9 de enero 2017 - 00:00

Cupones bursátiles

 Howard Schultz empresario estadounidense, presidente y consejero delegado de Starbucks Coffee Company, una franquicia con una particular sicología de los negocios, que cuenta con más de 10.000 establecimientos en todo el mundo. He aquí su historia.

Howard Schultz nació en Nueva York en 1953 y era el mayor de tres hermanos en una familia de clase media baja.

Mediante un gran esfuerzo económico de sus padres cursó estudios en el Canarsie High School y pudo licenciarse en comunicaciones por la Northern Michigan University en 1975. Al finalizar sus estudios comenzó su carrera profesional como aprendiz en el departamento de ventas de Xerox. Más adelante se incorporó a Hammarsplast, una empresa dedicada a fabricar componentes plásticos, subsidiaria de la sueca Perstorp, de la que llegaría a ser vicepresidente. Starbucks se inauguró en 1971 en el histórico mercado de Pike Place en Seattle, Washington, como una pequeña cafetería de cafés de importación, un negocio complicado en un país donde no es habitual el consumo de este producto. El nombre, deriva de la novela Mobby Dick de Herman Melville, que evocaba el aspecto romántico del mar y la tradición marinera.

En 1982 Schultz se incorporó al negocio como director de marketing, y ese mismo año, durante un viaje por Italia, descubrió los famosos "expresso" y el armazón cultural que, con varios siglos de historia, rodeaba el consumo del café en el Viejo Continente.

Su idea fue reproducirlo en Estados Unidos. "Mi conclusión fue que no solamente serviríamos cafés, sino que crearíamos un ambiente en el que la intimidad de la relación con el espacio y la experiencia del café pudiera cobrar vida", afirmaría en su autobiografía. Pero no fue fácil, y su intento no convenció a sus superiores. Posteriormente en 1987 persuadió a varios inversionistas para comprar la compañía por 3,8 millones de dólares.

Transformando básicamente la tienda de Seattle, Schultz estableció las bases de lo que muy pronto se convertiría casi en un imperio. Comenzando con los cambios, incorporó una serie de productos más al gusto de la tradición europea (capuchinos, mocas, lattes, macchiatos) y también apostó por ambientar cada local con una identidad propia.

Diseñó un interior que cautivara al público por su proximidad y su sensación de "segundo hogar".El decorado, el mobiliario, los colores y la música, tenían la función de transformar una cafetería común en un lugar en que la gente se sintiera como en su casa. El éxito no se hizo esperar.

Mañana continuamos.

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