Era imposible anticipar el resultado de las elecciones iraníes, pero desde este diario se consignó la clave de todo el proceso: Mahmud Ahmadineyad era el hombre del guía espiritual, Alí Jamenei, y del clero chiita más conservador que controla el régimen con mano dura.
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Las denuncias de irregularidades repiten lo ocurrido hace cuatro años, en ocasión del primer triunfo de Ahmadineyad, pero en esta ocasión derivaron en enfrentamientos que expresan un quiebre sugestivo de la sociedad iraní.
En el plano internacional, la confirmación de la línea dura iraní termina de poner en negro sobre blanco lo insostenible de las esperanzas que subyacían a la política de Barack Obama. Su apuesta pasaba por el surgimiento de un liderazgo iraní más moderado que viabilizara su oferta de diálogo y permitiera, de una sola vez, poner en caja el plan nuclear iraní y el apoyo de ese país a los elementos más desestabilizadores de Medio Oriente: la milicia libanesa Hizbulá y el grupo terrorista palestino Hamás. Castillos en el aire.
La diplomacia impuesta por la Casa Blanca a Hillary Clinton (que en realidad nunca creyó en la estrategia de la seducción) ignoró la propia esencia del régimen: Irán es una teocracia, controlada por un guía supremo y sometida a rígidos cepos institucionales, no una república presidencialista. Ahmadineyad es una anécdota en lo que hace a las políticas profundas del régimen. Una anécdota irritante y provocativa, que amenaza a Israel y niega el Holocausto, pero no más que eso. El plan nuclear y el apoyo a los grupos terroristas son políticas del Estado iraní muy anteriores a Ahmadineyad y que probablemente irán más allá de su próximo y último cuatrienio.
El desconcierto estadounidense se dejó ver ayer en la lentitud de su reacción: el vicepresidente, Joe Biden, dijo que Washington respeta «por ahora» el resultado, a la espera de que se aclaren las «dudas» que éste suscita. Si reconoce al ultraislamista, nada gana; si se suma a la idea del fraude, se queda sin política porque no hay con quién dialogar. No hay plan B.
Israel merece una mención aparte. Previsiblemente, el premier Benjamín Netan-yahu expresó su inquietud y dijo que se dispone a trabajar en el armado de una coalición internacional para frenar la emergencia de Irán como nueva potencia nuclear militar. Pero la realidad es algo más matizada: receloso de la política dialoguista de Obama, el Gobierno israelí ansiaba un triunfo de la línea dura en Irán, tal como consignó en los últimos días la prensa hebrea, de izquierda a derecha. Netanyahu descreía que una derrota de Ahmadineyad serviría para dar por tierra con el plan atómico, por lo que la reelección de aquél servía mejor a su interés de mostrar más claramente al mundo, y a la Casa Blanca en particular, que una confrontación es inevitable.
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