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Despierta el Museo de Arte Moderno y convoca con buenas muestras
En el MAMBA conviven hoy excelentes muestras y obras únicas como la de Lux Lindner que evidencia su afinidad con Xul Solar y Kosice, o el cubo de Marta Boto , quien murió en 2004 en París, antes de que la descubriera y admirara el público argentino.
Al ingresar, se divisa un alegre mural pintado con colores radiantes por la artista alemana Kirsten Dosel. En la sala de la planta baja se exhibe una extensa y cuidada restrospectiva de la sesentista Margarita Paksa. Luego, ya desde la escalera que lleva al primer piso, llama la atención el muro blanco con los grafismos en carbonilla de Matías Ércole; a su lado, también sobre la pared, hay una escena dibujada por Juan Malka que parece escapada de un cuento infantil. Se trata de los atractivos site specific que presenta Santiago Bengolea, una nueva modalidad del arte, decorativa y perecedera. Primero los adoptó la Fundación Proa, después arteBA, el MAMBA, el Museo Nacional de Bellas Artes y la Universidad Católica. Hoy, es moda en todas partes. Las instituciones quieren su site specific, un arte por lo general descomprometido, para disfrutarlo y después borrarlo.
En un pequeño espacio destinado al videoarte (justo en el pasillo de los baños), el artista Lux Lindner presenta «Los descansos de pantallas se derrumbarán en tu cabeza», una obra encantadora en brevísimo formato digital. La pantalla es diminuta, pero alcanza para ver una lucha heroica. «Vuel villa», una de las máquinas voladoras de Xul Solar virada al blanco por Lux Lindner, surca un cielo esplendoroso atravesado por los rayos del sol. Xul Solar domina el espacio, hasta que, de repente, aparece Gyula Kosice. Las líneas aerodinámicas de una nave de la «Ciudad hidroespacial» surgen entre las nubes. El extraño artefacto de Xul y la nave de Kosice entablan una batalla: la gran lucha de la modernidad. La visión celestial culmina con los dos vanguardistas en retirada.
Más allá de la ficción cabe aclarar, por un lado, que la obra pone en evidencia la afinidad de Lindner con el imaginario de Xul y el de Kosice, desde luego, salvando las distancias que impone la contemporaneidad. Mientras, por otro lado, a Lindner lo favorece abandonar, aunque sea en una obra, el rigor de sus propias y duras batallas en blanco y negro. La curaduría de la obra es de Diego Trull.
«Jóvenes y modernos de los años 50. En diálogo con la colección Ignacio Pirovano», se titula la muestra que recorre un intenso capítulo de la abstracción argentina. Al ingresar a la sala, el conjunto de las obras no sólo sienta la evidencia de un aire de familia que las hermana, más allá del espíritu de los tiempos, sino que, además, vuelve a traer el recuerdo de la azarosa historia del MAMBA. En un período clave para el posicionamiento del arte argentino en el interior de nuestro país y en los grandes centros internacionales, el cierre del Museo durante más de cinco años y el empecinamiento en mantener ocultas sus colecciones ha tenido un costo muy alto para los artistas. Algunos, recién ingresan ahora a la historia del arte.
Visibilidad
«He pensado mucho sobre tu colección y me entusiasma la idea de que ella pueda ser la base de nuestro futuro Museo de Arte Moderno», le escribió desde Hamburgo el visionario Tomás Maldonado a Ignacio Pirovano. La carta está fechada en julio de 1954. Curada por Cristina Rossi, la exhibición abre su recorrido con una pintura de Del Prete junto a un óleo de Joseph Alberts. Rossi vuelve la mirada hacia atrás y rescata una pequeña parte del patrimonio del MAMBA (más de 7.000 obras que van desde 1920 hasta hoy), para brindarle la indispensable visibilidad. Su relato comienza con la apasionante trayectoria de Ignacio Pirovano, sus comienzos como artista, su paso como director del Museo de Arte Decorativo, su perfil como empresario y la amistad que entabla con Maldonado, decisiva para los jóvenes modernos, dado que consolidó entonces la vocación coleccionista del arte de su tiempo.
La investigación es exhaustiva y abunda en documentos y fotos que nos retrotraen al pasado. Las imágenes de los protagonistas del arte moderno argentino, mayormente conocidos a través de sus obras, muestran los rostros de entonces, sus gestos y sus poses seductoras frente a la cámara. En varias fotografías aparecen reunidos en grandes grupos. Rossi aclara que los movimientos surgidos en el año 1947 «pronto se desmembraron», y agrega que «se inicia un movimiento más amplio, que incluye alrededor de 50 artistas».
Entre las derivaciones de esos intensos años 50, están las estupendas obras de Emilio Renart y Rubén Santantonín, dos artistas geniales y olvidados. Frente a una sinuosa forma de acero inoxidable de Julio Le Parc, hay un bellísimo cubo de Marta Boto, en su interior, brillan como cristales los círculos de acrílico. Le Parc, conoció la gloria en el extranjero; Boto, también radicada en París, murió en 2004, poco antes de que la descubriera y admirara el público argentino.
Cada cual se las arregló como pudo. Pero no deja de ser una paradoja: a estos jóvenes que miraban con esperanzas un futuro idealizado, el porvenir les destinó la peor de las jugarretas. La indiferencia que la sociedad le deparó a la mayoría se prolongó durante más de media centuria, recién ahora comienza el merecido reconocimiento del movimiento moderno argentino.
En el MAMBA se pueden ver la geometría transparente de Enio Iommi, proyectando su sombra, como el acrílico rojo de Rogelio Polesello. Allí están los volúmenes ondulados de Clorindo Testa sobre una tela, las pinturas de Manuel Álvarez, Mac Entyre, Alejandro Puente, Sarah Grilo, Gabriel Messil, Miguel Ángel Vidal, Manuel Espinosa, Luis Felipe Noé, Germaine Derbecq, Marta Minujín y Rómulo Macció; las maderas de Luis Wells, una escultura en colores de Aldo Papparella, las formas de Ary Brizzi o María Juana Heras Velasco, entre otras obras.
Cabe aclarar que la muestra de Rossi tuvo como antecedente «El imaginario de Ignacio Pirovano», curada por Cecilia Rabossi, muestra que colocó a nuestros modernos en el mismo rango de los internacionales, Klee, Vasarely, Vantongerloo, Severini, Kandinsky, Matisse, Mondrian o Sonia Delaunay.
El antecedente es positivo. No obstante, recién ahora, el Museo comienza a sacudir su modorra y aspira a seducir a su público. Lo empujan la vitalidad y energía de la exhibición de Paksa y, la sinergia generada por el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires que flanquea el edificio del MAMBA, con su estupenda colección de abstractos.
La intensa y compleja exhibición de Alejandro Somaschini, «Caracol», junto la serie Video Arte Italiano 2004 - 2012, y las fotografías de espacios arquitectónicos del italiano Massimo Listri, «En perspectiva: el vacío interior», completan el nutrido programa estival. Los visitantes pueden reclamar visitas guiadas en casi todos los idiomas, y en la recepción encontrarán folletos de todas las actividades y empleados que los atienden con una sonrisa.
Finalmente, al iniciarse el año, el más pasivo y polémico de los museos porteños, nos depara una sorpresa.


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