“El arquetipo de científico del cine y la TV es falso”

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Una de las mayores sorpresas editoriales del año la produjeron los libros de divulgación científica. Escritos por científicos argentinos, varios se han convertido en long sellers, superando en ventas a novelas y ensayos políticos. Entre esos libros, uno de matemática ha vendido entre la Argentina y el mundo casi un millón de ejemplares, y entre los alrededor de 30 libros de la colección «Ciencia que ladra» varios han superado los 30 mil ejemplares. Para saber de este fenómeno editorial dialogamos con el editor de esa colección, el biólogo Diego Golombek, que ha publicado los libros «El cocinero científico. Cuando la ciencia se mete en la cocina», «Sexo, drogas y biología. Y un poco de rock and roll», «Cavernas y palacios. En busca de la conciencia en el cerebro», «Demoliendo papers. La trastienda de las publicaciones científicas» y «ADN, 50 años no es nada». Junto a textos académicos tiene, en ficción, el libro de cuentos «Aquí en la tierra» y la novela «Cosa funesta». Golombek es músico, periodista, ha estudiado y dirigido teatro, y conduce programas científicos en TV, actualmente en el canal «Encuentro».

Periodista: ¿Por qué a algunos científicos argentinos, como es su caso o el del matemático Guillermo Martínez, les gusta entrar en el mundo de la literatura de ficción?

Diego Golombek: La facultad de Ciencias Exactas de la UBA, que es de donde venimos todos, es en el fondo una gran biblioteca, un gran poemario, un ambiente que promueve las dos culturas, la científica y la humanística. La deficiencia que tenemos muchas veces los científicos, en tanto ver el mundo de una manera muy racional, tratamos de suplirla con otras búsquedas, de las cuales la ficción es una de las más asequibles, no se necesita mas que una lapicera y papel, y no lienzos y óleos, o un escenario y actores. Si bien, algunos más conocidos que otros, se dedican a la literatura con mayor profesionalismo, es muy común que los científicos vuelquen su vida interior por escrito en un modo de juntar esos dos mundos, hemisferio derecho y hemisferio izquierdo, por así decirlo. Es mi caso. Yo vivo de la ciencia, de interactuar con mis alumnos, del trabajo en el laboratorio con mis colegas, pero siento la felicidad de haber encontrado una vertiente que une la cultura científica y la cultura del contar como hecho literario. Es por esto que la literatura llamada de divulgación científica la entiendo como literatura, no como una ciencia.

P.: Es sorprendente que una colección de divulgación científica tuviera best sellers.

D.G.: Es sorprendente. La colección «Ciencia que ladra» surgió de una chifladura académica. Fui convenciendo a un grupo de profesores de la Universidad de Quilmes de que teníamos que contar lo que hacíamos con la misma rigurosidad con que hacemos ciencia y con la misma alegría que hay en los laboratorios. El arquetipo de científico que se ve en las películas, en los noticieros, en la tele, es justamente un arquetipo, y por tanto falso. No existe el científico de guardapolvo, moscas en la cabeza, anteojos culo de botella y pizarrón en el bolsillo por si se le ocurre una fórmula. Es un tipo como cualquier otro, que la pasa bien en general. Y el laboratorio es un ámbito muy rico, muy divertido, donde se piensa, se come, se brinda.

P.: ¿Por que la colección fue una chifladura acadé

D.G.: Porque al principio se pensó para un grupo reducido. Al estilo borgiano: «escribo para mí, para mis amigos y para remediar el paso del tiempo». Íbamos a gente joven, últimos años del secundario, primeros de la facultad, que podía ver los libros como una herramienta complementaria a sus intereses profesionales. Y de pronto vimos que la cosa crecía, que entre nosotros había un espacio para la divulgación científica que estaba siendo ocupado en otros lados, en el mundo anglosajón particularmente. Y que aquí hay mas lectores de los que se supone interesados en entrar a la ciencia por las obras de divulgación serias y rigurosas, pero a la vez amenas.

P.: ¿A qué se considera «divulgación científica»?

D.G.: Es un concepto un poco complicado. Di-vulgo, le cuento al vulgo, a la gilada que no sabe nada. A esto se llama modelo de déficit en divulgación científica. Los científicos saben de qué se trata, el pueblo no sabe, y los científicos derraman algo de su sabiduría. Bueno, qué se le va a hacer, es la frase que usamos. De pronto nos dimos cuenta que el grupo reducido incluía a maestros, profesores, escuelas, alumnos de motu proprio. Nos dimos cuenta que habíamos logrado algo con múltiples niveles de lectura, que podían leer desde chicos muy chiquitos hasta sus abuelos. Y es así como yo he tenido que dar talleres de cocina científica en jardines de infantes, y fue maravilloso.

P.: ¿Cuántos ejemplares vendió «Matemática, ¿estás ahí?»?

