12 de junio 2012 - 00:00

De clandestino a top: se extiende la ruta del arte callejero

Parodia del heroico retrato ecuestre de Napoleón del artista francés Jacques Louis David, en la que un gaucho suplanta con ironía al glorioso Bonaparte.
Parodia del heroico retrato ecuestre de Napoleón del artista francés Jacques Louis David, en la que un gaucho suplanta con ironía al glorioso Bonaparte.
El arte callejero desembarcó en Buenos Aires hace apenas una década y llegó para quedarse. De hecho, en la ciudad crece una interesante ruta de graffitis y murales que se extiende de Norte a Sur. El fenómeno del arte urbano, más allá de la calidad y la destreza de los pintores, más allá del sentido y el estilo que adoptan estos mensajes y la atracción que genera el explosivo despliegue del color y la forma, pone en evidencia la energía arrolladora que circula por las calles.

Esta disciplina del arte marca un punto de inflexión, quiebra, aunque sea por un instante, la monotonía de lo previsible.

Hoy, la calle es la casa de las tribus urbanas. Se vive la vorágine de los días que pasan. Pero el tiempo de las ciudades, como el del arte, es más dilatado que el del hombre. Entonces, el análisis de estas manifestaciones implica respetar la ecología cultural y es un gesto de responsabilidad y solidaridad.

En Nueva York el movimiento graffiti fue el punto de partida de un artista como Jean Michael Basquiat, cuyas obras se cotizan en millones de dólares. Luego, en Miami, surgió el Distrito de las Artes de Wynwood, allí los artistas callejeros producen bajo el control curatorial de Jeffrey Deitch el sofisticado director del MOCA de Los Ángeles. Los grises paredones de espacios degradados, se convirtieron en lugares de atracción para los coleccionistas que llegan a la Feria Art Basel.

Pero los elocuentes graffitis del Muro de Berlín resultaron determinantes para la popularidad de esta disciplina. El lado Oeste del paredón de 5 metros de altura que partió la ciudad hasta 1989, no tenía un centímetro sin pintar. El arte urbano es efímero, pero una de las pasiones de la sociedad actual es la conservación. Un sector del muro se preservó y hasta se restaura.

En Buenos Aires, las primeras pintadas callejeras fueron vandálicas. El muralista David Alfaro Siqueiros cuenta que, en el año 1933 y en la Argentina, pintó con esténciles mensajes contra la dictadura. Usó el más barato de todos los aerógrafos: las antiguas maquinitas de insecticida con una pintura de silicato y otra de nitrocelulosa de fenomenal resistencia. Los porteros, relata el mexicano, «se rompieron las manos tratando de eliminar nuestras obras maestras». A la hora de teorizar dijo: «la gráfica de agitación y propaganda es una fuente inagotable de estética».

Desde el vandalismo hasta las obras de excelente resolución, pasando por las pintadas juguetonas que lo invaden todo, los artistas callejeros están modificando día a día la fisonomía de barrios enteros, como Colegiales, el epicentro de estas pinturas. Así, los simples transeúntes se van transformado en espectadores.

En la calle está el humor y también está la furia; está la muerte y la vida, la belleza más pura, el grotesco y la fealdad; está la alegría estallando en los muros, y también el caos y la denuncia social y política. Hay expresiones psicodélicas y, hay, además, testimonios del síndrome de nuestra época: la nostalgia y la melancolía.

Con el contundente estilo del muralismo y una probada eficacia para crear ficciones, tanto como para poner en relieve la realidad y, en ocasiones, los problemas de la comunidad, los artistas logran encender la chispa que despierta la conciencia.

En la plaza seca de Balcarce y Humberto 1º hay un niño acurrucado que fuerza los límites del paredón para caber en ese espacio. Una parte de su cuerpo, la nuca, queda fuera del plano de la obra pues supera la dimensión del muro. La visión de esa figura infantil y solitaria, la incongruencia de ese bebé gigantesco con su cuerpecito encogido en un lugar que no encaja, atrapa todas las miradas Resulta difícil despegar los ojos de una obra cargada de significación.

La pintura urbana perturba y, a la vez, seduce. Simplemente, confronta a la gente que pasa, la invita a detenerse a mirar, a preguntarse qué es eso que está ante a sus ojos. En el barrio Monserrat el italiano Blu pintó una escena con un fuerte contenido político. Desde lejos se divisa una multitud de personajes anónimos y sin rostros. Al acercarse, el paisaje se torna demencial. Sobre las cabezas de la muchedumbre, como una estatua sobre un pedestal, se levanta la oscura silueta de un hombre. Cruza su pecho una banda presidencial que ostenta nuestros colores patrios. La cinta celeste y blanca se prolonga y bloquea los ojos y las bocas de todos, se enrosca alrededor de unos y otros y configura un tejido siniestro. La obra se percibe como una advertencia sobre los efectos del totalitarismo y el patriotismo mal entendido. Su autor, sin duda, conoce fascismo que padeció Italia.

La estetización aparece en las pinturas que se encuentran en el puente donde se cruzan las avenidas Dorrego y Del Libertador, o en la del Parque de las Mujeres Argentinas, en Puerto Madero. En Colegiales los colores se inflaman en los paredones. Las sinuosas curvas y contracurvas de los «Tags» -las zigzagueantes firmas de los autores-, compiten con el muralismo. Para comenzar, con la parodia del heroico retrato ecuestre de Napoleón del artista francés Jacques Louis David. Un gaucho suplanta con ironía al glorioso Bonaparte, mientras empuña una lata de pintura en aerosol. A su lado, el argentino Jaz pintó dos Minotauros en pugna, toda una metáfora -la de esos monstruos salvajes que sólo comían carne humana-, inspirada en una masacre de los «barrabravas».

En la gran urbe cuya población crece, los espacios públicos se han vuelto enclaves de contención para gente de culturas diversas y, el arte puede jugar un papel preponderante cuando se trata de buscar de soluciones, a veces insospechadas, a la diversidad de problemas que engendran las megalópolis.

En Londres, el argentino Patricio Forrester explicó ante este diario el sentido de las intervenciones de su grupo, Artmongers, y cómo se convirtió en una pequeña Pyme, ya que el municipio y los miembros de la comunidad contratan sus servicios para resolver problemas de la estética urbana. Un ejemplo es la obra «Vacatachos» que conjuga el arte con el reciclado de basura. Se trata de unos tachos de basura que fueron instalados en Londres y pintados como vacas (que hasta mugen al abrirlos en su última y sofisticada versión). De éste modo, una versión «domesticada» del graffiti contribuye con el arte utilitario.