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Diálogos en Wall Street
El periodista dialoga con el especialista en mercados internacionales que se escuda bajo el personaje de Gordon Gekko de la película «Wall Street», de Oliver Stone, quien analiza el impacto de una rebaja en la calificación de la deuda soberana de Estados Unidos.
P.: Unos días atrás, hubiera bastado para torcer la balanza y gatillar un nuevo avance. Pero ahora hay una sensación de vértigo que antes no estaba presente.
G.G.: Después de trepar un 40% sin mirar atrás, es natural que se pregunte si la escalera está bien apoyada. Eso es lo que los mercados están chequeando.
P.: Que Standard and Poor's coloque la calificación de la deuda pública británica en observación, con un sesgo negativo, ¿no es un motivo como para preocuparse?
G.G.: Sería mejor que no lo hiciera. Digamos, que sostuviera la postura que anunció Moody's. En el margen, le traerá una complicación adicional a Alastair Darling, el secretario del Tesoro. Pero ¿qué le hace una mancha más al tigre?
P.: Suena más serio que un mero contratiempo. Y, todo el mundo, va a descontar que también la deuda soberana de los EE.UU., tarde o temprano, despertará objeciones.
G.G.: La decisión no aporta mucha información nueva. El mercado de Credit Default Swaps (CDS) ya incorporó estos temores. Después de todo, las calificaciones de crédito son indicadores rezagados (cuando son acertadas). Para que tenga una idea, en febrero último, el CDS a 5 años de la deuda pública británica cotizaba a un spread de 160 puntos base.
P.: ¿Había que ceder un 1,6% de rendimiento anual para contratar una cobertura contra el riesgo de default de los bonos del Gobierno de Inglaterra?
G.G.: Entendió bien.
P.: ¿No eran obligaciones consideradas AAA?
G.G.: Lo siguen siendo. Están en capilla pero no se les rebajó la categoría. Y Fitch y Moody's han dicho que ni siquiera lo tienen en consideración.
P.: Los inversores ya le habían puesto el ojo a los problemas que ahora menciona Standard & Poor's.
G.G.: Todo el mundo sabe que la crisis costará una fortuna a los erarios nacionales. La factura de una crisis financiera promedio no baja de 15 puntos del PBI. Y, por cierto, la actual es un modelo «deluxe». Lo interesante es que los mercados, en su dinámica, van a contramano de la calificadora. El costo del CDS hoy (por ayer), después de conocida la noticia, es la mitad de lo que supo ser en febrero. Ascendió 10 puntos base pero aun así no llega a 85. Los mercados perciben una mejoría en el margen. Lo que era una economía en caída libre, comienza a estabilizarse. Sin embargo, la noticia no deja de ser un contratiempo para el Tesoro. Se imagina que la próxima subasta de bonos va a exigir un manejo muy cuidadoso y costará unos diez milésimos más en rendimientos. En EE.UU. ya está claro que, en cada licitación, los inversores se corren levemente y le sacan 10 puntos base del bolsillo a las autoridades.
P.: No cree que este fenómeno marque el final abrupto del rally alcista que comenzó en marzo.
G.G.: No. Si finaliza será por mérito propio (o, más bien dicho, por falta de méritos). Piense que desde que se difundieron los resultados de los exámenes de estrés los bancos colocaron acciones ordinarias por más de 40 mil millones de dólares. Y si suma las emisiones de deuda sin garantías públicas y acciones preferidas, son más de 55 mil millones de dólares.
P.: Increíble. En marzo nadie daba una moneda por las acciones que ya estaban en circulación. Y, estas dos últimas semanas, surgió una demanda fortísima por nuevos papeles. ¿Cómo se explica?
G.G.: ¿Quién mejor que el propio Correo para vender nuevos buzones? A los bancos les va la vida. El grueso de las colocaciones corresponde a instituciones que, después de las pruebas de estrés, necesitan reponer capital. Y el rally de las Bolsas les abrió una ventana de oportunidad. Son profesionales y, por esa ventana, en tiempo récord, hicieron pasar hasta elefantes.
P.: Entiendo la sagacidad comercial de los vendedores. Pero, ¿quiénes compran?
G.G.: El candidato ideal es quién sufre de pánico.
P.: No entiendo.
G.G.: De pánico por quedarse afuera. O por estar mal vendido en un mercado que vuela. Se juntaron el hambre y las ganas de comer. Y los bancos tenían la mercadería ideal para mitigar ambos males. Vendieron los papeles como pan caliente.


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