosa.
S.L.: Quizás ese plano esté en el texto, no sé si en la puesta. Lo que hice fue más bien superponerle otros planos visuales, coreográficos y musicales, y eso produce nuevas bifurcaciones y contrasentidos.
P.: En la obra las únicas solidarias son las mujeres. Además, hay varios incidentes ligados a la violencia de género ¿Cómo encaró ese tema?
S.L.: Cuando uno monta una obra no sólo dialoga con el texto y con el autor sino también con muchos otros planos que incluyen la coyuntura política y social. Ésta es una experiencia integral con fuerte participación de los cuerpos. Parecería que estamos condenados a producir sentido sólo desde lo discursivo, pero en este momento de mi itinerario artístico, y en la vida en general, estoy poniendo en cuestión la primacía del texto.Creo que se puede producir sentido desde los afectos, las imágenes y las sensaciones.
P.: Su último espectáculo, "Meyerhold, freakshow del infortunio del teatro", también era coreográfico y musical.
S.L.: Yo trabajo desde hace años con artistas de otras disciplinas, como por ejemplo la coreógrafa Diana Szeinblum, con quien monté "El don" y un espectáculo performático, "Fábrica de lo sensible", que el 4 de septiembre se presentará en la Ballena Azul. Antes de eso estrenaré en la Sala Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional una acción sonora sobre el Himno Nacional, titulada "Oíd el ruido" (21 y 28 de agosto). La composición es de Carmen Baliero, quien también estará en escena con el actor Juan Manuel Correa. Por último, voy a participar del ciclo "El borde de sí mismo: ensayos entre el teatro y las artes visuales". Va a realizarse en el Mamba (Museo de Arte Moderno de Buenos Aires) entre el 14 de agosto y el 27 de septiembre, con la participación de artistas internacionales como Jérôme Bel (Francia) y Richard Maxwell (Estados Unidos) y los argentinos Liliana Porter y Rubén Szuchmacher, entre otros.
Entrevista de Patricia Espinosa


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