Desde la tradición teórica del Observatorio de la Deuda Social Argentina, la pobreza es una de las formas más injustas que asume la deuda social, en tanto impone fuertes limitaciones al progreso individual y colectivo, frustra la equidad de resultados, impide la igualdad de oportunidades y evidencia el fracaso del sistema político-económico para reducir las desigualdades sociales. Siguiendo esta perspectiva, la pobreza significa estar sometido a privaciones injustas -materiales y/o simbólicas- que afectan el pleno desarrollo de las capacidades humanas y de integración social.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Esas privaciones son injustas debido a que son violatorias de normas nacionales e internacionales que una sociedad asume como requisitos de integración y justicia social. En este sentido, el ingreso o gasto monetario de un hogar constituye un aspecto relevante de ese desarrollo, pero no el único, ni necesariamente el más importante aspecto que debe ser considerado a la hora de evaluar la pobreza y los cambios en el bienestar social.
Siguiendo esta perspectiva, el examen de los recientes datos en materia de indicadores de indigencia y pobreza -por demás confiables- informados por el nuevo Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), correspondientes al segundo semestre de 2017 (4,8% y 25,7%), muestran resultados positivos en materia socio-económica. En un año donde bajó inflación, creció el producto bruto y aumentó el empleo, a la vez que tuvo lugar una ampliación en las transferencias previsionales (reparación histórica) y asistenciales (AUH y salarios familiares a cuenta propias, entre otros subsidios), el resultado no podría haber sido otro que una reducción importante en la tasa de pobreza a nivel urbano. En particular, si la comparación se hace con respecto a la crítica situación social luego de los ajustes macroeconómicos del primer trimestre de 2016.
En paralelo, la información oficial también ofrece matices y dudas en cuanto a la profundidad y calidad de las mejoras que no pueden dejar de ser consideradas. En primer lugar, un hecho que destaca es que las mejoras en las tasas de indigencia extrema no parecen acompañar lo ocurrido en materia de pobreza, lo cual implica un aumento de la brecha de pobreza (distancia entre los ingresos medios de los pobres y los ingresos que necesitan para salir de tal situación) y una mayor cristalización de la pobreza estructural. Es decir, los sectores que lograron salir de la pobreza durante el último año serían pobres recientes o la "espuma" superior de los pobres, mientras que los sectores más vulnerables mantendrían su situación de exclusión estructural, con muy pocas mejoras a la vista en materia de ingresos, aunque contenidos por los programas sociales.
Otro aspecto a poner en observación es la comparación entre el progreso alcanzado en 2017 y la situación social durante el período político 2011-2015. Aunque a partir de los datos del nuevo INDEC no es posible hacer esta comparación, la Encuesta del Observatorio de la Deuda Social sí lo permite. En este sentido, cabe destacar que los niveles de pobreza actuales estarían por debajo de las tasas reales que presentaba el país entre 2014-2015, pero todavía por arriba -tanto en pobreza como en indigencia- a las que se registraban entre 2011-2013 (entre 24% y 4%, respectivamente). En fin, la situación social actual y su eventual positiva evolución durante 2018-2019 preludia la posibilidad al menos en teoría- de alcanzar en breve las mejores tasas de pobreza e indigencia que registró la Argentina durante el último cuarto de siglo (recién en 2011 se logró arrimar a las tasas que se teníamos antes de la crisis del Tequila en 1995). En cualquier caso, un cuarto de la población en situación de pobreza es una mejor noticia que un tercio; sin embargo, llegado a ese punto -si es que se llega-, la política económica enfrentará el desafío de superar una pobreza mucho más difícil de torcer, dado que su superación no sólo dependerá de una caída de la inflación, reactivaciones parciales del empleo, mayor obra pública o más programas sociales, sino fundamentalmente de más y mejores empleos en sectores microempresarios e informales, hoy concentrados en los pobres trabajos de subsistencia que ofrece la economía social.
Dejá tu comentario