9 de mayo 2012 - 00:00

Cupones bursátiles

Si el siglo XX resultaba un «cambalache» (como lo definiera Discépolo, en su tango), al número XXI será muy dificultoso hallarle un calificativo más benigno. Algo más de una década ha corrido en la nueva centena, para ya haber visto una terrible crisis global (sin repasar los asuntos bélicos, que dan para mucho) en las economías.

Y a partir de una aparente recomposición, que alcanzó apenas una meseta y se estancó, lo que las sociedades de diversos países han ido demostrando a partir de una primera reacción -tradicional- de echar a gobernantes de turno y cambiar drásticamente: con la inoculta ilusión de que llegue «el elegido», a devolverlos a un estado de bienestar en escaso tiempo. En esos días hemos leído de qué modo el mapa europeo sufrió de más rasgaduras peligrosas. Y lo que esto augura, para que la comunidad «euro» alcance a zurcir heridas y conservarse en caravana hacia una dirección. Los mercados no viven ajenos a movimientos que no poseen explicación aparente. Con lo de Grecia (que está ya en otra dimensión), pero especialmente con lo de Francia: los índices bursátiles... subieron el lunes.

Y mientras se tenían que leer comentarios para el asombro -llamar «un moderado» a Hollande, quien afirma odiar a los ricos y ser antimercado- la única idea que se nos ocurre es, aunque parezca insólita, que los demás mercados festejaron: pensando en que los capitales de Francia salgan en fila india a refugiarse en otros puertos. (Se mencionó que en la «tribu» de los ricos ya se nombraba a Ginebra o a Londres.)

En una época en la que, a pesar de los siglos de permanencia de ciertas «leyes de oro» que resultaron las columnas de la inversión, de la sensación de que se duda -seriamente- de varias de ellas. Típico de las zonas de enorme turbulencia, donde la confusión reina y los «profetas» que aprovechan la hora se instalan con sus discursos. Alguien dijo, con propiedad, que «cuando uno se está ahogando se agarra de lo que sea, aunque sea la aleta de un tiburón...». El tablero de control está descentrado, incluso envía señales antojadizas y opuestas a la propia esencia del sistema. Hasta que los temblores devuelvan a la normalidad, de ideas y funcionamientos. Haber como festejado a un declarado «antimercado» es como que un conejo le haga mimos a la escopeta. Fascinante época toca descubrir, en vivo y en directo (eso justifica el precio de la entrada). Que siga el «show»...

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