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Del clamor popular a la puja contra militares y sindicatos
1- La asunción a la presidencia, el 10 de diciembre de 1983. El presidente de facto Reinaldo Bignone le entrega el mando a Raúl Alfonsín, electo por mayoría absoluta. 2-Raúl Alfonsín cuando le entrega el bastón presidencial a Carlos Saúl Menem, seis meses antes de lo previsto, en el invierno de 1989.
«Con la democracia se come, se cura, se educa...», recitó y sumó a los avatares económicos de su gestión, la deuda externa abultada, la hiperinflación, los problemas en la relación con los militares y los sindicatos que le realizaron 13 paros generales. Confrontó con las Fuerzas Armadas, en una puja que dejó también como impronta de su gestión haber juzgado a las juntas militares de la dictadura con el límite de la obediencia debida, crear la Conadep y hasta el pacto de Semana Santa con los «carapintadas». Fue quizá el Gobierno que más manifestaciones populares de adhesión provocaron desde el regreso de la democracia, con concentración espontánea de asistentes, que llegaron al millón para el acto de cierre de campaña, en el centro porteño. Ganó con el 52%, pero sólo se impuso en la Capital Federal (64%) y en ocho provincias contra 12 que retuvo el peronismo al que había denostado. Una partición que no importó para las adhesiones que mantenía en ese momento su Gobierno.
«Nuestro Gobierno no se cansará de ofrecer gestos de reconciliación indispensables desde el punto de vista político. Sin la conciencia de la unión nacional sería imposible la consolidación de la democracia», dijo en el discurso ante el Congreso.
A los dos años de Gobierno -de los seis de mandato que regían hasta entonces- el recambio del ministro de Economía reflejó las señales de los desaciertos en esa materia. Juan Vital Sourrouille debuta su Plan Austral y el de «ahorro forzoso», en 1985, cuando también comienza el juicio a los militares sometidos a la Justicia ordinaria.
A los desaciertos en la economía se agrega un revés parlamentario, cuando le rechazan una ley de reordenamiento y democratización sindical. «Mantequita llorón» le espetó Alfonsín a Saúl Ubaldini, dirigente de la CGT, cuando la verborragia política no alcanzaba decibeles como a los que ahora se acostumbra.
El gobierno alfonsinista había revalidado las adhesiones en las elecciones del 85 y mantuvo la mayoría legislativa, que le resultó insuficiente para gobernar. Buscó un acuerdo con el Partido Justicialista y los líderes gremiales.
Soñó Alfonsín con trasladar la Capital a Viedma, al mismo tiempo que repelía alzamientos militares y con un Plan Primavera que terminó augurando la caída de su Gobierno, que dio el primer síntoma en el 87, con una magra cosecha de votos con la que retuvo sólo dos distritos, Córdoba y Río Negro.
«Restablecimos la libertad de las personas, de la Justicia, de la educación, de la cultura, de la prensa, de los sindicatos y la política. En cada una de estas reparaciones debimos enfrentar la resistencia, el encono y hasta el sabotaje no sólo de quienes le impusieron al país una concepción autoritaria, sino también de los sectores agredidos en sus privilegios por la democracia. Siempre he sostenido que llegaba más lejos la acción de todo un pueblo convencido de su obrar que el acto solitario del gobernante por genial que pareciera. Esa era la superioridad histórica de la democracia sobre el autoritarismo», consideró Alfonsín de su gestión.
El 12 de octubre de 1988 convoca a elecciones generales para el 14 de mayo de 1989, donde se votará para presidente, vice y diputados nacionales. A los pocos meses, como golpe de gracia a la gestión radical se desata el copamiento de La Tablada con el resultado trágico de siete militares muertos, un sargento de la Policía y 28 guerrilleros. La economía le estalló, el dólar sin control y la inflación que trepó al 200%. Carlos Menem ya había sido electo y Alfonsín anunció su renuncia, en julio, seis meses antes del plazo:
«Mi conciencia exige que intente atemperar los sacrificios del pueblo mediante el mío personal, sin provocar demoras que puedan entorpecer la transición entre dos gobiernos igualmente democráticos», se despidió, pero sin abandonar el liderazgo y la política. Después protagoniza el Pacto de Olivos que reforma la Constitución y llega un nuevo gobierno radical, recién cuando asume Fernando de la Rúa por la extinta Alianza que él mismo había mentado y a la que renunciara también. Un Gobierno malogrado, para el cual junto con Graciela Fernández Meijide, Rodolfo Terragno, De la Rúa y Chacho Alvarez, había presentado la pomposa Carta de los Argentinos. Pero la campaña se ensañaba con el ex presidente y como un retruque Alfonsín abandona la conducción del IPA, deja la Comisión de Acción Política de la UCR y también las chances de regresar a la presidencia del Comité Nacional. Busca así aplacar lo que considera ataques hacia su persona, como un golpe de efecto en el verano de 1999.
En el otoño de ese año, que sufre un accidente de automóvil en Río Negro, que lo deja con nueve costillas rotas y lesiones pulmonares, además de la conmoción que le provoca salir despedido por el parabrisas. El infortunio provoca una suerte de clamor hacia el ex mandatario. Viajaba por una ruta cubierta por el hielo para llegar a un acto político en Ingeniero Jacobacci y, entre otros, lo acompañaba el entonces gobernador Pablo Verani, en campaña por su propia reelección.
Se recuperó en 39 días y en diciembre fue elegido por unanimidad presidente del Comité Nacional de la UCR a propuesta de De la Rúa, listo para asumir en la Casa Rosada. Pero Alfonsín toma distancia de ese radical a medida que el Gobierno de la Alianza se desgasta.
Ese Alfonsín hasta cuanto pudo criticó al kirchnerismo y el adelantamiento electoral. «No contribuye a crear las condiciones» para avanzar en la solución de los problemas del país, dejó dicho en un comunicado y convocó «a un cuerpo programático en defensa de la República», ya que «no se puede demorar más un acuerdo entre las distintas fuerzas políticas y sociales en defensa de la República y de la gobernabilidad, condiciones básicas para defender la producción y el empleo». Pero no ha tenido la fuerza que le dio en su momento el voto popular.
«Nunca habrá nada de qué acusarme», repitió en los últimos años, cada vez se le preguntó sobre su retirada del Gobierno del 83.


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