7 de junio 2012 - 00:00

Cupones bursátiles

Siempre fue muy divertido, casi como en las películas, leer sobre las andanzas de famosos personajes (de finales del siglo XIX y los inicios del siglo XX) en el mundo de la banca y la inversión de Estados Unidos. Épocas donde se actuaba sin regulaciones, en legendarios enfrentamientos de mercado, donde las fortunas se armaban -o se perdían- con entera facilidad. El condimento eran los seudónimos que acompañaban a tales personajes de por vida, algunos realmente seductores: como el del famoso John «Te apuesto un millón» Gates -del que desciende el actual Bill Gates- y que una vez había apostado tal suma por ver en qué terrón de azúcar se posaría una mosca. Marcó también la historia el increíble Floyd «Cincuenta por ciento» Odlum, que amasó enorme fortuna comprando empresas en ruinas y revendiéndolas tras mejorarlas. Lo insólito era que casi vivía dentro de su piscina y desde allí trataba los negocios. «Diamante» Jim Brady -loco por tales piedras- resultó quizás el intuitivo más grande, acertando casi siempre en cada jugada. A Elías «Lucky» Baldwin le molestaba el mote, aseguraba que todo lo hacía a fuerza de trabajo. El hecho es que todo fue un gran «show», con el dinero corriendo a mares, desvíos y estafas a la orden del día.

El problema es que a más de un siglo, todo parece seguir casi del mismo modo. En nota reproducida por Clarín se describe el suceso en el que cayó la banca Morgan -con pérdida inicial de u$s 2.000 millones- y donde un operador de la firma, a quien llaman «La ballena de Londres» (por sus jugadas desmesuradas), resultó deglutido por un tal Boaz Weinstein -y una «jauría de lobos» con ideas afines-, que es denominado como: «el monstruo», por sus perfiles de agresivo y de no dejar a nadie vivo. Personaje que identifican como maestro de ajedrez y, además, gran jugador en Las Vegas. Todo el juego, a ganar o perder mucho, se volvió a dar en los «fondos de cobertura». El «monstruo» olfateó la sangre en el agua y la «ballena de Londres» recibió heridas letales... y el banco JP Morgan debió anunciar la dimensión de un quebranto, que todavía no está del todo estimado. Ambas épocas, inclusive esa pasión por los seudónimos, a qué nos derivan: a que nada tiende a cambiar, a mejorarse como experiencia de la crisis que se desató y se continuará soportando.

Por más que se encuentren paliativos para el problema de los países y se produzcan salvatajes, el entramado de banca y finanzas no piensa en limpiarse.

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