21 de marzo 2011 - 00:00

Cupones bursátiles

Semana trágica por los hechos (muertes naturales en Japón y matanza criminal en Libia) y semana que primero se comportó en los mercados con cierto aire de sensatez, para culminar de lo más grosero. Porque estaba dentro de lo que cabe suponer, que si el mundo -además, las economías- atraviesan nuevamente horas angustiosas, los mercados, en especial lo de riesgo puro, tiene que arrear sus velas, contraerse en sus previos (aunque no lo hagan en sus valores) y acompañando aquello que sacude a la humanidad con claras muestras de inquietud.

Y así veníamos, hasta que a los «muchachos» de la banca de juego bursátil se les apareció una salidera que no dejaron pasar: reemplazar la angustia de lo japonés por la intervención de la ONU en Libia. Sin poder presumirse, a ciencia cierta, en qué podrá derivar el reemplazo de unas autoridades por otras, directamente la «opinión» de los índices resultó francamente positiva.

Supuesta luz

Al diablo Japón, porque nada de lo que allí emerge es alentador, que venga Libia y de paño para análisis convenientemente retorcidos. De tal forma, se arribó a dos ruedas finales donde surgió una supuesta «luz», en medio de la oscuridad.

No alcanzó, en la mayoría de los casos, para dar vuelta el resultado semanal, aunque dejó terreno abonado para que se prosiga en tal nueva tesitura y aguardando un final presumible (poder festejar la caída del régimen, en Libia), tender la mesa con buenas porciones de alzas en los mercados.

Hace mucho... mucho tiempo, los que leyeron algo de la historia bursátil de antaño recordarán que existían los llamados «bolsines»: una suerte de recintos paralelos, donde sobre la base de cotizaciones de los mercados institucionales directamente se jugaba a la suba, o la baja, de las acciones.

El más grande especulador de la historia, Jesse Livermore, había forjado el primer paso de su leyenda actuando en tales «bolsines». Que, al menos, no utilizaban la hipocresía de ser «inversores» los participantes. Sino, simplemente, «jugadores» del día por día.

Nos preguntamos, a veces, si no es que tales salones habrán de reeditarse acoplados a la decadencia de valores, y conceptos, que hoy pueblan al mercado.

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