1 de septiembre 2009 - 00:00

El armamentismo en la región exige más lazos de confianza

La sesión extraordinaria de la UNASUR, convocada por la presidente de Argentina, resultó oportuna y necesaria por cuanto permitió generar un ambiente de diálogo no traumático, recuperar una cierta racionalidad y limar algunas serias discrepancias ante la preocupación despertada en gran parte de la región por el acuerdo militar entre unos de sus miembros y los Estados Unidos.

Por otro lado, la cumbre también mostró claramente las dificultades y fragilidades políticas que se enfrentan y la necesidad de poner en marcha un trabajo diplomático muy intenso para evitar que se repita la tensión en este tema o en alguna otra cuestión.

La temática de la percepción de seguridad de los Estados es quizás una de las cuestiones más sensibles y complejas de encarar en el campo de las relaciones internacionales. Dicho escenario se ha agravado con las características y el alcance de la lucha de las llamadas nuevas amenazas y cuestiones conexas como el terrorismo y el crimen organizado.

Este panorama, junto al tema de las bases militares, emplazamiento de armamentos y las compras de armas afectan de manera directa esas percepciones y actúan como elementos muy sensibles en el comportamiento de los Estados.

Las intervenciones de los distintos presidentes dejaron claro una tendencia que se debe revertir de manera urgente y es la relativa a la creciente compra de armamentos por parte de la mayoría de los países de la región. El Sipri de Estocolmo informa que los gastos y las adquisiciones militares han aumentado en América del Sur en un 50% en la última década. El hecho nuevo es la introducción al escenario sudamericano de armas convencionales de última generación.

Otro factor de gravedad es el riesgo de desvió de armamentos al mercado ilícito. Salvo el caso de la Argentina, la amplia mayoría de los países de la región ha realizado compras significativas y que no parecen siempre estar relacionadas con necesidades justificadas de defensa conforme el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas.

La cumbre de Bariloche dejó de manifiesto también la voluntad de implementar mecanismos verificables de transparencia y fomento de la confianza en materia de gastos militares, ejercicios militares, compras de armamentos y sobre el alcance de los acuerdos de cooperación militar entre los Estados de UNASUR y países fuera de la región. Estas iniciativas de aumento de la confianza resultan indispensables para evitar sorpresas y situaciones no queridas, capaces de generar tensiones innecesarias. En materia de seguridad internacional hay pocas cosas más irritantes que las decisiones o los hechos inesperados.

Las conversaciones entre Colombia y Estados Unidos se habían iniciado en febrero de este año y muchos de sus efectos se pudieran haber evitado a través de diálogos bilaterales e intercambios de información previos. El viaje del presidente de Colombia por la región, tratando de explicar los objetivos que perseguía el acuerdo con Estados Unidos, fue tardío y sobre la base de hechos consumados. Ese comportamiento no fortalece la confianza. La misma explicación dada por Washington a través de un enviado especial bien pudo haber tenido lugar antes que la crisis se desatara. Ni Colombia ni Estados Unidos podían ignorar la convulsión que la decisión generaría. Fue una pena que Estados Unidos no anunciara, con la debida anticipación, lo que su enviado señaló en Buenos Aires después de la entrevista con el canciller argentino en el sentido de que «no tenemos, no queremos ni consideramos planes de construir bases en Colombia».

Bariloche, también, deja en evidencia que la problemática de seguridad de América del Sur requiere de un diálogo más fluido entre el Consejo de Defensa de UNASUR y los Estados Unidos.

Otro aspecto que queda como enseñanza de la tensión regional es que, en la medida en que los países no contribuyan, de alguna manera más comprometida, en la problemática colombiana, será inevitable que Colombia recurra a la asistencia de otros Estados. Esa situación no puede seguir siendo ignorada por la región a nueve años del inicio del Plan Colombia. Es hora de que haya una estrategia común en la lucha contra el narcotráfico y las cuestiones conexas que de esa situación se derivan. El presidente de Colombia señaló que no basta la solidaridad regional, sino que su país requiere de una cooperación más activa.

Es así como la estabilidad de la región en términos de seguridad resulta esencial para permitir que la agenda de UNASUR logre los avances esperados, impulsando simultáneamente la visión sudamericana con nuevos paradigmas. Esperemos que a partir de Bariloche se pueda trabajar con mayor intensidad en ese sentido.

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