26 de diciembre 2012 - 00:00

Desde Lejano Oriente llega un inesperado rally de Santa Claus

Shinzo Abe
Shinzo Abe
Ahora que no se terminó el mundo, ¿en qué habrá que creer? ¿Sonará la trompeta, por fin, del rally de Navidad como Dios manda? ¿O será el turno de despeñarse por el acantilado fiscal, otro de los jinetes, uno más, que anuncia el Apocalipsis? Las Bolsas de Asia, el puñado que abrió sus puertas, se manifestó ayer por seguir a Santa Claus, y regaló una suba robusta pese a la disputa inconclusa en el Capitolio. No hubo abismo en Tokio: el Nikkei trepó el 1,41%. Y mucho menos en Shanghái, donde el ascenso superó un 2,5%. ¿Podrá ser Asia la que le dicte el rumbo a Wall Street y a las Bolsas de Europa? Sería mucho pedir, entre otras razones, porque la pujanza de sus acciones es una iniciativa reciente todavía no muy afianzada. Pero vale que Shanghái y Tokio, plazas que estaban defenestradas un mes atrás, resuciten con vigor encomiable, pendientes de un giro favorable en sus vicisitudes y ajenas a las de Washington.

No hay anuncios oficiales, y, sin embargo, se sabe. Japón cayó en recesión a mediados de año. China se debilitó -y como siempre se temió por algún traspié inmobiliario grave-, pero las señales últimas que irradia son de sobria recuperación. La transición política es clave en ambos países. La regla, esta vez, fue el conflicto. En China, pareciera que quedó atrás. En Japón hoy asume el flamante primer ministro, Shinzo Abe, y todavía debe asestarle una estocada a la rebeldía del Banco Central. Si las Bolsas retozan es porque, para bien o para mal, las cotizaciones sintonizan la misma longitud de onda que la política.

Virtudes y defectos

Japón interesa sobremanera. Más allá de la coyuntura: Japón fue la cuna de la expansión cuantitativa (QE), allá por marzo de 2001. No hay país que haya experimentado más cuantía de QE. Aquí se ven sus virtudes y defectos con nitidez, sobre el terreno, y no en el papel. La cruzada de Abe, políticamente exitosa, es una embestida frontal contra la deflación, sí la deflación, ya que toneladas vertidas de QE no han logrado una sola gota de inflación todos estos años y sí una merma del PBI nominal, de marzo a esta parte, más profunda aún que la caída real. ¿Qué se propone el líder «conservador»? Recuperar Japón (en un sentido que incluye lo militar y la alianza con los EE.UU.), reconstruir su economía (promete un crecimiento del 3% en los próximos cinco años) y acabar con la sistemática reducción de los precios. Abe eligió enemigo: el banco central. Y lo atropelló sin tapujos. Exige más estímulo monetario. ¿No es curioso? La expansión cuantitativa puede ser ineficaz -¿cómo explicar si no que Japón ande ya por una novena versión?- y, sin embargo, a la hora de pensar en soluciones, se la demanda más y no menos. La limitación es evidente: faltan sustitutos. Abe consiguió parte de lo que buscaba, pero no todo. Ganó la elección (es su segunda instancia de mando); con la rapidez del rayo, logró hundir al yen y que el banco central ampliara su política de compra de activos. En los próximos doce meses, la cartera de títulos crecerá más del 55%. Pero quiere más: pretende que el Banco de Japón migre a un objetivo de inflación del 2% al año. Y amenaza fijarlo de prepo, quitándole la independencia si no accede, previa modificación de sus estatutos. Que el Nikkei suba, cuando también festejó la independencia del Banco de Japón en 1997, es signo de la vorágine de estos tiempos. La necesidad es madre de herejías. La promesa de crecimiento, aun cuando sus fundamentos sean discutibles, lo moviliza. Pesa, qué duda cabe, la singular voluntad de liderazgo de Abe, a primera vista, su principal activo.

Así, ni Europa ni Asia ni las economías emergentes: sólo la tozudez de demócratas y republicanos se interpone hoy al calendario bursátil gregoriano, aquel que cree, en estas fechas, en las bondades alcistas de la Navidad, el Año Nuevo y, a lo largo de enero, en la generosidad de los Reyes Magos. Importa que para los inversores, de momento, el mundo no sea lastre, sino oportunidad. Cualquier arreglo en Washington bastaría para priorizar la tarea de sacarle provecho.

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