- ámbito
- Edición Impresa
Cumple un año revuelta de Siria. ¿Cuánto más resistirá la oposición?
Bashar al Asad
La chispa que inició la revolución siria fue una pequeña manifestación celebrada en el centro de Damasco el 15 de marzo de 2011. En Deraa, ciudadanos indignados salieron a la calle para protestar por la detención y las torturas de jóvenes por parte de las fuerzas de seguridad. El delito de los arrestados fue haber escrito con spray en las paredes el lema de la primavera árabe: «El pueblo quiere la caída del régimen».
Un año después, el fuego iniciado entonces aún no se ha apagado. El régimen de Al Asad empleó todo su arsenal contra los manifestantes: espionaje, torturas, bombardeos, francontiradores y mentiras propagandísticas. Los desertores son abatidos por la espalda, las mujeres sufren violaciones, se tortura a niños hasta la muerte y se calumnia a los opositores. Según las estimaciones, más de 9.000 personas perdieron la vida hasta ahora en el país que durante décadas se consideró fuente de estabilidad para Cercano Oriente.
Durante los primeros meses de revolución, el número de opositores creció cada semana. Los manifestantes contaron siempre con una respuesta brutal por parte del régimen. Pero erraron en lo que se refiere a la comunidad internacional, de la que esperaban solidaridad, sanciones rápidas y ayuda militar indirecta.
Occidente dudó a la hora de reconocer a la dividida oposición, las sanciones llegaron relativamente tarde y casi nadie quiere oír hablar de ataques aéreos similares a los realizados en Libia para proteger a la población civil y a los desertores. Rusia y China bloquean además una acción conjunta bajo el paraguas de Naciones Unidas.
En su último análisis sobre la situación de Siria, la ONG International Crisis Group llegó a una conclusión devastadora: «Los actores externos, enfrentados a un número de víctimas cada vez mayor y a una situación política estancada, actuaron en el mejor de los casos con poco entusiasmo, y en el peor de ellos, echaron incluso leña al fuego». Washington y sus socios europeos esperaron durante demasiado tiempo a que el sangriento conflicto cesara sin su intervención, apunta el informe. Mientras, Irán y Rusia respaldaron a Al Asad.
Los opositores se encuentran en la actualidad entre la esperanza y la desesperación. Esperanza, porque nadie cree que Al Asad y su clan puedan permanecer en el poder a largo plazo. Y desesperación ante la lentitud de la erosión del brutal régimen, y las muertes y torturas diarias.
Los primeros en desertar del Ejército fueron soldados rasos, a los que siguieron algunos oficiales, junto con los que formaron tropas armadas de opositores al régimen. Los siguientes en separarse de las filas de Al Asad fueron funcionarios de segunda fila, y después se unieron a ellos incluso generales. Entretanto, hasta se formó una brigada de desertores alauitas, una rama religiosa que siempre se había mantenido fiel a Al Assad, miembro de ese grupo.
Pero aunque los luchadores del Ejército Libre de Siria están presentes en zonas como Homs, Hama, Idlib y las afueras de Damasco, aún no hay «zonas libres» seguras, como ocurrió en el este de Libia. «En Al Rastan (en la provincia de Homs), los desertores ya tomaron el control en cuatro ocasiones, pero el Ejército siempre consiguió recuperarlo», explica Jalid Joya, quien ya vivía en Estambul antes del inicio de la revolución.
Joya es miembro del Consejo Nacional Sirio, formado el pasado otoño boreal por los principales grupos opositores del país. El Consejo, que dirige el profesor de la Sorbona Burhan Ghalin, ha perdido en las últimas semanas gran parte de su sentido inicial. Y es que cuanto más empeoran las perspectivas de una solución política y más se alarga el conflicto, más importante se vuelve el papel de los desertores, a los que los saudíes y el emirato de Catar prometieron abastecer con armamento.
El recién creado Grupo de Amigos de Siria tiene previsto reunirse por segunda vez dentro de unas tres semanas, y para entonces nadie cuenta con que Al Asad haya caído ya.
Agencia DPA


Dejá tu comentario