22 de febrero 2011 - 00:00

Diálogos en Wall Street

La importancia del G-20, ¿se diluye reunión a reunión? Los resultados del último cónclave ministerial en París fueron modestos. Y el veterano economista que se refugia tras la máscara de Gordon Gekko así lo admite. Pero su visión sobre el G-20 dista de ser sombría.

Periodista: Francia estrenó la presidencia del Grupo de los 20. Con más pompa que sustancia. Presidentes de bancos centrales y ministros de Finanzas se reunieron este fin de semana en París para acordar un sistema de alerta temprana que permita corregir los llamados «desequilibrios globales». Pero, a juzgar por el comunicado oficial, los resultados han sido más bien pobres.

Gordon Gekko: No se aguardaba mucho más. La buena noticia es que se pudo satisfacer las expectativas que eran realistas. Sin generar demasiada fricción ni resentimientos.

P.: El G-20 está muy lejos de haber desarrollado un sistema que permita revertir, y mucho menos prevenir, la formación de grandes desbalances en las cuentas externas.

G.G.: Tiene toda la razón. Pero esta es una carencia del sistema monetario internacional que se arrastra desde Bretton Woods. O, en rigor, desde antes. No se va a resolver de un plumazo.

P.: La impresión que surge es que el G-20 languidece, que sus avances son apenas retóricos, que pierde relevancia reunión tras reunión.

G.G.: Son varias críticas en una. Es cierto que el apogeo de su influencia se observó cuando la crisis también atravesaba una cresta. Más que mérito del G-20, era el fruto de la necesidad. La cooperación internacional se hace más ardua cuando las aguas se calman y los intereses nacionales divergen.

P.: No lo discuto. Pero el edificio que se observa ahora muestra cada vez más limitaciones.

G.G.: ¿Comparado con qué? ¿Con el ideal de la coordinación internacional? Sin dudas. Aunque, si lo piensa, nunca estuvo disponible. El G-20 no vino a reemplazar una utopía, sino al G-8. Y, con todas la objeciones que usted cita, debe tener mejor imagen, porque se le exige lo que no se le pedía al G-8. Lo más interesante es que el G-20 está intentando avanzar en esos desafíos que son de muy larga data. Son pasos cortos, se admite, pero bien vale el empeño. Sería importantísimo contar con un mecanismo internacional de ajuste, pero no es urgente. Si no lo tenemos desde que se abandonó el patrón oro, no vamos a rasgarnos las vestiduras porque demore unos años.

P.: Existe el riesgo de que ello perturbe la salida de la crisis o, que lisa y llanamente, provoque una recaída.

G.G.: No hay corrección automática. No está en el tablero de comando. Si la navegación no puede proceder por piloto automático, porque no existe un conjunto aceptado de reglas que sean operativas, lo que queda es recurrir a la navegación en modo manual. De ahí, lo crucial de preservar un foro como el G-20 que permita ensayar soluciones ad hoc a medida que se presenten las dificultades.

P.: ¿Cree que funcionará?

G.G.: Está funcionando.

P.: Sin garantías.

G.G.: Tampoco las tenía el patrón oro. Las reglas del oro rara vez se cumplían. No obstante, creo que la coordinación internacional, siendo deficiente en muchos aspectos, merece un aprobado. Los resultados son mucho mejores que lo que se temía. E, inclusive, que lo que cabía esperar sin ser pesimista.

P.: Será porque el azar corrió los escollos.

G.G.: No se equivoque. Los escollos están ahí. Se los supo evitar. Sin ir más lejos, recordará la reunión de Seúl, en noviembre del año pasado.

P.: Por supuesto.

G.G.: Recordará toda la bambolla de la guerra cambiaria.

P.: Claro.

G.G.: Pues bien, el G-20 ha maniobrado con cuidado y, en todo momento, ha evitado una colisión.

P.: Pero el problema subsiste. No desapareció.

G.G.: Como ve, el azar no corrió los escollos.

P.: ¿No es curioso que entre los indicadores que el

G-20 va a monitorear para examinar el problema de los desbalances globales no figuren los tipos de cambio?

G.G.: Seguro. Hay silencios, omisiones, que hablan a los gritos. No se olvide que pregonamos, además, las ventajas de los tipos flexibles.

P.: Tampoco se hurgará en las estadísticas de acumulación de reservas internacionales.

G.G.: Es la misma razón. China se opone. Tim Geithner, el secretario del Tesoro de los EE.UU., puede vociferar públicamente contra la manipulación del yuan renminbí, pero el G-20 tiene que optar por una solución de consenso que, idealmente, no sea inocua y, a la par, no hiera los intereses que defiende China.

P.: ¿Es posible?

G.G.: No es una tarea fácil. Pero tampoco es la cuadratura del círculo, no es un imposible. Después de todo, como caso extremo, el patrón oro era un mundo de paridades fijas (funcionaba con la flexibilidad de precios y salarios). Como sea, no es realista soñar con progresos electrizantes. Fíjese que Brasil también se opone. Coincide con China en atacar el tenor relajado de la política monetaria de la Fed.

P.: Se escucharon muchas más críticas del QE2 en Seúl que ahora en París.

G.G.: Sí, pero Bernanke debió insistir en su defensa. Debió enfatizar que los países emergentes tienen herramientas para paliar los inconvenientes que pudiera generar el QE2. Volviendo a Brasil. Como tercero en discordia, también es una víctima de la rigidez del yuan chino. El juego de alianzas es muy complejo.

P.: ¿Cree que se llegará a buen puerto?

G.G.: Pienso que es posible si se admite que lo óptimo es enemigo de lo bueno. Y si se logra que el tiempo juegue a favor. Los déficits de cuenta corriente de EE.UU. y de China ya se han recortado a la mitad. Y hay una reconversión en marcha en el sector real de ambas economías que permite un moderado optimismo. De hecho, el sector privado en los EE.UU. ya hizo un ajuste formidable. Y es superavitario. Pero hay que darle tiempo al sector público para que retire con cuidado sus compromisos de apoyo.

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