D.G.: Entre Argentina y el resto del mundo, vendió ya prácticamente un millón de ejemplares. Lo que es increíble porque no sólo es un libro de divulgación científica, sino que es de matemática y ha agotado chiquicientas ediciones. Sabíamos que iba a andar bien, porque Adrián Paenza es muy conocido, muy carismático, pero fue una absoluta sorpresa. El éxito tiene sus razones. El estilo de oralidad apabullante de Paenza. El mostrar que la matemática, ese cuco de nuestra educación sentimental, de la que todos nos sentimos orgullosos de no entender nada, de llevárnosla a diciembre o marzo, de entender que nuestros hijos no la entiendan, era divertida. Pensamos la matemática como algo ajeno a nuestra vida, y Adrián la muestra de manera muy entretenida con situaciones cotidianas. Eso ha hecho que ya se publicaran cuatro tomos y en la próxima Feria del Libro se presenta el quinto. Los libros fueron traducidos al alemán, italiano, checo, ruso, portugués. Tiene ediciones independientes en España y Brasil, y siguen las traducciones. Hay editoriales de libros de texto que toman capítulos de nuestros libros para sus obras, porque consideran que es una atrayente puerta de entrada a la ciencia.

P.: ¿Fue el éxito del viejo arte de narrar?

D.G.: La idea es escribir ciencia como una ficción, que se lea como una novela, que no se pueda parar de leer. Cuando tuve la idea de la colección «Ciencia que ladra» me di cuenta que lo más importante de esa frase son los puntos suspensivos. Ciencia que ladra... no muerde, no atemoriza, porque la ciencia es eso que te pasa todo el tiempo, y te pone ante ese montonazo de preguntas que tenemos todos y que muchas veces arrinconamos en el fondo de un cajón. Es ciencia que ladra, que cuenta lo que hace, que advierte de algo que se hace presente. Son libritos donde los que hacen ciencia quieren mostrar lo bueno y lo malo de la ciencia, porque es maravilloso y quieren compartirlo.

En la cocina

P.: ¿Y cómo llega a «El Cocinero científico»?

D.G.: Busco ofrecer una mirada científica sobre las cosas que nos pasan todo el tiempo, y una cosa que nos pasa a cada rato es la cocina, aunque no sepamos ni hacer un par de huevos fritos. Nos hacemos un té, un café, tostadas, y si somos muy aventureros, un bife, y ahí estamos haciendo ciencia. La cocina es un laboratorio que no tiene nada que envidiarle a los de los institutos y las universidades, allí hacemos química, física y un poquito de biología. Contar la ciencia tras las recetas es la excusa perfecta para mostrar la ciencia en lo que nos pasa todo el tiempo, en que cuando hacés tostadas y al pan le cambia el color, hacés ciencia. Explicarlo es muy divertido. Ese es otro de los libros que ha tenido mucho éxito, que ha sido muy traducido. En el mismo sentido, me gustaría escribir sobre la ciencia en el baño, en la cama o en el colectivo, en ámbitos donde estamos normalmente y nos pasa ciencia por el costado y si la aprovechamos, la vamos a pasar mejor.

P.: ¿Qué temas han tratado en la colección?

D.G.: En general son sobre Ciencia Naturales, porque si bien consideramos que las Ciencias Sociales también tienen un camino como para contarlas de esta manera, no sabemos cómo hacerlas, no queremos hacer crónicas, no queremos hacer cosas de Felipe Pigna, contar chismes de la historia. Dentro de ese campo, el de sociología de la ciencia, pronto sale «El científico también es un ser humano» de Pablo Kreimer. Si la colección tiene un cierto sesgo biologisista es porque comenzó con mis amigotes, con el repertorio de chiflados que quieren acompañarme. Pero también hemos hablado bastante de física, de química, de ecología, mucho de matemática, donde junto a los libros de Paenza está el bellísimo «La matemática como una de las bellas artes» del matemático, poeta y músico Pablo Amster. Y nos queda mucho en el tintero, la ciencia tiene la ventaja de ser inagotable y, por tanto, tenemos muchos temas por recorrer.

P.: El éxito les ha llevado a abrirse en dos colecciones.

D.G.: La clásica, de libros chiquititos y más baratos, y la serie mayor, con libros más grandes, más largos, con el lujo de traducir algunos como «Una geografía del tiempo» de Robert Levine, sobre cómo distintas culturas toman el tiempo de una manera diferente. Ahí está mi libro «Cavernas y palacios», sobre conciencia y cerebro. Acaba de salir un manual sobre gastronomía molecular de Mariana Koppmann. Y el fenomenal «Historia universal de la infamia científica» de Matías Alinovi, un escritor y físico que trata sobre fraudes y engaños para contar la historia científica que hay detrás. ¿Por qué Ronald Richter pudo engañar a Perón? Porque en ese momento había gran interés sobre la fusión fría. Mi fraude favorito es el de Johann Bessler, alias Orffireus, y su máquina del movimiento perpetuo. En el siglo XVII rató de venderlas a las cortes. Cuando se dudaba de su máquina, se ofendía, la destruía y se mandaba a mudar. Iba a otra ciudad y empezaba de nuevo. Le funcionó bárbaro. Por supuesto, adentro de la máquina estaba su criada moviendo una rueda.

P.:¿Qué está escribiendo ahora?

D.G.: Si bien el ser editor me agota, tengo un libro sobre el sueño desde la perspectiva biológica, sobre qué ocurre cuando soñamos, cuando dormimos, cuando no soñamos o no dormimos, todo eso mezclado con mitos y literatura. Después, un libro sobre el tiempo, tema que es mi obsesión desde lo literario y lo científico. Yo me dedico a la biología del tiempo, al tiempo que no está afuera sino adentro nuestro, en ese pedacito del cerebro que mide el tiempo y le dice al cuerpo qué hora es, nuestro reloj biológico. En la ficción estoy corrigiendo un libro de ficciones breves, de microcuentos.

Entrevista de Máximo Soto

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