Del arte “puro” al más comprometido en el Recoleta

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El Centro Cultural Recoleta acaba de cerrar la muestra del gran maestro Luis Wells, acaso la más interesante de la temporada 2008 y, la semana pasada, interrumpió el clima distendido del verano con los vernissages de varias exposiciones que van desde el arte «puro» al arte comprometido.
Para comenzar, está la pureza de las abstracciones de Andrés Sobrino que abre la muestra con las extensas diagonales negras y amarillas que se cruzan para marcar el ingreso a la sala. Dueño de un estilo inconfundible, determinado por las bandas de colores radiantes (amarillos, rojos, verdes, que se suelen confrontar con el negro), y por la búsqueda de contrastes que subraya con el brillo acharolado de sus telas, en esta exhibición Sobrino explora otras formas, otros materiales y también otra estética.
Un conjunto de pinturas dispuesto con sabiduría sobre la pared, configura un homenaje a Malevich y se percibe como una obra única de gran dimensión. Es decir, si bien la composición está integrada por alrededor de una veintena de pequeños cuadros, la obra se visualiza como un todo que encaja a la perfección, al igual que las piezas de un rompecabezas.
Si se observa esa pared en perspectiva, se descubren los orígenes de la abstracción geométrica y, sin embargo, al acercarse, cada pintura cobra vida propia y cada cuadro arrastra su evocación particular. Además del blanco sobre blanco, que cita a Malevich, el artista se apropia de las geometrías básicas del constructivismo ruso (cuadrado, rectángulo, círculo, cruz).
La muestra incluye citas más o menos literales o distanciadas, a Ad Reinhardt y otros maestros abstractos, y concluye con una luminosa banda roja que evoca al minimalista Dan Flavin.
En suma, el mayor interés de la muestra radica en la fórmula que supo encontrar Sobrino para recuperar la esencia del arte «puro», para volver a hablar con un lenguaje propio de lo absoluto y la perfección. El resultado es un paseo por ese universo cargado de las sensaciones plenas que desde sus orígenes depara el arte abstracto.
Testimonio
Con una marcada vocación social y la actitud de un disciplinado militante político, Coco Bedoya presenta también en el Recoleta, un arte que -en abierto contraste con el de Sobrino-, se confunde con la vida.
La exhibición comienza en 1979, con las imágenes de una marcha de los ciudadanos de Perú, país donde nació Bedoya hace 57 años, y culmina con las obras realizadas en 2009 y con un testimonio de su tarea docente: una muestra de sus alumnas del taller La Estampa, prisioneras de la cárcel de Ezeiza.
Jimena Ferreiro Pella, curadora de la muestra, pone el acento en el concepto ampliado del arte de Bedoya, destaca los vínculos entre la obra individual y la que realizó en forma colectiva, como la de sus talleres populares, sus performances o las intervenciones urbanas, que lo llevaron a pintar las siluetas de los desaparecidos. La curadora trata de unir de este modo el artista plural que no se toma un respiro, y el singular, cuya obra trasciende la coyuntura política, en los contextos de Lima y Buenos Aires donde se desarrollan sus complejas prácticas artísticas.
Artista gráfico por excelencia y dueño de un oficio envidiable, Bedoya muestra unas serigrafías sobre tela que, más allá del contenido político en ocasiones explosivo que caracteriza toda su obra, tienen rasgos afines con los de la transvanguardia italiana. Como si no pudieran eludir del todo una estética que lleva el signo de los tiempos, esas pinturas y varias de las obras realizadas en la década del 80, ostentan un parentesco con la tendencia posmoderna que surge en Italia avalando que los artistas se apropien descaradamente de la historia del arte. Atrevimiento que encuentra eco en el escenario porteño y que sin duda Bedoya consideraría inútil, dada la urgencia de sus mensajes, atados siempre al acontecer de un mundo que aspira cambiar.
Claro, en sus pinturas no figura la magnificencia de la arquitectura neoclásica ni otra iconografía retro más que la suya, como la delgada y feroz navajita de afeitar que es la marca que lo distingue. Pero, a pesar de las diferencias ideológicas, es notable el aire de familia que comparte con pintores como Duilio Pierri, Rafael Bueno, Martín Reyna o Guillermo Kuitca.
Ilusión
Junto a la Sala Cronopios, donde se presenta la exposición de Ariel Mlynarzewicz, «Los lugares de la pintura», curada por Diana Wechsler, Eduardo Capilla exhibe sus gestos poéticos. Sus pinturas aparecen peinadas, se ven lustrosas y con un suave bajorrelieve que dibuja curvas y contracurvas que, en oposición a los desplazamientos del material en sentido horizontal, vertical o los barridos en diagonal, generan la ilusión de que varios planos se abren sobre la superficie de las telas, con sus propias tensiones y movimientos. Sobre esas mareas de color, en ocasiones turbulentas, flotan, navegan, vuelan o se apoyan, manchas de pintura densa y empastada con formas que si bien son ambiguas, orgánicas y casi abstractas, recuerdan las de flores, barcos, mariposas o pájaros en vuelo.
En la totalidad de las obras resuena la naturaleza, en ocasiones de una belleza espectral, como la que evoca un jardín nocturno. Pero en todos los casos se trata de una naturaleza que, a pesar de la visible actualidad del tratamiento pictórico y de su desdibujada representación, ha sido mirada con el mismo romanticismo de los artistas del siglo XVIII. Lo cierto es que estos escenarios fantásticos funcionan como espacios abiertos, para que vuele ligera y sin un rumbo predeterminado, la imaginación del espectador.

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