23 de junio 2015 - 00:00

El arte contemporáneo de argentinos conquista París

“My Buenos Aires” reúne en la Maison Rouge parisiense, institución privada que con la excelencia de sus muestras ocupa un lugar privilegiado en el circuito internacional, a 65 artistas contemporáneos argentinos. A la izquierda, un grupo de ellos frente al mural realizado por Pablo Siquier. Al lado, los andamios que trabaja Luciana Lamothe.
“My Buenos Aires” reúne en la Maison Rouge parisiense, institución privada que con la excelencia de sus muestras ocupa un lugar privilegiado en el circuito internacional, a 65 artistas contemporáneos argentinos. A la izquierda, un grupo de ellos frente al mural realizado por Pablo Siquier. Al lado, los andamios que trabaja Luciana Lamothe.
París - La Maison Rouge presenta hasta el 20 de septiembre en el barrio de la Bastilla "My Buenos Aires", una exhibición de 65 artistas argentinos contemporáneos que ha logrado conquistar a los franceses. Desde el día de la concurrida vernissage se sumaron al público de esta institución privada, que con la excelencia de sus muestras ocupa un lugar privilegiado en el circuito internacional, quienes aspiran a saber qué acontece en la escena artística argentina. Lo bueno en esta ocasión es que el arte brinda respuestas.

El enfoque decididamente contemporáneo habla del pasado reciente y del presente a través de obras que, salvo algunas excepciones, poseen un poderoso atractivo visual y ostentan la llamada "calidad museo".

Varios factores jugaron a favor de una exhibición representativa de lo nuestro, capaz de expresar el sentido de la selección en su conjunto. Para comenzar, el Ministerio de Cultura porteño inauguró en 2011 el programa Tándem París-Buenos Aires, y su titular, Hernán Lombardi, no retaceó el dinero de los costosos envíos ni los pasajes para los artistas, "genuinos protagonistas del desembarco", según él mismo afirma.

Luego, la inversión de Antoine de Galbert, presidente de la Maison Rouge, coleccionista y heredero de la fortuna Carrefour, no fue menos generosa y ambos contaron con el apoyo la Embajada de Francia. No obstante, estas inversiones encontraron su razón de ser en el sólido soporte teórico, a cargo de las curadoras Paula Aisemberg y Albertine de Galbert.

La muestra posee el formato orientador de una guía de viajes y, de este modo, la diversidad de vertientes que caracteriza al arte argentino se abre como un abanico. Cada obra inaugura un camino que, lejos de cerrar el paso, invita a explorar y a ampliar los conocimientos.

Como metáfora del recorrido se abren a lo largo de gran parte de la muestra unos huecos en las paredes. Desde ellos se divisan las esculturas de Diego Bianchi, símbolos del caos de la gran megalópolis que crece, incesante.

Las curadora de Galbert destaca la energía que se percibe en las obras. "Me seduce la libertad de los artistas y la profundidad de los conocimientos acerca de lo propio y de lo universal", agrega Aisemberg. Ambas elogian el conceptualismo "sensible", tendencia que está bien representada. Un ejemplo es el plano del departamento de un enfermo de sida pintado por Guillermo Kuitca; otro, el libro "Buenos Aires tour de Jorge Macchi", cuyos itinerarios reproducen los azarosos quiebres de un vidrio roto.

En Francia han escuchado hablar del arte de la lejana Buenos Aires, y hoy la Maison Rouge permite otear ese horizonte. Pero es preciso aclarar que la exhibición no sorprende tan sólo a los extranjeros. En la vernissage estaba el teórico Philipe Cyroulnik, casi un argentino, admirador de Mirtha Dermisache y de sus poco conocidos y bellos grafismos.

El francés mostró hace unos años sus obras junto a una carta de Roland Barthes, donde le escribe a nuestra artista: "Usted ha sabido producir un cierto número de formas, ni figurativas ni abstractas, que podrían ubicarse bajo el nombre de escritura ilegible. Lo que lleva a proponer a sus lectores, no los mensajes, ni siquiera las formas contingentes de la expresión, sino la idea, la esencia de la escritura. Nada es más difícil que producir una esencia...".

Ese mundo en blanco y negro, puro y conceptual, coincide con la pileta de mármol cargada de tinta china de Martín Legón; en ella flotan retazos de la historia del arte en medio de la materia del trabajo artístico: la tinta y el mármol.

En ese mismo territorio de las ideas está el mural de Pablo Siquier, dibujado con grafito sobre una pared blanca.

Y en abierto contraste con el rigor de estas obras se percibe la estética del universo supuestamente bello y feliz de Jorge Gumier Maier, Fernanda Laguna y Marcelo Pombo. Tres artistas del grupo que buscó refugio en la intimidad y, para aislarse de una crisis social, política y económica, cultivó las flores de su propio jardín.

Está también el pop latino de Marcos López, el grotesco y forzado optimismo de su personaje engalanado con la Bandera argentina.

Leandro Erlich despliega su capacidad para generar espejismos y, como un ilusionista, muestra un cuarto en la noche, mientras la lluvia golpea los cristales de la ventana.

Ana Gallardo cuenta la historia tragicómica de un travesti decidido a ser cantante (a pesar de su escaso talento), y también la suya, cuando se quedó sin hogar y armó una casa rodante con una bicicleta. Allí reunió los muebles y los objetos que la acompañaron en la vida, cuando quedó literalmente "bicicleteando" en la calle.

Las obras gestadas durante la crisis de 2001 abren paso con su dramatismo a una eclosión artística en todo el país.Hay en la muestra obras inquietantes, difíciles de asimilar. Marina de Caro deforma sus figuras melancólicas y presenta una escultura monstruosa y sangrante.

Nicanor Aráoz traza una nube de neón y de ella, en medio de una rara luminosidad e inestable equilibrio, cuelga un cuerpo negro con escamas. Luciana Lamothe trabaja unos andamios, logra la máxima tensión del material y construye una senda hacia el vértigo.

Flavia Da Rin se autorretrata en la sensitiva y sobrecogedora serie "Rapada". En la maqueta de una biblioteca de Sebastián Gordín los libros se derrumban, anuncian la caída de la ilustración y el conocimiento.

La casa incendiada de Eduardo Basualdo es el enclave del misterio que se abre en medio de la muestra. En el video de Roberto Jacoby los jóvenes son multitud y muestran quiénes son y lo que sienten.

Alberto Goldestein retrata Buenos Aires con el ojo cargado de comprensión y afecto. La foto de un Río de la Plata color león de Marcelo Brodsky esconde lo siniestro y es más elocuente que cualquier discurso político.

En la portada del catálogo figura una de las imágenes de la significativa serie "Eclipses", de Ernesto Ballesteros. El artista obtura los focos de luz y crea un paisaje espectral.

Los intentos de los operadores culturales y galeristas argentinos para ingresar a los circuitos de legitimación de Europa no han tenido resultados tan positivos como éste. De hecho, la galería Xippas con sede en París, Ginebra, Atenas, Montevideo y Punta del Este realizó hace un año un homenaje curado por Albertine de Galbert a la galerista Ruth Benzacar.

Ella había soñado toda su vida con este destino para los artistas que ingresaron a Xippas en bloque. Hasta hoy sólo había casos aislados de artistas como Kuitca, Erlich, Macchi y el rosarino Villar Rojas, que habían logrado trascender nuestras fronteras.

"Ante este fenómeno es posible conjeturar que el abismo que durante siglos separó el arte del norte y el del Sur continuará cerrándose", observan los funcionarios porteños.

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