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Cupones bursátiles
Quedó la anécdota poco aleccionadora de un presidente de la Bolsa -que estaba de paso- y que vaticinó que eso era sólo el comienzo: que nuestro mercado llegaría a realizar $ 300 millones por rueda. Efectos clásicos que genera un ciclo de bonanza y de euforias, en el que los que deben mantener la sobriedad y los sanos consejos se involucran en la «cadena de la felicidad», haciendo que la gente se vuelva mucho más codiciosa todavía. Y que ya no saben cuándo detenerse, perdiéndose la noción del «valor» y multiplicar los «precios» hacia el infinito. Que, después se sabrá, no por nada una máxima de oro dice que «los árboles no crecen hasta el cielo». Antes de ello, había existido otra zona de «boom» muy desaforada -la de 1976- a la que vivimos desde adentro también, en el «viejo recinto», y donde los papeles que habían llegado a costar moneditas hasta finales de 1975, se fueron a la estratósfera. De inmediato, se forjó también una zona muy notable, que en general se ignora, que fue la de 1979: primer semestre en el que los precios volaban, con mucho acento en papeles de los llamados «chicos» (los de menor liquidez). El concepto que reúne todo esto, con varias otras subas relevantes (como hace un par de años, con un 50% de aumento Merval) es que los grandes ciclos se conjugaron bajo el marco de la Ley 17.811, ahora derogada. No había las mentadas «plataformas electrónicas», no resultaba un sistema federal en su armado (aunque sí en la práctica, porque llovía dinero de todas partes). Y al público, hasta que existieron las tradicionales «plazas» trabajando a pleno en el recinto saturaba hasta las calles aledañas. Nadie se equivoque al respecto, lo mencionamos en nota del lunes: la utilidad y la inalterable codicia del ser humano es la que convoca a participar. Y el otro gran motor -el temor- es el que pone fin a las «exuberancias» (como decía Greenspan) y los excesos. No existen las fórmulas premeditadas.


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