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Cupones bursátiles
¿Y sabe qué?, amigo lector, tales tiempos se utilizaban cuando pisamos por vez primera la Bolsa (a inicios de los años 70, en el «viejo recinto», con las cotizaciones colocadas en pizarras: a pura chapa y tiza).
Queda muy bello hablar de un porvenir donde veremos la «plataforma electrónica» para canalizar los negocios. Poseer un recinto silencioso, lleno de máquinas terminales que hace rato se establecieron y eliminaron a los seres humanos de cuerpo presente. Pero el contraste es así mucho mayor, porque en el desesperado intento de creernos que vamos a ser parte del Primer Mundo en ciertas prácticas a la vista exponemos el ya inaudito atraso en otras cuestiones. Y nadie puede negar que conocer los balances en un tiempo razonable no forme parte de un «árbol de decisión» de los inversores y operadores. Las administraciones de las empresas se movían a «pico y pala», en la época referida que ya apuntamos; ahora todas poseen secciones plenas de la mejor tecnología informática. ¿Puede alguien creer que en el seno de las compañías -y aledaños- pueden pasar más de 40 días para poseer un balance?
Y esto, ya que tanto les gusta la palabra: hace plenamente a la «transparencia» que se declama. Hace, también, a las chances que tiene el inversor de la minoría para no quedar rezagado en las ventajas de juego y la «información confidencial». Cierta vez, en realidad muchas veces, esto lo planteamos (y lo escribimos en nuestra columna) en diálogos con autoridades del sistema. Las respuestas fueron: «Lo que pasa es que, como hay muchas que se quieren ir, no conviene fastidiarlas con algo más...». Bueno, pero ahora se dice que entramos a una «nueva era» -ley mediante y agentes aggiornados-, ¿o es que esto no forma parte de la nueva generación? Negocios por computadoras y balances con birome. Extraña combinación.

