18 de marzo 2014 - 00:00

Cupones bursátiles

Nuevamente podemos ensayar en la columna, pequeña pero abierta a todos los frentes, uno de los juegos que más nos divierten: unir el pasado y el presente, tratando de que se formalice una masa homogénea (y no forzada). Días atrás fue la casualidad la que nos permitió reunir en un apellido -Lefevre- dos personajes relevantes de las "travesuras" en los mercados. De uno de ellos, el autor de un libro que quedó como un clásico -de 1923-, dijimos que era seudónimo del llamado "Rey de la Especulación" (Jesse Livermore). Repasando sus páginas, hallamos varias vetas auríferas para derramar aquí. En la hora actual se suman voces alertando sobre una altura del Dow Jones y, entre ellos, un funcionario de la Fed advirtiendo que se estaba en el trance clásico de "tomar las malas noticias, como buenas". Ergo, lo que puede comprobarse a diario, cuando Wall Street decae es por culpas externas (una vez Ucrania, o rusos, después China, o el que aparezca). Y cualquier señal, por más nimia que sea, se potencia en el concepto para jugarla como positiva y marcar otro "récord". Es el contexto que rodea a los mercados de la actualidad. Un frente alertando sobre una peligrosa "burbuja", con riesgo de estallido. Y otra fuerza mediática (y operadora) que continúa incentivando la suba permanente del índice. Punto. Volamos a cien años atrás -plena zona de los llamados "años locos", la década de 1920- y desde el libro de Livermore (Lefevre) nos enteramos de que, a pesar de no existir regulación en el mercado (y mucho menos la presencia de una SEC, como policía castigando) estaban vigentes ciertas normas dando un marco. Le adelantamos que estando en tal contexto, hoy en día hasta los funcionarios de la Fed recibirían penalidades por sus opiniones sobre la actualidad del Dow Jones. Porque -citamos al libro- "La ley castiga a cualquiera que origine o haga circular rumores con la intención de influir de modo negativo en el crédito o en los negocios de personas físicas o jurídicas. O sea, de cualquier rumor que intente reducir el valor de las acciones haciendo que el público venda". Concluye el autor que: "La ley de la tierra castiga al difusor de artículos bajistas, de esa naturaleza...".

Pero, lo más sabroso surge cuando Livermore (Lefevre) se pregunta: "¿De qué modo está protegido el público contra el peligro de compra de un valor por encima del valor real?". Y agrega: "¿Quién castiga al difusor de los injustificados artículos alcistas? Nadie. Y, sin embargo, el público pierde más dinero por pagar de más. Que por vender de menos". (La seguimos mañana.)

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