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Diario admirable, selección discutible

Poca veces se puede observar tan a pleno la voluntad de una persona de construirse un destino literario como en estos primeros diarios íntimos de Susan Sontag. Aquí anota a los 16 años: «quiero escribir, vivir en una atmósfera intelectual». Se va confirmando día a día como una obsesión que la lleva a tener que saberlo todo, donde «el arte es una cuestión de vida o muerte». Lentamente va surgiendo el deseo de singularizarse, de decir algo personal, de intervenir en la polÍtica.
Por más que formara parte de la extraordinaria tradición de los escritores judío americanos (donde están de Isaac Bashevis Singer y Philip Roth a Paul Auster, entre otros) sus grandes modelos (como se observa en sus constantes listas de «libros para leer» y «libros para comprar») son los escritores y filósofos europeos. Acaso por eso con el tiempo se convertirá en una «intelectual comprometida» capaz de dirigir «Esperando a Godot» en un teatro bombardeado de Sarajevo, ciudad sitiada por la guerra. Ese tipo de actitudes, acaso más que sus famosos ensayos, sus novelas y sus películas, le harán conquistar, entre otros lauros el Premio de la Paz de los libreros alemanes y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
Sontag, a partir de los 42 años, afrontó dos formas de cáncer y logró vencerlos. El tercero, a los 71 años, terminó con ella. «Murió sin dejar instrucciones sobre el destino de sus archivos», explica su hijo, el periodista y editor David Rieff, que decidió publicar una selección de los diarios que escribió su madre desde su adolescencia. «Renacida» es el primero de los tres volúmenes que se editarán. Y ya en éste se vuelve cuestionable el criterio de «selección». Tomas Eloy Martínez, amigo de la escritora, escribió que David era «un hijo indigno del talento enorme de su madre, que deja en pie los fragmentos que podrían saciar la curiosidad morbosa de los lectores (desborda en anécdotas sobre la homosexualidad de Susan) y escamotea otros que supone aburridos pero que servirían para entender como se fueron conformando sus visiones del mundo».
En este aspecto el hijo-editor refiere que «mi madre nunca fue una persona proclive a la confidencia. En particular evitaba hasta donde le era posible, sin negarla, toda referencia a su homosexualidad o todo reconocimiento de su propia ambición. Así que mi decisión sin duda viola su intimidad».
Sin embargo su elección del título no es inocente, está tomado de anotaciones que hace su madre cuando siente que vuelve a nacer al decidirse a seguir un camino intelectual propio, lejano a las cátedras, y a tener relaciones con otras mujeres. Pero, también en el aspecto sentimental, parecieran existir lagunas que hacen sospechar la censura.
A los 16 años Susan Sontag descubre su homosexualidad, y a los 17 tiene sus primeras experiencias con Harriet, unos meses después de varias aventuras con diversas muchachas escribe: «ahora quiero probar que al menos soy bisexual» (poco después agrega: «que pensamiento estúpido: al menos bisexual»). Es así como cuando esta por cumplir 18 años se casa de un día para el otro, en enero de 1951, con el sociólogo Philip Rieff (matrimonio que durará 8 años, hasta el momento en que Susan se reencuentre en París con Harriet Sohmers Zwerling).
Curiosamente el hijo-editor sostiene que no encontró ningún diario de los dos años siguientes, que corresponden justamente, entre otras cosas, a su nacimiento. Y en los anotaciones que hace Sontag en los años siguientes hay amargos cuestionamientos del matrimonio, que por momentos parecen la contracara de las terribles «Crónicas maritales» de Marcel Jouhandeau. David Rieff, que elimina las notas sobre, por caso, el pentámetro yámbico o las tareas en común de la pareja de sus padres, no deja de poner aquellas que le dedica mimosamente su madre o donde se admira de su inteligencia infantil.
En su prólogo a «Renacida» revela sus sentimientos más profundos, que explican algunas «selecciones de textos». Por caso cuando comenta que leyendo los diarios de su madre quiso muchas veces gritar «no lo hagas», «no seas tan severa», «no te vanaglories tanto» o «ten cuidado con ella, no te quiere».
David Rieff cuenta que encontró los diarios íntimos en el vestidor de su madre. Ese lugar, el vestidor, es la perfecta manifestación simbólica del núcleo de esos escritos, un recinto donde Susan Sontag se desnuda y tambien se arropa y enjoya.
M.S.


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