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Debut no negativo (pero sólo gracias a Cobos)
• En el resto de los nuevos «Gran cuñado» hubo falta de brillo verbal
El acierto mayor fue la emulación de Julio Cobos. Salvo en la caracterización fisonómica poco lograda, el imitador acertó mejor que ninguno en la forma de hablar.
Ni de Macri ni de De Narváez lograron nada sus respectivos caricatos: del primero ni físico, ni libreto, con el agregado de que el acto carece absolutamente de gracia. Del segundo, el intérprete tiene una gracia natural contagiosa que hace pasable el fracaso en la caracterización; trata de emular la pretensión de llaneza que intenta transmitir, sin mucha suerte, el diputado. En eso fue eficaz de libreto, que repitió lemas artificiosos elaborados por publicistas con remates de campaña de artículos de consumo.
La menos lograda de las imitaciones fue la de Elisa Carrió: pobre la actuación, equivocado el libreto. Junto a Kirchner, es el personaje que concede más rasgos a quien quiera imitarla, pero el responsable de encarnarlo no acertó ni en la letra ni en la fisonomía, ni aun imitar ese tic que tiene Carrió de desviar la mirada del interlocutor cuando actúa por TV, como apelando a un espectador que mira detrás de la cámara. Además Carrió es una mujer agraciada, con ojos que brillan para acompañar sus a veces estridentes reflexiones, pero la caracterizan con ojos tristes y un gesto amargo que expresa muy lejanamente a esta política, cuyo principal activo es cómo cautiva con palabras y gestos al público.
Esto es plausible a un punto tal que se la interpreta mejor como un fenómeno cultural ligado a la predicación pública que a la actividad política agonal, terreno al cual le cuesta -y lo demuestra cuando tiene que hacer construcciones partidarias o electorales- transferir el alto predicamento que tiene en el público.
Sin duda, el acierto mayor fue la emulación de Julio Cobos. Salvo en la caracterización fisonómica poco lograda, el imitador acierta mejor que ninguno otro en la forma de hablar, el libreto, los gestos, el juego de silencios que trasmite este vicepresidente, el más raro que ha tenido un país de vicepresidentes raros. Es tan gracioso que hace olvidar el maquillaje, detalle mejorable, y logra lo que un imitador bueno hace: que el público crear escuchar al original aunque en las formas no se parezca tanto.

