14 de enero 2011 - 00:00

Cupones bursátiles

Y así seguimos, en épocas tan difíciles de poder comprender. Mercados que se vieron heridos por el reconocimiento de la debacle económica de Portugal, el pasado miércoles se vieron «salvados» por Portugal (haciendo realidad que lo que no mata fortalece). La pregunta acerca de cómo seguirán esos países a los que se les arrojó un cable, que de ninguna manera significa que hayan corregido sus desastres de fondo, no parece estar en el menú de economistas ni analistas, u opinadores de mercado. No es improbable que después de agotar los recursos, retornen al estado de emergencia. Y esto se convierta en una rueda permanente de seguir viviendo «de prestado», sin poder colocar sus desvíos en caja.

Lo hemos visto varias veces en 2010, quedó así registrado, donde un mismo caso sirve tanto como buena o mala noticia alternativamente. Uno distingue claramente la mala: que una economía demuestre que ya no puede sostenerse sola y que haya que ir velozmente a socorrerla. Ahora bien: ¿cuál sería la buena? No importa tanto lo que se pueda pensar -racionalmente-, sino aquello que se eche a correr en la mayoría de los mensajes masivos. Y esto hace que mercados que debían mostrar su preocupación razonable de pronto salgan eyectados como si todo se hubiera solucionado en el mundo. Pensar de qué modo habrán de reaccionar los demás, por encima de la propia opinión, casi siempre ha dado resultados (como el consejo de Keynes sobre los concursos de belleza y la elección de la reina). Al menos, en el corto plazo. A la larga, es cuestión de comprobarlo con los hechos siguientes...

La vida loca

Nadie discutiría que en la Bolsa se está dentro de la «más loca» de las inversiones. Sin responder a ninguna atadura ni rentas prefijadas, solamente a expensas de lo que decidan los hombres con sus impulsos, arrebatos (y, algunas veces, razones).

Estar inmersos de tal modo, en el que parece «el más loco» de los mundos, pasa a ser una incursión de alto riesgo, potenciado. Pero también seguirá resultando la Bolsa la promesa de la ganancia inimaginable, sin techo alguno, como lo demostraron 2010 y el Merval, en cuatro meses. Una época fascinante, la época en que vivimos en peligro. Y esto tiene su encanto (al margen del resultado...).

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