18 de abril 2016 - 00:00

Dilma paga el pecado de haber dilapidado su “herencia bendita”

El vicepresidente Michel Temer y el titular de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, estuvieron en el centro de las diatribas de los partidarios de Dilma Rousseff que se movilizaron en Brasilia (foto) y otras ciudades brasileñas. Ambos, del PMDB, son vistos por la militancia petista como los líderes del “golpe”.
El vicepresidente Michel Temer y el titular de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, estuvieron en el centro de las diatribas de los partidarios de Dilma Rousseff que se movilizaron en Brasilia (foto) y otras ciudades brasileñas. Ambos, del PMDB, son vistos por la militancia petista como los líderes del “golpe”.
 Brasilia - Más de cuatro décadas después de haber integrado la guerrilla que luchó contra la dictadura militar brasileña (1964-1985), la presidenta Dilma Rousseff libra una batalla muy diferente a la que le valió años de cárcel y cruentas torturas: mantenerse en el poder pese al ocaso de su Gobierno.

El proceso contra la política del Partido de los Trabajadores (PT), que el 1 de enero de 2011 la convirtió en la primera mujer presidente de Brasil, avanza de manera casi indefectible hacia un final poco honroso: la destitución.

Es más difícil aventurar un resultado en el Senado, pero se presume que sólo un milagro podrá evitar la caída de la política de 68 años.

Aun si se salvara, en tanto, Rousseff se convertiría en lo que en Brasil se dio en llamar una "reina de Inglaterra": una figura decorativa al frente del país que no ejerce Gobierno ni poder.

De carácter irascible y fama de mandona, durante su gestión borró con el codo lo que supo escribir con la mano.

Nacida en Minas Gerais el 14 de diciembre de 1947, arrancó su primer Gobierno con una "herencia bendita" que le dejó su antecesor, Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010): índices inéditos de respaldo popular, una economía pujante y una caída histórica de la legendaria desigualdad social brasileña.

Con el mote de "gerentona" que le imprimió su mentor político, Rousseff se plantó firme sobre el también heredado gabinete, y de un plumazo despidió a siete ministros denunciados por corrupción ya en los primeros meses de gestión.

La "limpieza ética de gabinete" le sumó la calidad de honesta a la de "ejecutiva eficiente" con la que sedujo a Lula cuando fue su ministra de Minas y Energía primero y su "primera ministra" después. No obstante, antes de acabar su primer mandato (2011-2015), ambas virtudes dejaron de ser irrefutables.

La gerenta infalible avaló una política económica que hundió al país en la peor recesión de los últimos 25 años. La política honesta convivió durante los siete años en que presidió el Consejo de Administración de Petrobras con la mayor trama de corrupción de la historia del país, que operó bajo sus narices en el seno de la empresa pública símbolo de Brasil.

Al mismo tiempo, su desdén por el diálogo, su impaciencia para negociar y una soberbia proverbial, sumado todo esto a los intereses espurios que contaminan el sistema político del país, conspiraron para que su otrora sólida base de apoyo en el Congreso que también heredó de Lula se esfumara paulatina y sistemáticamente.

Meses antes de que su principal aliado, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) de su vice, Michel Temer, anunciara el "divorcio" con su Gobierno, el presidente de la Cámara baja, Eduardo Cunha, también del PMDB, le había declarado la guerra y dio luz verde en diciembre al proceso que hoy la mantiene con la soga al cuello.

Ya la reelección de octubre de 2014, que venció por estrecho margen, dio muestras de que no sería fácil el segundo mandato de la exrevolucionaria. Meses después de asumir, el pueblo le dio la espalda. A fines de 2015, el de Rousseff alcanzó el peor índice de aprobación de un gobierno desde el regreso de la democracia: cerca del 9%.

De la misma forma se evaporó el apoyo en el Congreso. Al arrancar su segundo Gobierno, el bloque oficialista sumaba 304 diputados sobre un total de 513 legisladores.

Los números revelan el aislamiento al que está confinada la mujer que conoce de "jaulas", como ella misma se refirió una vez a la cárcel en la que estuvo recluida durante tres años, tras ser torturada salvajemente durante 45 días.

Curtida de batallas, incluyendo la que libró con éxito contra un cáncer linfático que en 2009 puso su vida en peligro, la mujer que se autodefine como fuerte, hija de una maestra brasileña y un inmigrante búlgaro, luchará hasta el final, aun cuando su único triunfo sea el no haber desistido.

"Jamás renunciaré, ha reiterado la mujer que, mientras es masacrada públicamente con ofensas innombrables, asegura que duerme bien y se la ve andando en bicicleta por Brasilia cada mañana para vencer la lucha contra la balanza, a la que venció perdiendo 15 kilos.

La no renuncia y su aviso de que resistirá "hasta el último momento" para defender su mandato son sus nuevos gritos de guerra. Pero el ocaso de su Gobierno ya se perfila como irreversible.

Agencia DPA

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