Al lado. un detalle de la «Calavera» con la que los artistas de Mondongo parodian y resignifican una sobrevalorada obra del británico Hirst.
La nueva muestra que el grupo Mondongo inauguró la semana pasada en la galería Ruth Benzacar se caracteriza por su intensidad. El humor y el desparpajo que configuran el estilo del grupo, aparecen esta vez neutralizados por el dramatismo de la exhibición.
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Al ingresar a la sala se divisa una calavera, unos metros más atrás, hay un inmenso retrato de Juliana Laffitte -integrante del grupo junto a Agustina Picasso y Manuel Mendanha-, que cubre toda la pared del fondo. El gigantesco rostro, un tanto distorsionado por un gesto visceral, expone su intimidad, se muestra vulnerable. El personaje clava sin embargo una mirada desvergonzada en el espectador, y su perturbadora presencia resulta insoslayable. A través de este elocuente retrato, los artistas abrevian de repente la distancia que separa al espectador de la obra.
La «Calavera», símbolo de la muerte y eficaz advertencia de la fugacidad de la vida, está elaborada como casi todas las obras, con la plastilina de colores que usan los niños para modelar. A la presunta inocencia del material, se contrapone la densidad del contenido. La «Calavera» es un bajorrelieve que esconde, en una escala diminuta, centenares de máscaras, ojos desorbitados, huesos, santos, templos, crucifixiones y obras de arte como «La Piedad» de Miguel Ángel, que confabulan un paisaje dantesco. La obra, ese «barroquismo amasado hasta la extenuación», como cuentan los artistas, es una parodia de «Por el amor de Dios», una macabra calavera de platino con 8.601 diamantes incrustados, que el exitoso británico Damien Hirst presentó en Londres, en la sofisticada galería White Cube. Esa calavera tenía un costo de producción que rondaba los 18 millones de euros -pagados por Hirst-, cifra que recuperó largamente cuando se vendió por 72 millones. En su momento, fue el precio más alto pagado por la obra de un artista vivo. Se supo más adelante que Hirst figuraba entre los compradores o «inversores», pero la publicidad y el escándalo (la calavera era real, de un hombre que vivió en el siglo XIX) les ha procurado excelentes dividendos a los llamados jóvenes británicos.
En un contexto absolutamente diferente, aunque con algo más de un motivo en común, al hablar sobre su «Calavera» los argentinos aclaran que la obra «es un exorcismo para la muerte, tema recurrente en la historia del arte», y agregan: «Para nosotros el trabajo es redención de la muerte, el artesano sublima la muerte y la vuelve potencia vital con su hacer sostenido. ¿No es un canto a la vida, una oda al trabajo esta sinfonía de manos gestando esta calavera 'povera' e infantil, si la cotejamos con la de Hirst? Hay una desprotección e impotencia casi infantil del artista de un país como el nuestro, el mercado del arte está centralizado en grandes potencias y fortunas, se nutre de artistas del tercer mundo y los fagocita de un modo perverso e ilimitado».
Interpretación
La muestra se llama «Silencio», y habla en tono crítico de cuestiones como las que sugiere una niñita sonriente y sonrosada a la que le falta un diente, que luce en su cabeza una corona de sexos masculinos como si fueran flores. ¿Una decoración inusual o, acaso, una idea prefijada en la vida? Junto a ella está su par por oposición, la nena que tiene la piel entera brotada con tetillas. Hay varias obras que invitan a la interpretación freudiana, y también otras de carácter político. Hay un río correntoso que, de inmediato, evoca los sensuales y esplendorosos mares color turquesa, que con pintura sobre pintura realiza Miquel Barceló. Pero el río de Mondongo, tan encrespado como las mareas del español, está hecho con bolsas de residuos y ostenta el color gris helado de los desechos químicos y la polución. A su lado, una catarata de plastilina roja configura la disolución de un cuerpo entre botellas de gaseosas, desperdicios y miembros mutilados. El horror de este río de sangre, es un homenaje al cine de David Cronenberg.
La exposición actual no tiene la especificidad definida de las anteriores, como las dedicadas a los retratos, al «Dólar», o a contar la historia de «Caperucita Roja». Sin embargo, «Panóptico», pertenece a la serie de obras que tienen como escenario la República de los Niños, una parodia peronista de las instituciones republicanas construida en escala infantil en la década del 50, que todavía existe. Se trata de una maternidad que parece una alucinación. La madre acaba de dar a luz tirada en un parque surgido de un cuento, tiene todavía las piernas abiertas, y casi una docena de nenas -crecidas aunque se supone que son sus hijas- juegan sonrientes a su alrededor. El paisaje es sencillamente atroz.
En términos formales, este «Panóptico» y otros, como el que expuso el curador Kevin Power en una muestra en el Malba, forman parte de un ambicioso proyecto: realizar un Panorama, una obra circular, que envuelva al espectador y le brinde una visión total, abarcadora.
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