Echarri: explorar la fe a través de un ícono popular

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«Con esta muestra consagrada al Gauchito Gil me propuse examinar un fenómeno que no deja de sorprenderme. La fuerza de la fe en un mundo que se ha materializado y cuyas instituciones religiosas están en crisis» dice a este diario el artista plástico Hugo Echarri, quien está exhibiendo en el Centro Cultural Borges «Plegarias para el Gauchito Gil», curada por Massimo Scaringella, y que se extenderá hasta el próximo 10. Dato singular: Echarri también es juez, e integra la Cámara en lo Contencioso Administrativo de la provincia de Buenos Aires. Dialogamos con él:

Periodista: ¿Desde cuándo le atrajo la figura del Gauchito?

Hugo Echarri: Hace mucho, casi desde la primera vez que vi en Mercedes, Corrientes, de donde es originario, uno de los pequeños templos que le levanta la gente al costado de los caminos. Debe haber sido hacia 1982, cuando su culto no había salido aún de los límites de esa provincia. Me cautivó de inmediato todo lo que representaba ese personaje, su lugar de santo pagano y popular, la forma en que la gente que rechaza el catolicismo encuentra en la figura del Gauchito Gil una forma de democratizar el culto. La misma Iglesia, por entonces, no admitía hablar de él. Hoy su posición ha cambiado. Y hablando de democratizar, una de las cosas más insólitas que he visto en el curso de esta exposición es que se han acercado personas de clase alta, o acomodada, que me dijeron que también son devotas del Gauchito. Por lo cual creo que su caso representa un auténtico fenómeno policlasista.

P.: Es interesante que nadie haya tomado la «representación pastoral» del Gauchito, lo cual torna su caso más genuino. Dicho de otra forma, supongo que nadie le consagraría una exposición a un pastor evangelista, salvo desde una mirada irreverente. No es el caso de su exposición, ¿verdad?

H. E.: De ninguna forma. Le aclaro que yo soy un hombre de fe, un católico crítico. La muestra es una exploración por todos los aspectos que constituyen el culto, de allí que integre diferentes soportes, incluyendo un altar como los que tiene en tantos lugares del país.

P.: Hoy tiene más seguidores que la Madre María o Ceferino Namuncurá.

H.E.: Son casos distintos, porque los que menciona no tienen categoría mítica, han sido contemporáneos, hay quienes los han visto vivos. En cambio, la distancia en el tiempo (Antonio Mamerto Gil Núñez, su verdadero nombre, había nacido en 1840) le da esa categoría, lo vuelve un fenómeno sociológico, y particularmente entre la población presidiaria, ya que la leyenda lo recuerda como una especie de bandido, de Robin Hood, que se volvió milagroso en el último momento de su vida, poco antes de ser degollado.

P.: ¿Con qué materiales ha trabajado?

H.E.: Fundamentalmente con madera, tela y papel, además de arcilla para las cabezas. Casi todas mis figuras tienen ojos de Mandala, logrados digitalmente. Yo trabajo mucho de esa forma, mis bocetos son casi 90% elaborados en la computadora y luego volcados a la obra.

P.: ¿Y en cuánto a los diferentes puntos de vista con los que abordó el personaje?

H.E.: A mí me interesa mucho la música, el lenguaje de la música. De esa forma, lo que intenté en esta muestra es aplicar el criterio de Tema y varaciones. Eso se logra a través de los distintos soportes, es decir, mantener un tema básico e ir buscándole variaciones a través de las pinturas, de las instalaciones, del altar. Aclaro que estos trabajos, que empecé a realizar hace más o menos cuatro años, son alrededor de 30, pero en el Borges, por razones de espacio, sólo se están exponiendo 12.

P.: ¿El fenómeno del Gauchito Gil es privativo de la Argentina?

H.E.: No, de ninguna forma. Esa es otro aspecto interesante. En casi toda América Latina existen diferentes Guachitos Gil, casi todos los países los tienes, lo que refuerza la idea de la necesidad que tiene la gente, en especial los más humildes, de encontrar más allá de las formas institucionales un objeto de fe a quien dedicarle sus plegarias sin intermediarios.

Entrevista de M.Z.

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