21 de abril 2011 - 00:00

Cupones bursátiles

De mensaje en mensaje, la voz oficial satura el espectro de la opinión pública y centrándose sobre el tema de Siderar. Empresa que ya obró mal para repartir cargas de modo equilibrado, en cuanto a mencionar propuesta de dividendos por una suma y después -de apuro y con presiones- elevarla de un modo exuberante (de $ 403 millones a nada menos que $ 1.511 millones). Hecho que originó un furibundo ida y vuelta en el precio de su acción, que dejó un tendal de contusos entre viernes y lunes: aunque, en verdad, a nadie le importe esto. Respecto de la Bolsa, ¿qué puede decirse? ¿Estuvo bien en suspender sólo temporalmente la cotización de Siderar? ¿O debió dejarla fuera de circuito hasta que el asunto se aclarase debidamente y de manera definitiva? Queda librado a la opinión (si bien en todo esto, resulta eslabón menor en semejante cadena de desatinos).

Cuando hablamos de mensajes que llueven sobre la opinión pública, a sabiendas de que son muy pocos, cada vez menos, los que están interesados o participan en saber de la Bolsa: sucede que una palabra presidencial o de alto funcionario impacta como si «tal cosa» fuera estrictamente: la verdad.

Y no lo es. Ante todo, porque la posición oficial es de minoría -con su porcentaje de la ANSES- como para pretender imponer condiciones en una asamblea. Segundo, porque criticar ácidamente que la empresa no quiera distribuir utilidades (cuando subió de 403 millones de pesos a más de 1.500 millones de pesos, sobre un capital muy bajo y de 341 millones de pesos) es francamente inaudito.

Pero más insostenible es quejarse -como lo han hecho- por el hecho de que Siderar no distribuye, además de lo mencionado, todas sus «reservas» voluntarias. De las que, a su debido tiempo, habrá de participar el Gobierno: porque son «para futuros dividendos». Voracidad, ansia descontrolada, objetivo de intentar desmantelar a una sociedad a la que -de paso- es bueno recordar que para nada se la defendió (siendo de raíz nacional) cuando el «amigo» Chávez embistió contra sus intereses en Venezuela, llegando a expropiarla.

No hay modo de defender la posición esgrimida, más allá del poder político y real que se enarbola. Poniendo en riesgo inversiones, llegada de nuevas compañías, imagen, o Bolsa confiable. Pena.

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