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“De Platón al chat, el diálogo es un género”
Molina: «Estoy cansada de que me pregunten si ‘Mi ciudad perdida’ es una novela. No sé responder. Si para el lector lo es, ahí viene el género. Si para el lector es un conjunto de cuentos, será un conjunto de cuentos».
Periodista: Hay entre sus cinco libros relaciones que se van prolongando, ¿su intención es producir una única obra que se deslice a través de la escritura?
Milita Molina: Ese es el intento. No lo fue cuando empecé. Cuando comencé creo que no lo lograba. Ni «Fina voluntad» ni «Una cortesía» en mi lectura logran eso. El intento es, y sin salvar distancias como decía Leónidas Lamborghini, lo que hizo Jack Kerouac, seguir contando siempre lo mismo en distintos tonos, es decir trabajar con la mismiedad, y con mi vida. Cito en «Mi ciudad perdida»: «por qué anoto acá estas tonterías, si no para qué vivir, si no para qué escribir».
P.: Con su obra usted pareciera haberse adelantando a la moda de contar la propia vida desde una perspectiva literaria, de lo que se ha dado en llamar «literatura del yo».
M.M.: De algún modo, pero no me gusta. Ahora se está en lo autobiográfico, en la «literatura del yo», y lo que yo hago, en una forma que transitó Samuel Beckett, es saber más qué es uno mismo. Es como dice él, saber que se está arrojado al azar, que no es sólo el mundo, que cuando uno escribe va siendo llevado y está arrojado a un deshacerse. Nunca me propuse ser escritora, ni contar mi vida, ni contar historias. A partir de «Los sospechados» empecé una anotación de lo que me pasaba a mí en mi relación con el mundo. En lo que discrepo con lo de la «literatura autobiográfica» (más allá de toda la discusión de si toda literatura lo es o no lo es) es que se le llama así a una forma de literatura donde el narrador no queda él mismo arrastrado. No quiero hacer nombres, porque que cada colega escriba lo que se le da la gana, pero no es lo mismo «me separé de mi mujer, escribo una novela» que estar todo el tiempo escribiendo buscando dar con ciertos momentos luminosos.
P.: No es lo mismo convertir un padecimiento en narración que buscar poner «el corazón al desnudo».
M.M.: Si hay un maestro en eso es el de «Pobre Bélgica», el de «Mi corazón al desnudo» y «Las flores del mal», es Baudelaire, es siempre Charles Baudelaire, autor al que vuelvo todo el tiempo. Soy una fanática de su biografía de Delacroix. Creo que él logra ese extremo de deshacerse. Ya en los «Pequeños poemas en prosa» cruza los géneros. Porque parece que ahora la gente descubrió que la poesía es prosa, que la prosa es poesía. Y hace un siglo y medio Baudelaire practicaba todo eso y más.
P.: En sus relatos, que son y no son una novela, de pronto hace intervenir los géneros más distantes, por ejemplo narra el diálogo de dos personajes de comic, que son un homenaje a Copi, y le permite lanzar ironías sobre la femineidad o apuntes metafísicos.
M.M.: Soy una gran lectora de Copi, de hecho «La mujer sentada y el caracol» es obviamente un homenaje. Pero esa parte surgió en realidad del chat con un amigo. El caracol existe, es un amigo que vive en Madrid, gran lector de Copi. De pronto me dije, qué bueno el chat como género. Todavía no me había dado cuenta de su relación con el teatro. Después lo presenté al Fondo Nacional de las Artes y gané la Primera Mención en el Concurso Nacional de Teatro. Jamás me había presentado antes a un concurso, pero como era teatro sentí que no iba a juzgar un escritor o un editor. Pensé que no me iban a leer, que iban a decir qué disparate. Pero lo mío no fue tampoco teatro. El diálogo es un género, de Platón al chat. A mi me gusta mucho atravesar los géneros porque me parece que hay que tomarlo en serio, como dice Marina Tsvetayva con mujer, hombre, lesbiana, «atravesar, después de la experiencia viene el nombre». Hay que encontrar en la escritura esa andanza que permite perderse y atravesar los géneros sexuales y literarios.
P.: ¿Es la experiencia vital de la escritura la que considera que ofrenda al lector?
