23 de octubre 2017 - 00:00

Cupones bursátiles

Luis Carlos Sarmiento Angulo - 1ª parte. Nació en Bogotá el 27 de enero de 1933. Hijo de una familia de clase media, su padre, Eduardo Sarmiento, se dedicaba al negocio de la madera. Sarmiento es el típico hombre que se hizo a sí mismo, dueño de la mayor fortuna de Colombia trabajó desde muy joven, se graduó en los colegios con excelentes notas y logró su título de ingeniero civil en la Universidad Nacional.

Los primeros peldaños de su fortuna los escaló como constructor, y se convirtió en multimillonario cuando saltó al sector financiero.

Durante sus estudios y luego de graduarse, trabajó en la compañía de un ingeniero antioqueño, Santiago Berrío. Llegó a ser subgerente y aprendió a construir carreteras y ferrocarriles, pero Berrío falleció y la compañía se liquidó. Con el producto de la liquidación, empezó a trabajar como ingeniero independiente, con pequeños contratos para hacer carreteras en diferentes lugares del país. Buscaba que lo contratasen en lugares lejanos o en zonas donde reinaba la violencia, que la competencia descartaba, así fue creciendo.

A los 26 años, creó su primera compañía, la Organización Luis Carlos Sarmiento Angulo, con la que esperaba incursionar en obras más grandes. También mostró su tendencia de empresario: invirtió sus ahorros en una finca de algodón en Codazzi, pero se deshizo de ella a los pocos años e invirtió el dinero en un lote urbanizable en Bogotá, en el que construyó el barrio El Paseo. Ahí empezó su verdadero crecimiento. En ese entonces la construcción de vivienda era muy dinámica, ya que las ciudades estaban creciendo aceleradamente. Sarmiento se montó en esa ola, en 1966 construyó la urbanización Las Villas, en la Avenida Suba. Seguía contratando con el Estado, especialmente carreteras en Bogotá.

Pero venía otro salto. En 1970 la Organización fundó Seguros Alfa y tras este negocio llegó el problema, necesitaba más capital para seguir creciendo.

Es así que con sus cuentas en orden y un plan bastante realista pero prometedor se presentó ante un funcionario del Banco de los Andes para pedir un préstamo de 4.000 dólares. Pero el ejecutivo fue amargo y directo: "No se preocupe, joven, que el préstamo... oportunamente le será negado".

Tenía un mercado potencial, pero requería capital. El banco se negaba a financiar sus proyectos y eso le generaba frustración. Dependía del banco y había que liberarse. Si no había financista, él mismo debía serlo. Entonces la conclusión fue sencilla: "Si los bancos no quieren trabajar conmigo, tengo que tener mi banco". Mañana continuamos.

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