11 de enero 2011 - 00:00

Ditsch: de la reproducción a la invención de la Naturaleza

Helmut Ditsch expone en Mar del Plata su muestra «El triunfo de la pintura», conformada por nueve gigantescos lienzos con su hiperrealista visión de paisajes autóctonos.
Helmut Ditsch expone en Mar del Plata su muestra «El triunfo de la pintura», conformada por nueve gigantescos lienzos con su hiperrealista visión de paisajes autóctonos.
Helmut Ditsch, artista conocido por sus gigantescos lienzos inspirados en paisajes naturales, inauguró en la Plaza del Agua en Mar del Plata, una muestra titulada «El triunfo de la Pintura». La exposición, que reúne un total de 9 obras gigantescas, forma parte de una gira federal que el artista emprendió en Noviembre pasado, cuando visitó las ciudades de Santa Fe, Paraná y Rosario, con el objeto de recorrer junto a su obra toda la Argentina.

Helmut asegura que su muestra tiene que ver con la historia del arte de vanguardia. También asegura que «el artista es siempre un transgresor que no se deja influenciar por modas, crea modas, genera movimientos que tienen que ver con la voz popular».

Nacido en Buenos Aires en 1962, vivió sus primeros años en la infinita llanura pampena, y a los ocho años conoció las altas cumbres de los Andes. Estas experiencias fuertes y extremas con la Naturaleza marcan una constante en su vida y su pintura. Ditsch realiza, además, numeras expediciones como andinista, ya que es un fanático de los deportes.

A fines de la década del 70, Ditsch comenzó a pintar y en 1983, presentó su primera muestra individual de paisajes. En 1988 viajó a Austria donde estudió pintura en la Academia de Bellas Artes de Viena, hasta 1993. Al año siguiente instaló su taller en un antiguo hogar para niños, en los bosques de Viena. Simultáneamente, su otra pasión lo llevó a encontrarse con el legendario alpinista Reinhold Messner en Merano (Italia). En ocasión de su regreso a la Argentina durante 1995, llevó a cabo un recorrido a través de los Hielos Continentales Patagónicos. En 1998, Ditsch inaugura con un excepcional libro catálogo del Museo, una muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes. Inició sus proyectos para la obra Das Gebirge (La Cordillera), para la cual debió permanecer varias semanas aislado en los Alpes austríacos.

En el Realismo, la naturaleza se involucraba como el entorno común. En Francia, el movimiento fue iniciado por Théodore Rousseau y Jean-François Millet, quienes a fines de 1840, se instalaron en el pueblito de Barbizon, junto a los bosques de Fontainebleau, al Sudeste de París. Una decena más de pintores se radicó allí más tarde; los críticos hablan, por ello, de la Escuela de Barbizon, y solían visitar este sitio (una especie de San Isidro porteño). Entre otros, estaban Jean-Baptiste-Camille Corot y Gustave Courbet, dos maestros del Realismo, como Honoré Daumier. Pero en esta recuperación de la Naturaleza ha de verse, además, el doble rechazo a la ciudad moderna del poderío económico y la injusticia social, y al centro del academicismo y la regresión artísticos.

Poco antes, en la primavera de 1874, se habían presentado en París los pintores a quienes un comentarista de arte bautizó entonces, y para siempre: Impresionistas. Fueron ellos los que echaron las bases del Modernismo, entre cuyos fundadores ha de contarse el atormentado genio de Vincent van Gogh. La Escuela de Barbizon desapareció con la muerte de Rousseau en ese pueblito del Sena, en 1867.

Herederos del Realismo forjaron su herencia particular, que otros creadores tomaron después para generar la suya propia. Los impresionistas se formaron bajo el Segundo Imperio (1852-1870) y salieron a escena con la Tercera República, fundada a comienzos de 1871. Habían nacido entre 1830 y 1841. Se encontraron, hacia 1859-63 en París: Camille Pissarro (1830-1903), Alfred Sisley (1839-1899), Paul Cézanne (1839-1906), Claude Monet (1840-1926), Pierre Auguste Renoir (1841-1919).

Si en las obras realistas, la Naturaleza dominaba al hombre, en las telas impresionistas era el hombre quien dominaba a la Naturaleza. Una nueva Naturaleza, suburbana, moderna, con estaciones ferroviarias, puentes de hierro, barcos de vapor, fábricas, turismo, regatas. Pero fue allí donde estos artistas buscaron a la antigua Naturaleza y la recrearon, la inventaron, a través de la fugacidad pictórica -hecha de pinceladas fragmentarias y colores yuxtapuestos- con la que tradujeron su eternidad física, resumida en la cambiante sensación de la luz y en las sutiles vibraciones de la atmósfera.

Llegaron así a la primera exposición, de 1874. Manet, que fue influido por sus adeptos, no participó en esta muestra ni en las sucesivas, actitud imitada por Ignace-Henri Fantin-Latour (1836-1904), amigo y contertulio de los Impresionistas. En cambio, se unieron Edgar Degas (1834-1917), Berthe Morisot (1841-1895) y otros. Pero la Revolución Impresionista, despiadadamente combatida por la prensa, la Academia y el arte oficial, modificó para siempre la historia de las creaciones estéticas. Con todos estos artistas se hace realidad el arte moderno.

Nos hemos referido a la postura de los impresionistas porque Helmut Ditsch se separa de esa retórica, y plantea cómo la ilusión del espectador supera a la Naturaleza que él interpreta. Toda idea de realidad es relativa a la época en que se formula. Ya a comienzos del siglo XX, las teorías de la relatividad de Einstein señalaron la imposibilidad de postular un observador objetivo.

A lo largo del siglo, el arte ha eliminado el punto de vista fijo del receptor y la intención de «reproducir» la realidad. Además, se propone que el espectador tome conciencia de las condiciones de su recepción.

También, Gerhard Richter logra en sus fotografías pintadas, la concreción de la ilusión total y el efecto de una presencia real en el espacio. En esta línea, creemos que hoy, en la pintura de Helmut Distch la ilusión de la realidad y la realidad de la ilusión siguen siendo temas fundamentales.

En esta perspectiva, uno de los criterios de valoración de la obra parece ser la capacidad que ella tenga de poner en tela de juicio su propia condición, ya en un nivel directo o de manera indirecta; por ejemplo, como ironización de los géneros o estilos. Pero Ditsch inventa, además, un verdadero Paisaje Cultural. Sus obras de grandes formatos presentan desiertos, glaciares y montañas, que remiten a la belleza de lo inconmensurable.

El verbo inventar procede (en inglés, francés, español, italiano y portugués) del latín invenire: inventar, descubrir. He ahí su primera acepción en los idiomas mencionados: encontrar, descubrir una cosa ignorada; al extenderse el sentido, aparece la segunda acepción: hacer, producir una cosa inexistente. Ambos significados, el de hallar y el de crear, remiten a un solo sujeto: el hombre. Es él quien halla el objeto ignorado (un bosque, un glaciar, una montaña), y es él quien crea la cosa inexistente (un poema, una pintura).

En cuanto al hallazgo, inventar remite tanto a la Naturaleza como a la Cultura, aunque suele predominar la Naturaleza. En materia de creación, se ofrece la misma doble circunstancia, pero con preeminencia de la Cultura.

Para finalizar, Ditch es un creador hiperrealista donde de manera sublime nos transmite un mensaje del entorno, de la naturaleza. Se reconoce a sí mismo como un artista popular, de por sí autóctono ya que, lleva nuestros paisajes y nuestras tierras como embajador cultural por todo el mundo.

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