Su vocación por absorber la cultura popular y la alta en iguales proporciones y su interés por elevar cordialmente los gustos del público distinguieron al cineasta fallecido el miércoles.
Era alto, y se inclinaba para escuchar a los de abajo. De voz calma, y a veces irónica, pero nunca burlona ni murmuradora. El público amó sus obras, y también su persona. Él amó y respetó a los espectadores, y a los artistas, incluso a los extras.
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De esto último hay constancia pública. Allá por los 80, cuando estaba en su apogeo, Alejandro Doria fue a una función de cine-debate en la Facultad de Medicina. De pronto, entre la multitud de manos que se alzaban para hacer preguntas, dos viejitas. No querían preguntar nada, sólo querían agradecerle, porque el último día de rodaje no pudieron hacerlo, el buen trato que él les dispensó durante la filmación de «Esperando la carroza».
Esa película estaba llena de conocidas figuras, pero él atendió también a las que no lo eran (una distracción que habitualmente se deja para los ayudantes). Un hecho así, lo pinta por entero.
Ni que hablar, de las que tuvieron con él una oportunidad de pasar a la historia: «¿Dónde está mi amiga?», «¡Con las condiciones que tenía para el francés!», «Sergio, ¿quién no conoce algún Sergio?»,
¿Quién no conoce a Alejandro Doria? Su vocación por absorber la cultura popular y la elevada en iguales proporciones, su habilidad para volcar luego una combinación de ambas, su interés por elevar cordialmente los gustos del público, también son conocidos, y hoy se recuerdan con mayor aprecio.
El asunto es, ¿quién conoce a alguien que pueda reemplazarlo?
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