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El arte popular de Giménez y de Mauri en un mismo espacio
Si bien Edgardo Giménez, auténtica estrella del Pop argentino, se ha destacado siempre por la gracia de sus obras, en la muestra que comparte con Sebastiano Mauri exhibe una incondicional entrega a la belleza y el humor desopilante.
Al ingresar a la sala se descubre una inmensa instalación de Giménez: una selva dominada por una estatua que aparenta ser un Adán de tamaño real y, frente a él, la variante femenina de su serie dedicada a los monos. Si bien Giménez, una auténtica estrella del Pop argentino, se ha destacado siempre por la gracia de sus obras, en esta exposición brinda pruebas de una incondicional entrega a la belleza y un humor desopilante. Para comenzar, presenta un Adán puro, incontaminado, pero en medio de una selva donde predominan formas vegetales exuberantes, antropomórficas y erotizadas. Ese hombre desnudo de apariencia extraterrena, se encuentra rodeado por una jungla de acrílico verde, brillante y artificial, entre inmensos juncos que provocan extrañamiento.
En la fauna que creó Giménez, el mono albino es un personaje que se reitera, siempre enigmático, en su posición de mono, medio acurrucado. Pero esta vez el desprejuiciado artista ha creado una mona, y la plantó ante su Adán, con un tutú blanco de bailarina, mientras ejecuta una pirueta y se sostiene con la punta grácil del pie.
La arquitectura de fantasía, al igual que los glamorosos muebles diseñados por el artista, como la casa azul de Romero Brest con su arco iris y nubecitas en las paredes, o la escenografía de la película «Sexoanálisis» (1967) de Héctor Olivera, que esta semana exhibirá en el Patio Bullrich, se han tornado reconocibles a través de los años.
Finalmente, en la muestra de la galería Braga Menéndez, Giménez renueva su estilo, cambia su paleta de tonos celestes y rosados por el negro, para estrenar una flamante serie de «Gatos Secretaire» que, se divisa, llamativa, desde la vidriera. Divinidades
En la penumbra de la sala del primer piso, las obras de Sebastiano Mauri irradian su propia luminosidad. Los dioses de este mundo giran como un trompo en un video, pues éste es el tema de la exhibición: los distintos rostros que adoptan las divinidades y la devoción que inspiran. Hay en la muestra «In god we trust», una decena de pequeños altares erigidos para distintos dioses, de espacios casi mágicos con un barroquismo excesivo, cargados de piedras preciosas, bijouterie, plumas, espejos, plantas, flores y luces de colores. Mauri representa la necesidad humana de creer en una divinidad, pero de un modo que está en las antípodas del hieratismo sacro. Los altares son más fetichistas que religiosos, sus divinidades se asemejan más a los ídolos que a los dioses. Se trata de un mix prodigioso donde figuran nuestra virgencita de Luján, Buda o Apolo, junto a los dioses de África y otras regiones remotas. El desparpajo de Mauri para colocar unas imágenes sagradas junto a otras no menos sagradas se acerca más a la idolatría que a la fe religiosa. Sus deslumbrantes lugares para la glorificación, se pueden entender como proyecciones de un politeísmo religioso y son a la vez el reflejo de una búsqueda constante y ansiosa, de un sentimiento diseminado y cambiante, que no acaba de encontrar el Dios, en el sentido superior del nombre.
Con lenguajes artísticos emparentados, el pulido de Giménez, que enfrenta al Adán de la cristiandad con un especimen femenino del homo sapiens, y el ornamental de Mauri, que compite con las expresiones devotas de los retablos populares, ambos acaban asemejándose en los aspectos formales y conceptuales. Ambos inspiran una sonrisa, aunque plantean dudas existenciales.


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