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De tan clásica parece experimental
El antiguo sabor de Disney revive en esta película que quizá desconcierte a los chicos acostumbrados al vértigo de los efectos digitales, el 3D y la acción.
Llevar a los chicos a ver «La princesa y el sapo» (no a todos, pero quizá a la mayoría) puede parecerse a invitarlos a jugar hoy con cubos de madera en lugar de la Playstation, o a que escuchen sus canciones favoritas en una victrola en vez de hacerlo en el Mp4. El nuevo film de la Disney es una auténtica rareza en esta época de efectos especiales, 3D, motion capture y acción vertiginosa hasta en los títulos de créditos: su diseño artístico es bello, ingenuo, bidimensional y pacífico.
Su argumento está sólidamente apoyado en la tradición (el clásico beso de una muchacha a un sapo para regresarlo a su condición de príncipe humano) y carece por completo de las acostumbradas alusiones o «guiños» a la cultura contemporánea, aunque muchos hayan querido ver, caprichosamente, algún paralelo político entre los tiempos de la presidencia Obama y la primera princesa negra de la Disney, Tiana. En definitiva, si el espectador no supiera que se rodó el año pasado, le parecería menos una película nueva como una hallada en un arcón del estudio.
Sus personajes también se asemejan a algunas de las antiguas criaturas de Disney, cuando el mismo Walt las presentaba por televisión, y es muy probable --por ejemplo-- que el gran cocodrilo jazzista que toca en los pantanos de Nueva Orléans evoque a los padres aquellas viejas imágenes de la Disneylandia de los domingos por la tarde. ¿Cómo recibirán los chicos de la generación digital este film? Es un enigma.
Costumbres
Esos chicos no están acostumbrados a ver aquel cine clásico en los cines: Cenicienta, Blancanieves, etc., es materia de DVD. Ir al cine es otra cosa, y últimamente también significa ponerse anteojos de 3D y sacudirse con las tormentas de efectos de «La era del hielo» o «Up». Ojalá muchos puedan apreciarla, más allá de que la cultura en la que viven los haya acostumbrado a otro tipo de sensaciones.
Ambientada, como se dijo, en Nueva Orléans, «La princesa y el sapo» es una fábula simple sobre una muchacha huérfana, cuyo sueño es levantar el restaurante créole que siempre quiso su padre, y que recibe la visita de un príncipe, como siempre, en problemas. En su caso, ser un sapo. Pero lo que no sabe ella es que, al besarlo, corre el riesgo de también convertirse en otro. Hay, como siempre, un villano que no quiere que las cosas salgan bien, dos amigos musicales (el cocodrilo y la luciérnaga), y todo el sabor perdido de Disney, al punto de convertir casi a «La princesa y el sapo» en un film experimental.


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