13 de mayo 2009 - 01:11

Debut no negativo (pero sólo gracias a Cobos)

• En el resto de los nuevos «Gran cuñado» hubo falta de brillo verbal

El acierto mayor fue la emulación de Julio Cobos. Salvo en la caracterización fisonómica poco lograda, el imitador acertó mejor que ninguno en la forma de hablar.
El acierto mayor fue la emulación de Julio Cobos. Salvo en la caracterización fisonómica poco lograda, el imitador acertó mejor que ninguno en la forma de hablar.
La suerte de la rutina de Gran Cuñado-políticos la resolverá el público, pero poco ayudará la performance de los caricatos que la inauguraron la noche del lunes. La Argentina es un país de grandes imitadores que han basado su eficacia en una característica del humor criollo, que es la preferencia por el uso del lenguaje, y no un país que tenga desarrollado el humor de la mímica o del payaso; sí la de los personajes que explotan las singularidades de la expresión, los niveles de uso del habla, el juego de la ambigüedad, características que hicieron populares a los capocómicos del teatro de revistas (Adolfo Stray, Pepe Arias, Florencio Parravicini).

En la televisión, Tato Bores, los Sofovich con Porcel & Olmedo o Alfredo Casero también arrastraron multitudes por un humor basado en el empleo del idioma, gracias a libretistas perceptivos e intérpretes hábiles en arrancar la risa de ese hecho tan nimio, pero maravilloso, que es hablar.

No empalma la rutina de Tinelli --ni con asesores agudos como el dibujante Nik del diario «La Nación», en quien ha confiado el animador como consultor para entrenar a los actores que imitan a los políticos- con ese curso del humorismo criollo. Eso puede explicar los resbalones de la noche del debut.

De Néstor Kirchner, el más conspicuo de los políticos para ser imitado por sus gestos y su bizarra fisonomía, apenas le pudieron sacar el modo de hablar. Esto ha sido explotado por decenas de imitadores radiales, pero la transposición a la imagen es de las menos ricas que se han visto. Ni se acerca a la más celebrada que es la de Nito Artaza.

Tinelli apeló al actor que creó a un muy eficaz De la Rúa hace una década (Freddy Villareal), caricatura que parecía superar al original. Pero acá fracasó la caracterización y el libreto, que no acertó salvo en algunos gestos de ira y de humor que son propios del ex presidente. Sí ha advertido rasgos menores que tiene Kirchner como su manía por tocar, abrazar y palmear a sus interlocutores.

De Alfredo de Angeli, otro dirigente que regala aristas muy aprovechables para la copia, el actor respectivo no acertó en nada: ni libreto, ni la fisonomía, ni la forma de hablar. En los talleres de teatro suele decirse que el actor malo termina haciendo de gaucho malo; de eso hace el presunto de imitador del provocador de Gualeguaychú.

Ni de Macri ni de De Narváez lograron nada sus respectivos caricatos: del primero ni físico, ni libreto, con el agregado de que el acto carece absolutamente de gracia. Del segundo, el intérprete tiene una gracia natural contagiosa que hace pasable el fracaso en la caracterización; trata de emular la pretensión de llaneza que intenta transmitir, sin mucha suerte, el diputado. En eso fue eficaz de libreto, que repitió lemas artificiosos elaborados por publicistas con remates de campaña de artículos de consumo.

La menos lograda de las imitaciones fue la de Elisa Carrió: pobre la actuación, equivocado el libreto. Junto a Kirchner, es el personaje que concede más rasgos a quien quiera imitarla, pero el responsable de encarnarlo no acertó ni en la letra ni en la fisonomía, ni aun imitar ese tic que tiene Carrió de desviar la mirada del interlocutor cuando actúa por TV, como apelando a un espectador que mira detrás de la cámara. Además Carrió es una mujer agraciada, con ojos que brillan para acompañar sus a veces estridentes reflexiones, pero la caracterizan con ojos tristes y un gesto amargo que expresa muy lejanamente a esta política, cuyo principal activo es cómo cautiva con palabras y gestos al público.

Esto es plausible a un punto tal que se la interpreta mejor como un fenómeno cultural ligado a la predicación pública que a la actividad política agonal, terreno al cual le cuesta -y lo demuestra cuando tiene que hacer construcciones partidarias o electorales- transferir el alto predicamento que tiene en el público.

Sin duda, el acierto mayor fue la emulación de Julio Cobos. Salvo en la caracterización fisonómica poco lograda, el imitador acierta mejor que ninguno otro en la forma de hablar, el libreto, los gestos, el juego de silencios que trasmite este vicepresidente, el más raro que ha tenido un país de vicepresidentes raros. Es tan gracioso que hace olvidar el maquillaje, detalle mejorable, y logra lo que un imitador bueno hace: que el público crear escuchar al original aunque en las formas no se parezca tanto.

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