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Cupones bursátiles
Corresponde a cada lector realizar la debida selección, antes de verse tullido debajo de una enorme pila de escrituras y profecías. No queda otro recurso que el tratar de unir cabos que nos deja el propio 2009 que se desvanece en estos días. Y, a partir del presente y solamente de las realidades que pueden palparse, intentar enhebrar eslabones sensatos con el porvenir inmediato que nos tocará vivir en los mercados.
Habrá muchos vendedores de ilusiones en el listado de los que dicen leer el futuro. Muchos de ellos vienen con la factura impaga de no haber advertido, ni de cerca, lo que se avecinaba con la crisis que se desató hace dos años.
Nadie se baja del púlpito donde constantemente atosigan a sus feligreses, suplantando unos pronósticos con otros y acomodando sus destinos pasados a una nueva visión armada para que los sufridos seguidores no se dispersen.
Lo único real que se percibe es que el tremendo porcentual de desempleo no ha retrocedido en casi todo el mundo.
Que ahora existe una gran capacidad ociosa por imperio de la recesión que se abatió, y que en algunos sectores básicos la sobreoferta resultará una constante, porque se habían realizado expansiones al conjuro de un mundo que siempre pedía más.
La era de los salvatajes también parece agotada, como para dejar a solas con su destino a las economías y que -probablemente- no cuenten con el «cebador» para darle impulso al arranque.
Todo el panorama es el que sirve de despedida a 2009, mientras se multiplican los mensajes de buenos deseos sin que aparezcan los argumentos sólidos que lo sustenten.
Unos dicen: inflación. Otros: depresión. Unos porque ven que la «moneda mala» ha corrido a la buena, que el peso de las emisiones tendrá su costo. Otros, porque puede haber un incremento de producciones -con demanda insuficiente- y esto generaría una lucha feroz por ganar franjas de mercados como sea.
Avizorar 2010 con tantas piezas sueltas es casi temerario. Todo puede suceder.

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