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Egipto: se acelera la pulseada del islamista electo con los militares
Mohamed Mursi dialoga el domingo con un directivo de la televisión oficial, poco antes de su primera declaración como presidente electo.
El futuro mandatario, que asumirá el sábado, se reunió a puertas cerradas con el primer ministro saliente, Kamal al Ganzuri, y con el líder del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas y hombre fuerte del país, el mariscal Husein Tantavi, así como otros miembros de la cúpula castrense que gobierna desde la expulsión de Hosni Mubarak, en febrero del año pasado.
Mursi prometió durante su campaña una administración que incluiría a cristianos, mujeres y jóvenes, en un llamado a convocar a los votantes laicos y de izquierda que desencadenaron la revuelta contra Mubarak y que ahora temen que la creciente influencia de los islamistas recorte sus libertades.
Esa promesa le fue repetidamente recordada por Estados Unidos y la Unión Europea desde el domingo, no bien se confirmó su victoria con el 51,73% de los votos sobre el exmilitar y premier de Mubarak, Ahmed Shafiq. Occidente también recela de la influencia de los sectores más duros de la Hermandad Musulmana sobre el futuro Gobierno.
En este sentido, la Coalición de los Coptos, la minoría cristiana más importante de Egipto, felicitó ayer a Mursi y le pidió que trate por igual a todos los ciudadanos.
En un comunicado recogido por el diario Al Masri al Youm y reproducido por la agencia de noticias Europa Press, la formación política copta instó a Mursi a «preservar la identidad del Estado egipcio y su naturaleza laica».
Tras la caída de Mubarak se rompió en el país el precario equilibrio entre cristianos y extremistas musulmanes, lo que dio lugar a atentados y choques muchas veces trágicos.
El islamista Mursi, que intenta mostrarse moderado y despejar los temores a una islamización forzada de la sociedad, tiene el desafío de cumplir con expectativas muy elevadas en un país cansado de la violencia política. Pero su promesa de campaña de completar la revolución que derrocó a Mubarak deberá enfrentar los arraigados intereses de los generales que tutelan la transición.
Poco antes de la elección presidencial, el Parlamento recientemente elegido y liderado por los islamistas, fue disuelto por el Ejército, basado en una orden judicial, y los generales emitieron un decreto fijando límites a las atribuciones del presidente.
Estas limitaciones dan a las Fuerzas Armadas control discrecional del área de defensa y la posibilidad de tutelar el proceso de redacción de la Constitución que fijará los poderes presidenciales.
Mursi protestó contra esa injerencia del poder castrense, pero dio marcha atrás de su decisión de jurar el cargo ante el Parlamento disuelto y lo hará ante el Tribunal Constitucional, responsable de esa decisión. Con todo, fuentes de la cofradía explicaron que ello no implica un reconocimiento de la disolución del Parlamento, contra la que siguen protestando en las calles miles de sus partidarios.
«Nos dirigimos hacia una fase que podría llegar a ser la más importante de la transición» post-Mubarak, estimó Jalil al Anani, especialista de Medio Oriente en la universidad británica de Durham.
«Mursi tiene una fuerte legitimidad, que le permite reclamar más poderes para la presidencia». El Ejército «tendrá que negociar con él», añadió. Pero el Ejército y los sectores cercanos al antiguo régimen «seguramente harán todo lo posible para complicarle la presidencia. Mursi va a tener que tratar de ser hábil en sus relaciones» con ellos, afirmó Al Anani.

