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DIFÍCIL QUE CAMBIE ALGO SIN CEDER PODER
Para un Gobierno que agota toda su energía en las señales y las representaciones, ese método aporta un testimonio: no hay una sola foto de los presidentes reunidos con dirigentes de la oposición, salvo aquella astracanada de Kirchner haciendo cuernitos cuando Carlos Menem juró su banca de senador.
La traiciona a la Presidente su título de abogada si cree que el problema de la representación depende de un cambio de las leyes electorales. Es un entuerto político y no jurídico que en la Argentina el sistema de opinión esté desacoplado del sistema político. No se arregla en el Congreso sino en los partidos políticos y en sus dirigentes a través de su relación con el poder. Todas las maniobras legales que han hecho los gobiernos desde 2002 -ley de internas de Duhalde, neolemas de 2003, jugueteos con listas antitraición o testimoniales- expresan el rechazo de los políticos a ceder poder y a manejar las normas para aislarse del juicio de la gente.
La responsabilidad no es sólo del Gobierno sino también de los partidos de la oposición, especialmente de aquellos que se anotan alegremente en la «nueva política». Son todos cuentapropistas que se han erigido a sí mismos como candidatos a cargos torciendo las leyes electorales, consagrando el dedazo de los caciques para nombrar postulantes a lugares sin examen de respaldo social, ni aún de capacidad para ejercer cargo.
Los Kirchner, como antes Duhalde, Mauricio Macri, Elisa Carrió, Ricardo Gil Lavedra, Alfonso Prat Gay, Pino Solanas, Carlos Heller, Gabriela Michetti, Francisco de Narváez, Carlos Reutemann y Felipe Solá, para nombrar a las estrellas de las últimas elecciones, compitieron sin someter sus proyectos a ninguna compulsa interna. Se postularon con sólo anotarse en un tribunal después de asustar a sus adversarios internos con alguna encuesta amiga, o exhibiendo un morral más grande para enfrentar los gastos de campaña.
Hay quien se pregunta ¿para cuándo la interna de los Kirchner? Pero, ¿para cuándo la interna de Macri, o la de Carrió, como antes se extrañó la interna de aquel Béliz que parecía un ángel de la nueva política? Ese cuentapropismo es la causa de la debililidad de los gobiernos que asumen sin tener apoyo popular ni quien los ayude cuando llega la mala hora. Saben qué representan, pero no a quién representan. Por eso cuando los cuestionan sacan a relucir sus convicciones, como si los hubiera votado alguien por lo que piensan. Los votaron porque estaban en listas del cuarto oscuro por métodos que no pueden justificar, así como no pueden justificar sus gastos de campaña. Se salvan de este reproche el radicalismo y el socialismo de algunos distritos -Buenos Aires, Santa Fe- que han hecho internas y han aceptado que la mejor forma de sobrellevar años de oposición es alentar las disputas internas.
Los dirigentes políticos han eludido en estos años cualquier compromiso de representación porque les fue más fácil llegar a cargos manipulando las normas; han evitado así el riesgo de perderlos. La prueba más reciente fueron las candidaturas antitraición del oficialismo en la provincia de Buenos Aires -todavía bajo examen de la Corte Suprema de Justicia-. Estas «testimoniales» fueron en realidad un gesto de rebeldía del oficialismo ante el rigor de las leyes electorales que podían hacerle perder, como al final ocurrió. Lo mismo significó la andanada de listas espejo y colectoras que fueron a las urnas en Buenos Aires colgadas de listas del oficialismo y de la oposición. O el cambio de fecha de las elecciones generales, que el Gobierno adelantó en otro ardid que probó, otra vez, que el crimen no paga.

