4 de mayo 2010 - 00:00

Cupones bursátiles

Hoy pensamos continuar con pasajes fundamentales de aquello que fue el verdadero empollar de la crisis. Quizá pensando que a algún lector le pueda servir, para no estar leyendo -y repitiendo- historias que no van más allá de describir qué sucedió unos pocos años antes de que todo estallara. Y, al respecto, nos detenemos en un tema de hoy que demuestra -justamente- eso. En el suplemento económico del diario Clarín se publicó una nota de quien resulta autor de un libro llamado: «The end of Wall Street». Se llama Roger Lowenstein y tituló su nota como «El casino Wall Street». Y sucede que en ella, el lector no hallará de qué modo se gestó y creció todo, sino las simples críticas al presente, con Goldman Sachs como protagonista. Inicia diciendo lo que es obvio: «Hace falta replantearse cómo fue que Wall Street se desvió de la misión que le corresponde. La función de Wall Street, como se sabe, es captar dinero para los negocios: financiar acerías, fábricas y, sí, también hipotecas...». Buen principio para desarrollar la historia completa, aunque fuera en breve síntesis. Pero no, todo lo que sigue es simple comentario y crítica de superficie, ceñida al presente y el pasado inmediato. El remate de la nota es francamente desechable, por pueril. «Entidades protegidas -dice el autor- no deberían emplear dinero de la población para armar mesas de juego no productivas...». Cierto, dan ganas de decirle, pero bueno hubiera sido escribir el libro -y hacer la crítica- a lo largo de tres décadas donde la crisis se estuvo armando con tales mesas y prácticas. Quizás por eso nuestro mundo está condenado a repetir sus malas historias: porque no se echa la vista atrás y se buscan las principales causas de los desastres. Todo queda como una erupción repentina y en cabeza de media docena de nombres, como protagonistas de los males. Lamentable.

Y es así que la gente pide a gritos reformas, límites, normas para evitar los excesos, suponiendo que las cuestiones aparecieron cercanas al desastre y que nunca antes había existido un marco apropiado. Y sabemos que no es cierto. Si volvemos a nuestra columna anterior: recuerde el lector cuando hablamos del acta que se impuso en 1934 -en los Estados Unidos- y donde se colocó un muro entre la «banca comercial» y la «banca de inversiones». El mismo que, de haberse mantenido, evitaba todo lo que terminó estallando y haciendo caer a los audaces, a los delincuentes. Y no a la sana banca de base.