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El arte social y político de Distéfano parte a Venecia
La violencia ha estado siempre presente en las lustrosas y enervantes esculturas de Distéfano, pero estos grupos escultóricos (arriba) hablan de un fenómeno que se vislumbra en el paisaje social: muestran algo que va más allá de la violencia, abandona sus mártires para exhibir cambios en la condición humana que pocos se atreven a ver.
Quince esculturas y un grupo de nueve piezas de diversas épocas, escoltadas por un buen equipo a cargo de Faillace como comisaria, ocuparán el pabellón de 500 metros cuadrados que la Argentina restauró en 2011 y posee en comodato por 20 años más.
La elección de Distéfano puede resultar acertada. Aunque no se mostraron imágenes y nadie ha visto la última producción, un homenaje a Spilimbergo realizado en blanco y negro e inspirado en la serie de monocopias "Breve historia de Emma", Distéfano es un artista consagrado que nadie cuestiona. Venecia es una ciudadmuseo, resguarda grandes tesoros del arte clásico y renace cada dos años con la energía del arte contemporáneo. En el año 2011 Juan Carlos Distéfano visitó la Bienal de Venecia junto a un grupo de artistas invitados por la Cancillería Argentina a exponer una muestra colectiva. Su primera mañana en Venecia, antes de ir a ver la Bienal y la obra del rosarino Adrián Villar Rojas, fue a ver las pinturas de la Academia y el Palacio Ducal.
Su elección coincide con su estética. Distéfano exhibe en gran parte de sus obras atributos ostensibles del arte clásico, aunque a la vez, sus obras poseen una condición narrativa que remite a la historia actual. Con sus habilidosas manos el artista modela la coreografía del dolor humano, los tormentos de un pasado cercano y la violencia del presente. Los cuerpos contorsionados por la tortura de los años 70 y las figuras que engendra la violencia subrayan el carácter social y político de la selección.
El soporte teórico de Burucúa, un estudioso de las imágenes, puede ser providencial. A principios de la década del 90, Burucúa trabajó en las ediciones de los textos de Aby Warburg, autor de un método de asociación de las imágenes en una cadena "con eslabones verificables" y de conceptos que recién en este siglo se convirtieron en moneda corriente. Burucúa difundió esas ideas, enseñó a ver qué anticipa el arte el pasado del arte del presente y qué arrastra del clasismo nuestra contemporaneidad, conceptos que repercutieron en el ámbito artístico.
Durante el encuentro en el elegante comedor del Palacio Anchorena, refiriéndose a la obra de Distéfano, Burucúa observó que no resulta difícil descubrir en ellas las formas del pasado. No obstante agregó que en las esculturas estas formas "aparecen sometidas a un temblor". Agregó entonces que el sentido de las obras lo encontró en el material. "Las ideas provienen del material", observó. Y dijo que su texto cambió de rumbo.
Distéfano, dueño de un oficio pulido, trabaja con genuino virtuosismo la resina poliéster, superpone capa sobre capa, color sobre color. Se levanta a la madrugada para controlar el progreso de fraguado y, luego, con la paciencia de un artesano, alisa la obra hasta alcanzar con el material sintético el resplandor de una joya. Aunque la crudeza del contenido lastima, los juegos de transparencias y opacidades resultan deslumbrantes. Burucúa aclara que esa superposición de capas del material lo llevó a descubrir la superposición de significados y a formular un nuevo marco teórico. Si bien había escrito un texto crítico sobre las esculturas, el enfoque de su análisis es otro. El artista coincidió y consolidó la aseveración del teórico cuando añadió: "El material determina la obra, me dice lo que tengo que hacer". Ambos concuerdan con Umberto Eco, quien asegura que la materia es "no solamente el cuerpo de la obra, sino también su fin".
La elección completa de las obras y los ensayos teóricos recién se conocerán cuando se imprima el catálogo. No obstante, el artista mencionó algunas esculturas de los años 70 que muestran la insoportable tensión de los cuerpos violentados, además de "La portadora de la palabra", una figura femenina que tiene recortes de diarios incrustados en un cuerpo deformado por el embarazo y lleva entre sus manos la "Suma Teológica" de Santo Tomás. La alienante contradicción del grotesco personaje (la "Suma Teológica" y los diarios) con un vientre abultado que ha dejado de ser un espacio protector para el hombre, anticipa los engendros que modeló Distéfano en el año 2006. Su "Kinderspelen", un homenaje a "Juego de niños" de Pieter Brueghel, consiste en una serie de figuras infantiles degradadas que protagonizan escenas de violencia. Cuesta reconocer a un niño en esos rostros arrugados y envilecidos.
La violencia ha estado siempre presente en las lustrosas y enervantes esculturas del artista, pero estos grupos escultóricos hablan de un fenómeno que se vislumbra en el paisaje social: Distéfano muestra algo que va más allá de la violencia, abandona sus mártires para exhibir cambios en la condición humana que pocos se atreven a ver. Los niños trenzados en luchas cuerpo a cuerpo, uniformados con ropas de marca y armados con revólveres, pisotean con glotonería insaciable una amalgama de juguetes destrozados que ya no importan.
Estas obras de pequeño formato se exhibirán junto al resto de las esculturas sin pedestales, en pie de igualdad y a misma altura de los espectadores que arriben al inmenso pabellón veneciano de techos altísimos.
"Todos los futuros del mundo" es el título de la Bienal en la que participan 56 países, esta vez con el nigeriano Okwui Enwezor como curador general. Enwezor invitó a integrar su propia muestra a los argentinos Ana Gallardo, Eduardo Basualdo y Ernesto Ballesteros.


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