20 de julio 2009 - 00:00

Edith Piaf se reencarna en una Elena Roger en estado de gracia

Rodeada de un elenco correcto, en el que se destaca Julia Calvo, Elena Roger brinda en «Piaf» una interpretación que eleva todos los estándares conocidos localmente en el rubro teatro musical.
Rodeada de un elenco correcto, en el que se destaca Julia Calvo, Elena Roger brinda en «Piaf» una interpretación que eleva todos los estándares conocidos localmente en el rubro teatro musical.
«Piaf» de P. Gems. Dir.: J. LLoyd. Int.: E. Roger y elenco. Esc. y Vest.: S. Gilmour. Dis. Luces: N. Austin. (Teatro Liceo).

El permanente tránsito entre lo sórdido y lo sublime, la necesidad de beberse el mundo en un solo trago y de inmolarse en un escenario con la misma devoción con que se complace a un amante, fueron rasgos distintivos de la vida de Edith Piaf. Los datos de su infancia y adolescencia superan cualquier melodrama, pero quien hizo de «Je ne regrette rien»Yo no me lamento de nada») su himno de guerra fue también una enamorada del amor (y del sexo) que no quería vivir de recuerdos. Ante cualquier infortunio siempre volvía «a empezar de cero» (como indica la misma canción).

La pieza de Pam Gems -concebida como una sucesión de instantáneas a la que el director inglés Jamie Lloyd le imprimió un ritmo de videoclip, salvo en los momentos más dramáticos- describe a vuelo de pájaro la transformación de esta desvergonzada jovencita -nacida bajo una farola y criada en un barrio de prostitutas- que ya convertida en una cantante de fama internacional siguió dejando el cuerpo y el alma en cada canción porque a su juicio ésa era la misión del artista. El dolor la hacía florecer en el escenario, pero fuera de éste no consiguió doblegarlo con ninguna droga.

Pese a su marcada tendencia a la autodestrucción, la vida de Piaf tiene mucho de novela picaresca (desde «El lazarillo de Tormes» hasta los avispados chicos de la calle de «Slumdog Millionaire» el género sigue gozando de buena salud) y, además, está embellecida por un cancionero cuyas letras tienen igual peso que el texto dramático (lástima que no se haya incluido algún subtitulado en español).

Se podrá objetar el trazo grueso de las primeras escenas, con su lenguaje brutal expresado en un tono excesivamente «canyengue» pero quizás necesario para poder reflejar el ambiente lumpen del que surgió esta artista malhablada y afecta al humor pornográfico.

«Piaf» es un espectáculo de incuestionable calidad en todos sus rubros y cuenta con un buen elenco secundario en el que se destaca Julia Calvo (la «impresentable» amiga de juventud). Pero lo que convierte a esta obra en una experiencia intensa, verosímil y cada vez más emotiva a medida que se acerca al final, es la extraordinaria performance de Elena Roger. Además de cantar con la misma fuerza y sensibilidad que Piaf (respeta su estilo pero lo recrea a su modo) también sorprende al público con su amplio registro actoral. Roger fue premiada en Londres por este trabajo; en nuestro país va a ser difícil que alguien pueda emularla, ya que su interpretación de Piaf eleva todos los estándares conocidos en el rubro teatro musical.

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