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Efecto Moyano: intendentes temen que les llegue el turno
Hugo Moyano, Cristina de Kirchner, Hugo Curto
El estallido de Hugo Moyano en Huracán, con sus críticas puntuales y directas a Cristina de Kirchner, fue leído por los caciques del PJ como un episodio de múltiples ribetes. Hay dos visibles: les sirve desde la óptica que puede dañar a un rival como el camionero pero, en paralelo, los asusta por el poder de fuego que el jefe de la CGT podría descargar sobre ellos.
El tercero es epidérmico, velado, y se expresa como interrogante: Si Cristina rompe con Moyano, que fue un socio fundacional del modelo K, ¿por qué no rompería más adelante con nosotros? El argumento no es nuevo ni son, los intendentes, los primeros en invocarlo. En rigor, a principios de este año, lo transitó el camionero.
La hipótesis es lineal. En los últimos años, Néstor Kirchner se fue desprendiendo -siempre de manera traumática- de aliados estratégicos. La categorización no es ociosa: la usó, horas atrás, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, para definir los términos de la relación del Gobierno y la CGT.
Ocurrió con Eduardo Duhalde y el PJ bonaerense en 2005. El caudillo otoñal de Lomas de Zamora y el núcleo duro del conurbano aportaron el dispositivo electoral que le permitió al patagónico entrar en la segunda vuelta. Pero dos años después, Kirchner desató una batalla que primero diezmó el malón duhaldista y luego lo derrotó.
Tiempo después hizo lo mismo con el Grupo Clarín, otro socio clave -e incómodo, demandante- en sus primeros años de Gobierno. La escala siguiente, en el ranking, parecía estar predestinada para Moyano, crisis que precipitó la muerte de Kirchner, gestor y garante del vínculo político-empresarial con el camionero.
La alerta, ante tantos indicios, es lógica: los intendentes, un bloque que no tiene unicidad pero que suele lograr cierto nivel de acuerdo, entienden que a futuro a ellos podría esperarles lo mismo que a Moyano. Es más: ya les ocurrió, al menos en eso de carecer de diálogo con Cristina de Kirchner, pero no reaccionaron como el camionero.
Una anécdota lo dice todo. Antes del cierre de listas para las primarias de agosto, unos quince caciques del conurbano sur, integrado entre otros por Julio Pereyra (Florencio Varela) y Juan José Mussi (Berazategui), fueron convocados por Randazzo para una reunión explicativa de las internas.
Los intendentes llegaron a la Casa Rosada con un libreto estudiado: recordar que su sección, la Tercera, era la única donde Kirchner había ganado en 2009, dato que demostraba su lealtad por lo cual -según el manual del alumno peronista- debía ser premiado en las boletas K.
A esa hora, la Presidente recibía en su despacho a un ignoto candidato de Necochea, Horacio Telechea, un radical K arrimado por el funcionario sin cargo Roberto Porcaro. Cristina de Kirchner le dedicó más tiempo a ese concejal -ahora intendente- que a los caciques del poderoso conurbano sur, a quienes luego visitó unos minutos.
Indicativo
El desplante, apenas registrado por terceros, fue indicativo de lo que vendría: no sólo la Presidente no habla con los alcaldes sino que la eficacia de José López, su principal enlace, se ha resentido (admiten en los municipios) astillado por el affaire Schoklender.
El vice Amado Boudou fue, por unas semanas, la figura sobre la que los intendentes volcaron la gran esperanza de encontrar un vehículo directo con la Presidente: el funcionario empezó con los preparativos pero desde Casa Rosada le hicieron llegar la contraorden de que congele sus operaciones.
Para completar un cuadro inquietante, la convivencia entre Daniel Scioli y Gabriel Mariotto empezó con interferencias: en 15 días hubo tres tiroteos públicos entre el vice y el sciolismo. Es decir: la provincia, como escala intermedia, tampoco sirve como refugio para esperar hasta que escampe.
Si ese pulseo estalla con más ferocidad, y lo mismo ocurre con el que protagonizan la Presidente y Moyano, difícilmente los jefes comunales puedan mantenerse al margen. La historia reciente sirve, otra vez, como antecedente: en 2005, enfrentados Kirchner y Duhalde, todos tuvieron que elegir trinchera.
Algo más: en 2007, a buena parte de los rivales de 2005 que luego se kirchnerizaron tras una mediación de José María Díaz Bancalari, la Casa Rosada les autorizó colectoras en sus distritos y muchos perdieron, por caso el protocaudillo de Lanús, Manuel Quindimil, un eco del herminismo ochentista.
La última elección aportó un indicio: Osvaldo Amieiro, de San Fernando, formó parte del pelotón que se alió con Kirchner, vía Felipe Solá, para combatir a Duhalde. Sin embargo, en octubre le floreció una colectora K y lo derrotó. El caso Amieiro es el espejo en el que ninguno quiere mirarse.
Por esa razón, los jefes del PJ del conurbano ensayan esquemas de unidad. Parciales y preventivos, intentan ser un antídoto pero apenas llega a placebo y como tal tiene una cuota poderosa de sugestión y otra de superstición.
Entre los intendentes, además de la histórica disputa entre la Primera -zona norte y oeste- y la Tercera -zona sur, más La Matanza- hay antiguas riñas y conflictos germinales: hace años, Hugo Curto y Raúl Othacehé -que acaban de cumplir 20 años como intendentes de Tres de Febrero y Merlo- esperan la caída del otro.
Jesús Cariglino, de Malvinas, jugó con Duhalde y ahora opera, zigzagueante, con el macrismo. Mario Ishii, de José C. Paz, intentó la conformación de un bloque nuevo. Y, en medio de ese mapa, aparece Sergio Massa, que coronó un buen 2011, más allá de su defección como candidato a gobernador y dará, tarde o temprano, batalla.
En la Tercera la situación no es distinta: además de un conflicto entre los grandes -Matanza, Lomas, Brown, Avellaneda, Quilmes, Lanús, Berazategui y Varela- y los chicos -que, sin serlo, encabeza Fernando Gray de Esteban Echeverría- se cruza la vieja malquerencia entre Baldomero «Cacho» Álvarez y Mussi, la voraz autonomía matancera y el bloque «progre» que patrocina Francisco «Barba» Gutiérrez desde Quilmes.
La zona sur tiene, como la Primera, al menos un aspirante a gobernador para 2015: Darío Giustozzi, alcalde de Almirante Brown y adiciona una tensión extra con la disputa de pago chico entre Martín Insaurralde y Mariotto en Lomas de Zamora.
Así y todo, se repite el imaginario de la unidad: hay cumbres, cenas, reuniones en las que aparece recurrente el llamado a un pacto de defensa mutua, un modelo falangista que evite que las tensiones exteriores debiliten los esquemas territoriales. Ese modelo, claro, es dual: pueden servir para alinearse a favor del Gobierno y respaldar sus batallas.
O, en caso de disputa, operar como un método hoplítico, para resistir la avanzada K cuyo formato no aciertan a adivinar como sí imaginan a sus ejecutores: los cruzados de La Cámpora.


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