Cuando la ausencia de color destaca los juegos estilísticos

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 El Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires abrió sus puertas en el año 2012, en un flamante edificio de la calle San Juan lindero al MAMBA. Desde la muestra inaugural, "Intercambio Global. Abstracción geométrica desde 1950", la institución respeta la vertiente elegida y ha incrementado su colección con obras abstractas. Tendencia afín a la colección fundacional del vecino Museo de Arte Moderno, donada hace 34 años por Ignacio Pirovano y elegida por el artista y teórico Tomás Maldonado, con la aspiración de representar la evolución de la tradición abstracto-concreta. El legado, según la historiadora del arte Marita García, iba acompañado por "el deseo sobre el que se constituyó esta colección: imponer la tiranía de la abstracción a la idea del arte moderno".

Hoy, la búsqueda del Museo de Arte Contemporáneo porteño está orientada a mostrar los lazos que unen a los artistas geométricos. Con este fin se reunieron obras que datan desde el año 1950 hasta el presente donde figuran los artistas del GRAV, los cinéticos italianos, los del Op Art europeos y de EE.UU., las escuelas del color y las estadounidenses, Color Field, Hard Edge, Minimal y Post Abstracción.

El MAMBA mantiene la presencia de los abstractos, pero sus puertas se abrieron a las más diversas tendencias, y una recorrida por los dos museos depara un buen panorama del arte moderno y contemporáneo. Por cierto, las instituciones tienden a agruparse y a sellar acuerdos para aumentar la visibilidad, potenciar sus actividades y atraer a los visitantes.

Consultado el presidente del MACBA, Aldo Rubino, sobre la relación con el MAMBA, responde: "Las colaboraciones suceden si hay voluntad de las dos partes. El staff de nuestro museo dialoga con algunos de los integrantes del MAMBA. Quizás una política de puertas abiertas más clara por parte de ellos y la convicción en que sumar potencia, permitiría plasmar mejores resultados para ambas instituciones en beneficio de los visitantes. No hay nada para competir entre dos museos, o por lo menos no debería ser ése el enfoque. Las entidades culturales deben estr más allá de los celos personales porque la educación a través del arte debe ser patrimonio de todos. La visión debe ser inclusiva y no exclusiva. Mucho menos excluyente. La responsabilidad, sobre todo de un museo público, al que sostenemos todos con nuestros impuestos, debe ser aún mayor, en cuanto a la búsqueda de colaboración, solidaridad y consenso, con otras instituciones culturales, más aún si comparten medianeras".

Fiel a la tendencia elegida, la exhibición actual del MACBA, "Cromofobia", presenta obras de Leandro Katz, Horacio Zabala, Lucio Dorr, Silvana Lacarra, Andrés Sobrino, Jorge Miño, Ivana Vollaro, Pablo Accinelli, Nicolás Mastracchio, Marcela Sinclair, Tomás Espina, Matías Duville, Mathieu Mercier, Marcolina Dipierro, Alfio Demestre, Eduardo Basualdo, Guido Yannitto, Erica Bohm, Malena Pisan, Mariano Vilela, Anna María Maiolino, Ascânio MMM, Knopp Ferro, João Costa da Silva, Lothar Charoux, Rogelio Polesello, Beto de Volder, Pilar Ferreira, Manuel Álvarez, João Carlos Galvão y Raúl Lozza. El color está ausente en una muestra dominada por el blanco y el negro y una extensa gama de matices grises, pero, lejos de resultar monótona, ostenta un dramático atractivo visual.

En su libro "Cromofobia" publicado en el año 2000, David Batchelor, profesor de Teoría Crítica en el Royal College of Art de Londres, escribe una encendida defensa del color y ataca a quienes por prejuicio lo denostaron. La exposición "Cromofobia" curada por la directora del MACBA, Teresa Riccardi, editora de la revista "Blanco sobre blanco", no pone en tela de juicio los conceptos de Batchelor ni formula asociaciones clásicas como relacionar la ausencia de color al predominio de la razón o asociar el blanco con la pureza, cualidad (la pureza) que por otra parte, se percibe en casi toda la muestra.

