27 de abril 2009 - 00:00

El ascenso de la carta ecuatoriana de Chávez

Quito - El presidente ecuatoriano, Rafael Correa, que se destaca tanto por su popularidad como por ser implacable con sus adversarios, es el mandatario más popular que ha tenido Ecuador en treinta años.

Para una mayoría de ecuatorianos, Correa, que nació en Guayaquil el 6 de abril de 1963 y, según él mismo ha dicho, tuvo una infancia dura, encarna el cambio que, a su juicio, requiere el país para dejar atrás una desigual distribución de la riqueza.

La inversión social, una política económica nacionalista, una posición antiimperialista, un marcado enfrentamiento al neoliberalismo y un fervor por la integración latinoamericana han marcado el quehacer de Correa en el Gobierno.

Para martirio de sus opositores, prometió «más de lo mismo» en la campaña electoral, lo que ha sido una constante desde que se presentó por primera vez como candidato presidencial en 2006.

Correa fue un personaje activo en el «movimiento forajido», como se denominó a los quiteños que participaron en las protestas contra el Gobierno de Lucio Gutiérrez, que fue finalmente destituido por el Congreso en 2005, y antes de ser candidato a presidente fue ministro de Economía por poco más de cien días en el Gobierno de Alfredo Palacios.

Grupos indígenas y ecologistas que lo ayudaron hasta ahora en la consecución de sus metas le han retirado su apoyo para estas elecciones por considerar que su política en materia minera y petrolera no respeta el medio ambiente ni a la poblaciones originarias. La Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador incluso pidió al último Foro Social Mundial (FSM) que declarase «persona non grata» a Correa, al que acusa de «racismo», «machismo» y «paternalismo».

Correa, que asumió en enero de 2007 con una camisa bordada con motivos indígenas que se ha convertido en un distintivo, y al que incluso un grupo de chamanes «limpió» de malas energías ese día, dice ahora que quienes hacen esas acusaciones defienden un «ecologismo y un izquierdismo infantil».

De verbo fácil y con tendencia a responder airado a quienes lo critican, Correa no dudó en llamar «canalla» a un diputado que aireó que su padre estuvo en la cárcel por traficar drogas a EE.UU. ni en pelear con el presidente colombiano, Álvaro Uribe, en una cumbre del Grupo de Río frente a las cámaras de televisión.

También dijo en una ocasión que antes se dejaría «cortar la mano» que renovar el contrato con EE.UU. para la utilización de la base de Manta, calificó de «absolutas mentiras» todas las supuestas conexiones que se le han adjudicado con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y mencionó a su vez unos supuestos nexos de Uribe con el paramilitarismo.

Además, se ha pronunciado en términos muy duros y ha exigido respuestas cuando ha habido casos sonados de emigrantes ecuatorianos que han sufrido discriminación o acoso en Europa.

Economista de profesión, con títulos de universidades de Ecuador, Bélgica y EE.UU., Correa se define como un «cristiano de izquierda» y de joven fue voluntario de una misión de padres salesianos en la localidad de Zumbahua, una de las zonas más pobres del país.

Su proyecto de «revolución ciudadana», una propuesta que, según sus detractores, se alinea con el socialismo de su amigo el presidente venezolano, Hugo Chávez, defiende «la supremacía del trabajo humano sobre el capital» y está dotada de un «profundo sentido de la ética», según ha dicho en numerosas ocasiones.

La carta magna aprobada por una amplia mayoría en el referendo de setiembre de 2008 le dio a Correa la posibilidad de ser reelegido y de apuntalar así esa revolución. Con ese nuevo marco constitucional y en medio de un proceso de transición, Correa, sin dejar el poder, se lanzó a la campaña electoral con la fe depositada en su gran popularidad.

El presidente, que ha escrito varios libros y numerosos artículos sobre economía, está casado con la ciudadana belga Anne Malherbe, con la que tiene tres hijos: Sofía, Anne Dominique y Rafael Miguel.

Agencia EFE

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