"En la mayoría de los colegios piden un examen de admisión; según el prestigio del colegio, piden más requisitos", explica Morales, cuya hija, Evaní, pasó una prueba de la escuela subvencionada Acrópolis de Santiago hace dos años.
Los exámenes, que su hija realizó cuando tenía 6 años, fueron de Castellano, Lenguaje y Matemática. Para poder pasar al nivel siguiente del proceso de selección, tienen que aprobar entre un 60% y un 70% de la prueba.
"Los niños se sienten presionados. En uno de ellos, Evaní no pudo dar la prueba, se puso muy nerviosa y no quiso entrar, quería que la acompañáramos", explica.
Le sigue una entrevista con un psicopedagogo, que hace el informe de personalidad. Además, hay que llenar fichas sobre la situación familiar de los padres.
"En algunos colegios piden el sueldo, con quién viven los niños, quiénes trabajan, cuáles son los salarios aproximados, piden los RUT (identificación fiscal) y nombres de las empresas" donde trabajan, explica Morales, de 31 años.
Las escuelas subvencionadas reciben un 52% de los alumnos chilenos, y se financian con aportes del Estado y copago de las familias. El proyecto de ley lanzado ayer por el Gobierno de Michelle Bachelet pretende poner fin a la selección y al copago de las familias.
A Caty también le preguntaron "si la casa es de alquiler o propia, cuántos baños, cuántos dormitorios tiene...", agrega.
"Si los papás ganan el sueldo mínimo (380 dólares), por los general los niños no quedan. Cada persona que trabaja en casa tiene que ganar unos 400.000 pesos (725 dólares) para que los niños sean aceptados y ellos garantizarse el cobro", explica la madre.
Caty Morales trabaja haciendo ventas por teléfono. El año pasado perdió su empleo y se vio obligada a retirar a la niña del colegio. En esos casos, la última opción es la educación pública, donde estudia ahora Evaní.
"La educación no ha sido mala, pero el ambiente es complicado, no hay ningún tipo de filtro, hay muchos niños en riesgo social, repitentes, con problemas", explica Caty.
"A ella le he dicho que tenga un buen empeño para que pueda presentarse el año que viene en otro colegio (subvencionado) y dar una buena prueba", concluye.
En los colegios privados, que reciben un 10% del alumnado chileno, las exigencias se multiplican aún más: cartas de recomendación, hábitos de sueño y alimentarios del niño, parroquias que frecuentan, etcétera.
"Era completamente ignorante de lo que significaba el proceso y la exigencia a la que realmente están sometidos los niños", explica Claudia Pino, cuyo hijo de 3 años pasó por dos pruebas. "No te explican cómo los evalúan, pero te entregan el resultado si lo pides. Había una sola prueba que no le fue bien a mi hijo, la de madurez, que la evaluaban con el dibujo de la figura humana". "Si yo hubiera sabido cómo eran las pruebas, quizá lo habría preparado", reconoce, con frustración.
En muchos casos puede ocurrir lo más temido: ser rechazado por varios colegios y perder el plazo para hacer la solicitud en otros, como le sucedió a Pino.
| Agencia AFP |