Riccardi señala el modo en que la ausencia del color fue tratada por cada uno de los artistas a través de sus pinturas, esculturas, serigrafías y fotografías. "'Cromofobia' nos invita a percibir las obras, su planteo formal y nos acerca a la subjetividad que se inscribe detrás del conocimiento sensible y lenguaje de cada artista. Expone un modo posible de ver usos diversos del blanco y el negro, y en ello, de qué modo esta elección adquiere un peso específico, una gravedad discursiva", sostiene.

Sin caer en la "cromofobia" de Aristóteles, que consideró el color una droga, o la de Platón, que lo equiparó a algunos elementos engañosos como "el relleno, el maquillaje, el esmalte y los ropajes", o Kant, que le negó al color la condición de lo bello y lo sublime, resulta lícito plantear en medio de esta muestra que el color en alguna medida distrae. El diseño de gran parte de las obras (no todas) adquiere su verdadera dimensión en un espacio absolutamente neutro, sin la presencia del color. De hecho la percepción de los juegos estilísticos y conceptuales se acentúa al ingresar en la tercera sala, al final de la muestra.

Allí está la pintura de Pablo Siquier, su magnífica evocación del diseño de Buenos Aires, la nostalgia por la arquitectura déco y la nitidez de una obra de un artista que se ha convertido en el favorito de los porteños. Al culminar la exposición hay siete cuadrados negros separados por siete comas muy llamativas y también negras. La obra es del conceptualista Horacio Zavala, se titula "Los siete días de la semana" y es representativa de su ingenio, humor y creatividad. Desde el techo cuelga una soga negra de Eduardo Basualdo, su "Línea de tiempo". A la altura de los ojos la soga se enreda y forma un ovillo con un breve hueco en el centro que lo atraviesa de lado a lado. Ese meollo oscuro se convierte en un periscopio.

Jorge Miño retrata la solemne arquitectura de Salamone, el edificio monumental con la figura de Cristo del Cementerio de la ciudad de Laprida. La visión de la copia del negativo de Miño resulta sobrecogedora.

Con la perfecta armonía de un triángulo isósceles blanco sobre negro y una cuadrícula negra sobre blanco y, además, junto a ella, la réplica exacta en blanco sobre negro, Andrés Sobrino consigue, gracias a las vibraciones de la pintura brillante, la seducción y el efecto de choque de los colores radiantes. En su esplendor, Mariano Vilela utiliza con virtuosismo el brillo incomparable de grafito, mientras Matías Duville destaca sus gestos inconfundibles con la aspereza de una carbonilla. Beto de Volder destaca la hermosura de las líneas onduladas con puntos que no se unen, con círculos negros.

Es el éxtasis del color sin el color.

Apenas una curva en la superficie de fórmica blanca le otorga a sentido a la obra de Silvana Lacarra. Con un tamaño diminuto Accinelli juega a transgredir el código de la muestra y pega la imagen coloreada de un paisaje. En el descanso de la rampa, hay una obra con tonos neutros del maestro del color Raúl Lozza.

La muestra tiene la belleza que depara la ausencia de notas discordantes, aunque comienza con los colores de Mastracchio.

Las jóvenes figuras de la abstracción tienen un parentesco cercano con los maestros argentinos, como los "buccos" de Anna Maiolino con Fontana y, en Brasil, ocurre lo mismo con los volúmenes de Joao Carlos Galvao y los de Sergio Camargo.

Al terminar el recorrido nos informan que la muestra inaugural del MACBA se encuentra de gira permanente, recorrió el interior del país, viajó a Roma, se exhibe en la actualidad en el Museo Patricia & Phillip Frost de Miami mientras se apresta para partir al Museo del Barrio neoyorquino y luego, a la Bienal de Venecia, a un Palacio cercano a San Marco. La vocación paseandera del MACBA compensa la falta de espacio de la sede porteña y además favorece la visibilidad de los argentinos puestos a la par de los extranjeros.

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