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EE.UU., rezagado por su pasividad en la lucha contra bonus
Gordon Brown, Christine Lagarde
Eso deja a Estados Unidos rezagado dentro de los países del G-20, que individual y colectivamente vienen pidiendo desde abril pasado que se impongan más estrictos controles sobre los pagos en el sector financiero. Estados Unidos no sólo renunció al liderazgo en este asunto; ahora ya se quedó atrás con respecto a sus socios europeos, quienes muestran abiertamente su preocupación porque hay todavía demasiado riesgo enclavado en los excesos en las retribuciones de Wall Street. Los estadounidenses pueden haber olvidado que la peor crisis económica desde la Segunda Guerra Mundial fue «Made in USA», pero el resto del mundo no.
Con un desempleo por arriba del 10% y la disparidad de ingresos llegando a niveles sin precedentes, tal vez los banqueros de Wall Street no deberían esperar a que el Gobierno frene su paga. Deberían hacerlo ellos mismos. El primer ministro del Reino Unido, Gordon Brown, tiene una buena idea. Aunque impopular en las encuestas de opinión, impulsó nuevas disposiciones con relación a los bonus, como la leyes para motivar a los bancos a publicar los detalles de sus pagos a los más altos ejecutivos. Brown dijo al Parlamento que los banqueros deben comprender que «un retorno a sus viejos modos es inaceptable».
Claramente, Goldman Sachs todavía no lo entendió. El máximo responsable, Lloyd Blankfein, sí tomó nota de la mala publicidad que obtuvo al alegar que hace «el trabajo de Dios». Pero insuflar u$s 500 millones en las pequeñas empresas no puede compensar los u$s 16.700 millones apartados este año para bonificaciones de los empleados, lo suficiente como para pagarle a cada uno u$s 527.192 por nueve meses de trabajo. Criticar a Goldman es tan fácil estos días que resulta casi banal. El asunto va más allá de una firma de Wall Street, y hasta de la propia Wall Street, donde, dicho sea de paso, se espera este año una cifra récord de u$s 29.700 millones en bonus, un 60% más que el año pasado e incluso por encima de las que se pagaron en 2007.
Estos números hicieron enloquecer a los franceses. La ministra de Economía, Christine Lagarde, se quejó públicamente del riesgo asociado con las «enormes remuneraciones del otro lado del Atlántico». Baudouin Prot, máximo responsable de BNP Paribas, el mayor banco francés, insiste, no muy secretamente, en que «un campo de juego parejo en este asunto es absolutamente vital». No es que Estados Unidos no haya hecho nada. Kenneth Feinberg, el jefe de Remuneraciones Especiales del Tesoro de Estados Unidos, ha tomado medidas para limitar los más altos sueldos en un promedio del 50% en las siete firmas que obtuvieron rescates estatales a través del programa TARP de alivio a empresas con activos en problemas. Pero no puede hacer nada más por ahora. Feinberg, casi tristemente, señaló que esperaba que sus dictámenes sobre remuneraciones en los bancos del TARP fueran «voluntariamente adoptados por las firmas de Wall Street y otras compañías», y añadió que sería «maravilloso» que lo hicieran. Hasta ahora no lo han hecho. Ni siquiera los propios bancos rescatados por el TARP acusaron reciEn Citigroup, que obtuvo un paquete de salvataje de u$s 45.000 millones y donde 21 altos ejecutivos vieron sus salarios reducirse a la mitad, varios gerentes por debajo de ese nivel fueron generosamente recompensados este año, en algunos casos con aumentos de más del 100%.
El eufemismo para esto es «pagarles a los empleados competitivamente». El temor en Estados Unidos, el Reino Unido y Francia es que los mayores talentos se vayan a otros bancos u otras costas si no se les paga lo suficiente. Dejando de lado el asunto de cuándo es suficiente, parece justo preguntar a dónde irá toda esa gente, y qué nos importa. «¿Habrá un éxodo masivo por la restricción de las remuneraciones?», pregunta Nancy Atkinson, analista primera en Aite Group, firma de investigaciones de Boston. «No lo creo. Cuando uno llega a la cima de la escala remunerativa, hay cada vez menos empleos allí», responde.
Feinberg dice que su principal tarea es asegurarse de que las firmas beneficiadas por el TARP prosperen de manera que puedan devolverle el dinero al Gobierno. «Si yo viera algún éxodo masivo, cosa que no anticipo, eso me exigiría repensar algunos de los supuestos básicos que entraron en mis determinaciones», afirmó. Los banqueros no dejan sus empleos si se les paga menos. O tal vez lo hagan y entonces, al fin, descubriremos si realmente valían todo ese dinero.
Agencia Bloomberg


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