9 de diciembre 2014 - 00:00

Cupones bursátiles

  El inigualable Groucho Marx describe en sus memorias una época de su vida, en que las acciones de Wall Street, y en general todos los valores bursátiles, no paraban de subir. No había quien no quisiera estar en la Bolsa, y el mismo Groucho, fue contagiado por la fiebre especulativa. Su modo de actuar era inverosímil, cerraba los ojos, ponía un dedo en algún lugar del listado de acciones, compraba la acción respectiva y ganaba, como todos. No tenía noción hasta ese momento, que se podía vivir en el lujo y la opulencia, sin trabajar, pero había comenzado a saborear esa instancia. Hasta que un día, un inversionista comenzó a preocuparse de tanta escalada alcista, y ante la incertidumbre, hizo cálculos y resolvió vender.

Otros inversores de su entorno también se contagiaron con su pesimismo, o con su incertidumbre, y pusieron sus acciones en venta, hasta que el pánico llegó a Wall Street y en un día, negro, el 24 de octubre de 1929 se derrumbó estrepitosamente. Groucho participante activo del delirio colectivo, de un día para otro, perdió todo...

Algunos años después, según sus propias palabras, el aseguraba: "Yo no estaba presente en la fiebre del oro en 1849, pero imagino que esa fiebre fue muy parecida a la reciente, que ha infectado a todo el país".

"El presidente Hoover estaba pescando y el resto del gobierno federal parecía completamente ajeno a lo que sucedía. No estoy seguro que hubiesen conseguido algo, pero por lo menos lo hubiesen intentado, y así fue como el mercado se deslizó alegremente hacia su perdición".

"Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron 240.000 dólares. Hubiese perdido más, pero ese era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York, en cinco palabras, lanzó una afirmación que, con el tiempo, creo que ha de compararse con las citas más memorables de la historia americana, ignorando el tradicional 'hola' todo lo que dijo fue: '¡Marx, la broma ha terminado!'. Antes de que yo pudiese contestar, el teléfono se había quedado mudo."

Y hay una frase de Marx que se podría aplicar a esta mala experiencia: "Partiendo de la nada hemos alcanzado las mas altas cumbres de la miseria."

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