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Cupones bursátiles
Otros inversores de su entorno también se contagiaron con su pesimismo, o con su incertidumbre, y pusieron sus acciones en venta, hasta que el pánico llegó a Wall Street y en un día, negro, el 24 de octubre de 1929 se derrumbó estrepitosamente. Groucho participante activo del delirio colectivo, de un día para otro, perdió todo...
Algunos años después, según sus propias palabras, el aseguraba: "Yo no estaba presente en la fiebre del oro en 1849, pero imagino que esa fiebre fue muy parecida a la reciente, que ha infectado a todo el país".
"El presidente Hoover estaba pescando y el resto del gobierno federal parecía completamente ajeno a lo que sucedía. No estoy seguro que hubiesen conseguido algo, pero por lo menos lo hubiesen intentado, y así fue como el mercado se deslizó alegremente hacia su perdición".
"Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron 240.000 dólares. Hubiese perdido más, pero ese era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York, en cinco palabras, lanzó una afirmación que, con el tiempo, creo que ha de compararse con las citas más memorables de la historia americana, ignorando el tradicional 'hola' todo lo que dijo fue: '¡Marx, la broma ha terminado!'. Antes de que yo pudiese contestar, el teléfono se había quedado mudo."
Y hay una frase de Marx que se podría aplicar a esta mala experiencia: "Partiendo de la nada hemos alcanzado las mas altas cumbres de la miseria."


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