8 de agosto 2011 - 00:00

Diálogos en Wall Street

Wall Street debe arrancar hoy con malos presagios y la incertidumbre al máximo. Las opiniones de un experto de los mercados internacionales -bajo el alias de Gordon Gekko- arrojan indicios sobre lo que puede acontecer después de las vicisitudes a ambos lados del Atlántico...

Periodista: No me diga que no fue un viaje aterrador. No me refiero al suyo -de paso, cómo nos costó ubicarlo- sino a Wall Street.

Gordon Gekko:
Nos toca uno de estos sacudones por año. Forma parte del abono. Parecía que habíamos zafado esta vez, pero no fue así.

P.: De la grave preocupación por el techo de la deuda pública y el límite del 2 de agosto pasamos, sin intervalo, a un nerviosismo mucho peor. Urge saber cuál es el piso de los mercados.

G.G.:
Teníamos una respuesta tentativa a mano. Hasta que talló S&P.

P.: ¿Cuán grave puede ser el impacto de la rebaja de la calificación de deuda pública de los EE.UU.?

G.G.:
La respuesta admite un espectro de escenarios posibles muy amplio. Desde que no pase nada.

P.: Eso luce demasiado optimista.

G.G.:
Toda la rutina que se montó por el asunto de la fecha límite del 2 de agosto fue un simulacro de una situación mucho peor, un virtual impago, y, si bien resultó muy negativo, pudo ser superado.

P.: El mercado de la deuda pública lo atravesó muy bien. Pero la debilidad que se observa hoy en los mercados de activos de riesgo -en especial, las acciones- se agrietó malamente en la transición.

G.G.:
De acuerdo. La pregunta es si cabe facturar dos veces por la misma experiencia.

P.: ¿Quizás ya esté metido en los precios? Lo dudo.

G.G.:
Yo también lo dudo. Pero no lo descartaría. En definitiva, la respuesta acertada va a depender del nivel de pánico que exista. En los hechos, el default del Tesoro de los EE.UU. nunca estuvo verdaderamente en entredicho. Y la posibilidad de un recorte de la calificación, sí.

P.: En el caso de la crisis europea, un efecto que se repite, es el de lo «llovido sobre mojado». Le pasó a Irlanda y a Portugal sufrir cada vez que una agencia modificó su calificación aunque los precios de su deuda ya habían incorporado un derrotero de averías mucho más pronunciado que el que sugerían los ratings.

G.G.:
Cuando le tocó a la deuda japonesa, después de Fukushima, no hubo ningún coletazo significativo. En la medida que la deuda no pierda su carácter de activo seguro, de refugio, lo que sí ocurrió en el Mediterráneo europeo, no está claro a priori que el daño deba ser mayúsculo.

P.: Veremos. La incertidumbre ya es inmensa. Y se arrastra sin respiro desde que Alemania planteó sus objeciones sobre la refinanciación de Grecia.

G.G.:
La corrosión es grande. Se soportó bien hasta hace un par de semanas.

P.: Pero el cuerpo no aguantó. Y la temida corrección de la Bolsa ocurrió igual.

G.G.:
El año pasado fue en mayo. Ahora se resistió hasta el filo de julio. Y aun resulta más suave.

P.: ¿Tocará repetir el «flash crash»? El hundimiento súbito del Dow por casi mil puntos.

G.G.:
No es necesario. Y no será un crac sorpresivo: al menos, estamos sobre aviso. De hecho la política económica está girando velozmente sobre una baldosa.

P.: Se refiere a la política monetaria.

G.G.:
El Banco Central Europeo ya reactivó su programa de compra de bonos soberanos, algo que no quería hacer porque a su juicio (correctamente) se trataba de suplantar la política fiscal. Así que también se está acomodando -indirectamente- la política «seudo fiscal».

P.: Señal de que el susto es grande. Se habla de que no le hará asco a las compras de bonos de España e Italia.

G.G.:
Lo que no se quiso hacer en noviembre pasado en línea con el QE2 de la Fed (cuando todavía Irlanda y Portugal tenían acceso a los mercados de capitales). Es un cambio fundamental.

P.: Lamentablemente llega tarde.

G.G.:
No tiene sentido llorar sobre la leche derramada. Ya está. Lo que no quita que esté bien que Europa reaccione y trate de evitar que se derrame más.

P.: La confianza está lesionada. No será lo mismo.

G.G.:
No se pueden atrasar las agujas del reloj. Eso no tiene remedio. Pero queda claro que el problema de la hora no es la inflación sino el riesgo de una recaída en la recesión. Usted no debe permitir que avance la destrucción del valor de los activos. Y el BCE puede y debe levantar un muro cortafuegos que proteja a los bonos de Italia y España de la desconfianza por el descalce de monedas de su endeudamiento. Es la diferencia principal entre la deuda de Japón y la de los países de la eurozona. La deuda de Japón le recuerdo, es mucho mayor que la de Grecia. Y la cuenta de capitales de la eurozona, dicho sea de paso, es equilibrada. No hace falta pedirle financiación a nadie de afuera.

P.: Aunque el BCE lo logre, y habrá que verlo, el fantasma de la doble recesión entró por la ventana de los EE.UU.

G.G.:
No lo discuto. Siempre lo dijimos: el enemigo número uno es la doble recesión. Ésa es la fuerza que sopla en contra, más temible.

P.: EE.UU. echó mano al QE2. Quiere decir que la política monetaria por más que sea expansiva, por sí sola, no alcanza.

G.G.:
No es la panacea universal. No puede sustituir la decisión de gastar del sector privado que está, o muy golpeado (como las familias y los intermediarios financieros) o muy cauteloso (como las empresas). Pero puede atajar la desconfianza. Y eso sirvió el año pasado para salir del atolladero y puede servir ahora con los mismos fines.

P.: Pero en última instancia será la economía real la que defina.

G.G.:
Su estado de salud fue lo que inyectó la duda. No fue el techo de la deuda sino advertir la fatiga de la actividad real. En ese sentido, la economía crece poco, y menos que lo proyectado, pero crece. Y el mercado de trabajo, que ha sido un termómetro más fiel de lo que se pensaba, tuvo en julio un mejor semblante, sin ser muy bueno, que los meses anteriores y que lo esperado. Ahí es donde hay que empujar. O por lo menos velar para que no se resienta.

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