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Default griego: el que las hace las paga
La economía no es una fábula de La Fontaine. Pero en la visión de Berlín -que con extraordinaria facilidad ontológica discrimina entre hormigas y cigarras- no existen demasiadas diferencias. Y como no hay fábula que se precie sin la lección de una clara moraleja, la Europa de Merkel trae consigo un equipaje abultado. El libre albedrío de antaño ha sido suplantado por una férrea conducción política, y una agenda común que se pretende aplicar a propios y extraños (bien lo sabe la Inglaterra de David Cameron). La violación olímpica del espíritu de Maastricht va camino a corregirse con una versión reforzada del pacto original. Berlín provee todo: la verticalidad política, la agenda, el Maastricht recargado. ¿Qué le falta (aparte de que la estrategia tenga éxito)? La anécdota que ilustre la moraleja que se quiere como enseñanza. La cigarra no puede superar el trance sin la marca de un rasguño y como cortesía de una generosa operación internacional de rescate. Bajo esa óptica, un final accidentado como la reestructuración con quita de la deuda griega -el involucramiento del sector privado (PSI)- es el remate apropiado. Es cruento con moderación (debe asustar a los niños, pero no espantarlos). Así se podrá decir (sin el rigor de una contabilidad precisa, por supuesto) que el que las hace las paga.
¿Cuán fuerte jugará Europa? Un simulacro de default, arriesgó Gordon Gekko. Empujará la negociación hasta el límite. La tradición europea es no arreglar hoy lo que se puede pudrir mañana. Si la fecha tope es el 20 de marzo -cuando opera un vencimiento de bonos de 14,5 mil millones de euros-, ¿cómo creer que un arreglo temprano está al caer? Se alega que un acuerdo demandaría no menos de seis semanas de trabajo administrativo para concretarlo, y poder proceder al canje de bonos, pero es difícil pensar que sean las necesidades del «back office» las que definan. Más sencillo es imaginar un acuerdo entre Grecia y el Instituto Internacional de Finanzas (IIF) -como los que se plantearon en las cumbres de julio y octubre- y que, luego, se demuestre incapaz de reunir la masa crítica de inversores que Europa le exige a Grecia. Así se llegaría a marzo en la nebulosa, entre idas y vueltas, que es lo que cabe esperar. Si la línea en la arena está trazada para el 20 de marzo también podrá correrse (y sin necesidad de apelar al período de gracia que tiene toda obligación impaga antes de poder ser declarada como tal). Bastará con atrasar otros libramientos públicos. En definitiva, si el default se aproxima no es por la urgencia de los tiempos ni por la terquedad de los alemanes. Es que Europa, al contener la corrida contra la deuda pública de la eurozona, está en mejor posición para aventurarse.
Veinte meses después de lanzado el rescate a Grecia, el principal riesgo de un default anunciado no puede ser lo que pase con la deuda de Grecia. No, lo que frenó la reestructuración hasta ahora fue el temor al contagio de los demás países de la región. Por eso la reacción nula ante la masiva rebaja de calificaciones que blandió la agencia S&P es un cambio decisivo en el terreno de operaciones. Que las subastas de deuda fluyan sin trastornos- aun en Portugal, que ocupa la primera línea de fuego y, sin embargo, ensayó con éxito, esta semana, un estiramiento de plazos de colocación a once meses- es un dato clave. Habrá una segunda subasta de pases a tres años el 29 de febrero (antes del «límite» para el default) y allí los bancos podrán completar, si cuentan con activos suficientes, sus necesidades de fondeo para este año y el próximo. Así el tramo corto de la curva soberana tiene ahora un anclaje del que antes carecía. Ya no será tan fácil que zozobre. El anuncio de que el FMI apunta a engrosar su capacidad de préstamo -y llevarla a un billón de dólares- tampoco luce casual. Puede ser visto de dos maneras: como un preparativo en serio para afrontar los efectos del default, o como una mera estratagema de presión a los acreedores. Ambas son compatibles. La troika -que el FMI integra junto con el BCE y la Unión Europea- es la que le dicta la letra a Grecia; son sus fondos los que deberán suplir el faltante que deje una reestructuración poco agresiva. Los que más van a presionar a los acreedores privados, pues, no estarán sentados en la mesa de negociación.
En 2001 le bastó un año a la comunidad internacional para tomar distancia de la Argentina, proveerle el blindaje y quitárselo, y luego permitir el estallido de su deuda sin que hubiera daño colateral relevante fronteras afuera (a excepción de Uruguay). Encapsular a Grecia demanda más tiempo, y la tarea está a medio hacer. Brasil no se mosqueó con el default de la Argentina; ¿puede asegurarse que ocurrirá lo mismo en Italia? ¿No debería estar concluida de antemano la faena de recapitalización de la banca? ¿Es sensato gatillar una operación tan sensible cuando la eurozona recae en una doble recesión? No, no y no. ¿Serán disuasivo suficiente? Si no hay temor a que se desate una corrida (aunque luego la percepción se pruebe errada), no lo será. Y es el virus de la audacia el que se acaba de inocular.


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