18 de marzo 2009 - 00:00

Cupones Bursátiles

Detrás de los directivos del Citigroup, sacando partido personal -y, acaso, con información privilegiada- con la compra de acciones de la entidad. Sobre las ruinas de lo que debían administrar, para mejor decir. Detrás de ellos aparecieron personajes todavía más desfachatados: directivos de la aseguradora a la que tuvieron que inyectarle, por dos veces, carradas de miles de millones de dólares: pasando por ventanilla para que les paguen el «bonus» de casi u$s 200 millones (y fue tema capaz de alterar al sonriente Obama). Contratos que se hacen firmar estos ejecutivos y que no tienen que ver con el triunfo, o el desastre, de una compañía. Por aquí no tenemos ejemplos tan disparatados, aunque algunos empresarios importaron la modalidad desde afuera -hace unos años- y hay sociedades que tienen cláusulas exquisitas para sus directivos (a cargo de todos los accionistas, claro).

Esto, que seguramente es sólo algún caso que se da a conocer, por la trascendencia de la empresa, constituye una muestra del grado de descomposición real en que fue cayendo el capitalismo. Que tuvo en sus manos la ocasión histórica de quedar como único sistema, tras la caída del comunismo, y que ahora debe soportar que no sean pocos los que reavivan las ideas de Marx.

La falta total no ya ética, sino de mínimos escrúpulos. Y la absoluta falta de remordimientos por haber sido partícipes del enorme desastre, caracteriza a toda una generación de directivos que se autodenominan como genios bancarios, o empresarios, y que entraron en todo tipo de aventuras -sin hacerle asco a nada- con tal de multiplicar sus propios ingresos. Con el riesgo, corrían nada más que los accionistas. O, de última, el propio Estado, acudiendo a salvarlos.

La primera información decía que Obama había mandado trabar el cobro del «bonus». Pero no es el mejor ejemplo si se quiere purificar, purgar debidamente a un sistema que ha entrado en tamaño descrédito en el mundo. Y ha dejado resucitar a su enemigo, a través de los desvíos que dejó generar en su propio entramado.
En China, es muy probable, hubieran ido directamente a una ejecución pública (y la bala se la cobran a la familia del ejecutado). Dentro de la cultura occidental, al menos tendrían que ser socialmente flagelados, deportados del ambiente de los negocios, con una sanción de «baja deshonrosa». Todavía pendientes los controles que se anunciaron, las sanciones con las que se amenazaron, el mundo sigue andando -los salvatajes en acción- y un montón de mariscales de la derrota: encima, quieren hacer más dinero. Monstruoso.

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