M.M.: Estoy cansada de que me pregunten si «Mi ciudad perdida» es una novela. No sé responder. Si para el lector lo es, ahí viene el género. Si para el lector es un conjunto de cuentos, será un conjunto de cuentos. Lo interesante es que desde que comencé a publicar me pasó eso. Cuando salió «Fina voluntad» en Beatriz Viterbo, me preguntaron si podían ponerle dos novelas cortas o una novela breve; «Una cortesía» la editó Juan Martini como novela; «Los sospechados» salió así, pero en la prensa se la clasificó de «género inclasificable» (ahí empieza el cuento de «género inclasificable»), y ya con «Melodías argentinas» se cansaron y se empezó a decir «qué linda aventura narrativa», y con «Mi ciudad perdida» todavía no sé. A mí me resulta realmente impresionante que todavía cualquier artista, pintor o escritor, siga atento al género. Mi relato de «La mujer sentada y el caracol» es un poco una broma a eso, es atravesar los géneros, atravesar las especies, como hace Copi. Y no es que no crea que existan los géneros, por supuesto existen, pero vienen después.
P.: Pareciera que para la gente conocer de qué género se trata le ayuda a elegir sus lecturas. Saber si es un policial, una novela histórica o romántica, por ejemplo.
M.M.: Es acaso por eso que a un autor de policiales le es fácil responder en qué género escribe, pero no todos los que hacen literatura pueden contestar tan simplemente. Néstor Sánchez decía «no escribo novelas que se puedan contar por teléfono». Yo digo lo mismo. Podría decir que soy una escritora sin tema. Cuando me preguntan sobre qué escribís, digo sobre todo. Sobre lo que en ese momento, en la intimidad de la página, como dice Beckett, aparece. Y me pone muy nerviosa esa pregunta. Admiro al escritor que dice: cuento una historia, porque está del lado de la historia, no del lado de la escritura, que para mí es música, nada más. Creo que en lo que leo en general me parece que ha ganado el contá la historia, contá la legible, la comunicable; con habilidad y artesanía, mejor; si es con artes, mejor. De hecho eso explica el fenómeno de los novelones. Lo que pasa es que hacer literatura no es escribir bien. Tiene que haber una falla, como dice Beckett, no un éxito.
P.: ¿Le impulsó a repensar el tema de los géneros el haber sido durante años profesora de «Literatura del siglo XIX» que fue donde comienzan a aparecer los géneros literarios?
M.M.: Es algo que empezó como el romanticismo alemán. El siglo XIX fue el de la gran novela con todos los tipos de géneros. En el programa de estudios, y fue muy interesante, estaban los autores de género, de los Dumas a Victor Hugo o Verne, y el Stendhal de «Vida de Henri Brulard», que uno se pregunta si ese texto no fue escrito hoy. Para mí el «Diario» de Stendhal, y su autobiografía «Vida de Henry Brulard» son libros de cabecera. Después en el curso veíamos mucho Hölderlin, otro autor que va a la locura de la lengua, que termina hablando cinco idiomas al mismo tiempo y en el hospicio no saben de qué habla. Había en las clases un fuego en el estudio de esa época, pero también el proyecto político de explicar la modernidad. El intento era que el alumno pudiera desnaturalizar la burguesía y a la vez verse como burgués. Hoy se discute vanamente sobre el progresísmo, la verdad es que hay que pararse en esa época para discutirlo, porque el siglo XIX muestra cómo genera en si mismo la reacción contra el siglo XIX.
P.: ¿Cuál considera que es su proyecto narrativo?
M.M.: Seguir escribiendo, seguir, seguir y seguir. Y sigo. Ahora estoy escribiendo una obra que se llama «Destreza del desesperado». Si bien está relacionada con mi obra anterior, siguiendo la forma beckettiana de un deslizarse por la voz, con la voz nada más, busco acallar tanta alharaca como creo que hay en «Mi ciudad perdida». Nietzsche dice en un momento «digámoslo en voz más baja, que nadie nos oiga», y yo siento que mis libros «Melodías argentinas» y «Mi ciudad perdida» son todavía obras alharacosas, de mucho bullicio, y creo que ahora esto que estoy escribiendo está en otro sentido, si bien tengo otras cosas similares que fueron primeros pasos en ese sentido, en mi escritura actual es un camino sobre el que estoy avanzando decididamente.
Entrevista de Máximo Soto


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